Papeles Sueltos


JOÃO GILBERTO NOLL | LORD

Trad. Claudia Solans

[fragmento]

.

Cuando salí por la puerta de la aduana –dos pesadas valijas, bolso colgado al hombro– ni siquiera pensé en mirar a quienes esperaban detrás de una cuerda a los pasajeros que llegaban a destino. De pronto me había vuelto increíblemente calmo. Si él no aparecía, me iría a un hotelito barato y volvería al Brasil al día siguiente. Continuaría caminando por el pasillo con aquellas sombras expectantes a mi lado detrás de la cuerda –esos que acostumbran esperar a los viajeros como si no tuviesen nada  que hacer excepto aguardar sedentariamente a los que no paran de moverse, partir y llegar. Estaba llegando al aeropuerto de Heathrow, en Londres. Llamado por un ciudadano inglés para una especie de misión. Aunque me hubiera enviado los pasajes Porto Alegre-San Pablo-Londres y todo , no sé, algo me decía que él no iba a llegar, Que no serviría de nada llamar a los teléfonos londinenses que me había pasado, unno de su oficina, otro de su casa. Que a partir de aquel momento esos teléfonos no le pertenecían más, tal vez ni siquieran existiesen en la guía telefónica de la ciudad. Hurgar en todo eso, allí mientras caminaba por aquel pasillo interminable que me llevaría con seguridad a la salida del aeropuerto o a los taxis, lo sabía, hurgar en todo eso era reavivar un síntoma que yo quería extinguir. Ahora estaba en Londres por una razón especial, el inglés me lo había asegurado. Pero era muy probable que él ni siquiera apareciese en el aeropuerto o en cualquier parte de aquella ciudad en pleno invierno, invierno que to tofavua no había llegado a sentir en aquel aeropuerto con la temperatura que lo aislaba del mundo ahí afuera; tal vez él querría vengarse de mi credulidad con su invitación, sin saber que yo no sufría precisamente de credulidad; hasta el día del viaje había vivido retorciéndome en las ddas con relación a sus intenciones, las de esete tal inglés: sí, la pura verdad era que yo no había tenido opción. Entonces vine. Parece facil decir “entonces vine”- alguien completamente preparado para atravesar el Atlántico de un momento para el otro, sin dejar nada que requiriese su presencia. Pero afirmo que esa es una de las frases más espinosas que he pronunciado en esta ya no tan corta existencia: “Entonces vine”. Podría decir que antes tendría que resolver esto y aquello. No, nada de eso, sólo tendría que cambiar mi soledad de Porto Alegre por la de Londres. Y tener en Inglaterra algún dinerito extra para mantenerme. ¿No dijo que me prometía una misión?, un trabajo, en principio, como cualquier otro, pero yo no sabía bien; podría esperearme cualquier imptobable finalidad, y yo quería creer que estaba preparado incluso para que él no apareciera y yo tuviera que pasar aquella noche en un hotelito barato en el Soho, quién sabe, sin disponibilidad alguna para permanecer siquiera un día más fuera del Brasil – treinta libras, tal vez, en el bolsillo, como mucho.

Me quedaría sentado en un banco del aeropuerto de Heathrow pensando que él aún tal vez pudiese pasar a buscarme; yo lo conocía personalmente de una sola vez en Río, cuando me pidió que por favor le mandara mis libros a su dirección en Londres porque no los había encontrado en las libreríaspor las que habñia estado por la tarde, y al día siguiente retornaría a Inglaterra. Que necesitaba conocer de mi trabajo aquello que llamaban de algún modo que no entendí y que le venía interesando mucho en los últimos años, ¡ah!, y sobre lo cual estaba escribiendo un libro. Si no me equivoco ese libro hablaba de alienígenas. ¿Era eso? Está bien, de no ser así, no hablo más, le dije a mis botones mientras arrastraba las valijas en dirección a alguna salida sonde él pudiese estar para decirme cuál era mi próxima tarea, dónde ir, en qué habitación meterme para no salir más de allí, vaya a saber.

¡Ah!, vi un teléfono público, vi una muchacha  detrás de una ventanilla que vendía tarjetas telefónicas, vi que yo todavía tenía una, arrugado en el bolsillo de la camisa, el papel en el que había anotado sus teléfonos. Al tocar el teléfono público espantosamente frío, oí una voz detrás de mí. Me volví como si ya supiese desde siempre quién era. Ése que yo comenzaría a desconocer. De este lado yo, que había vivido aquellos años, vamos a decir, desnudo en el Brasil, sin amigos, viviendo aquí y allá de mis libros, escribiendo lo más que podía en el menor tiempo posible, pasando malos tragos y haciendo piruetas para disimular mi precariedad material, no sé exactamente ante quién, pues casi no veía a nadie en Porto Alegre. Sí, había simulado en las entrevistas al lanzar mi último libro, sí, voy a pasar una temporada en Londres, representaré al Brasil, daré lo mejor de mí – el cua cua cua surfeaba en mi tráquea sin poder salir, ¿se entiende?

Nos miramos. Uno dijo el nombre del otro. Como si eso fuera necesario para acentuar nuestras presencias. Estar seguros definitivamente de ellas. Nos dimos la mano. La suya estaba tan fría, no tanto como el teléfono. Hacía frío en Londres, dijo él. Había nevado un día antes.

Dijo que la estación de trenes quedaba de paso. Y me mostró una gran puerta de vidrio. Que iríamos en tren hasta la zona central de la ciudad. Y que desde ahí tomaríamos un taxi.

¿A dónde iríamos después?, insinué. En el fondo yo sabía que él se encargaría de todo hasta un determinado punto y que todo lo que hubiese que hacer sería, no digo para mi bien, pero se evidenciaría en lo más sensato, aquello que debía hacerse como condición para afrontar el próximo escollo, pues de él vendría el camino hasta que yo pudiera, no, no dispensarlo, eso jamás, pero ceñirme a cierta autonomía que sería siempre limitada, eso también lo sé, ya que me encontraba ahora en un país donde nunca había estado antes, principalmente, me faltaba la juventud para adherir a él sin más.

__________________________________________________________________________________________

Agradecimiento:

__________________________________________________________________________________________


Anuncios