Papeles Sueltos

La eternidad y un libro

(Sobre El hijo eternoPara leer un fragmento de El hijo eternovaya aquí.

Entrevista por Irinêo Netto para Gazeta do Povo, Caderno G, Domingo 6 de agosto de 2007

Cristovão Tezza tiene unos cincuenta y cuatro años, una carcajada contagiosa y un sentido del humor que parece no derribarse con nada. Hace casi cuatro décadas, en Alemania, ganando dinero como guarda en un hospital, él y un compañero no podían salir del alojamiento en donde estaban y tuvieron que saltar por la ventana. El detalle es que la puerta no estaba cerrada con llave, sino que abría para afuera. Ellos insistieron en abrir para adentro y no tuvieron la destreza suficiente para intentar empujarla. “Dos sujetos brutalizados por el trabajo!”, recordó Tezza, soltando otro “jajaja!” sonoro. La entrevista con el autor tuvo lugar a través de dos medios, físico y virtual. Primero, en la mañana del último miércoles, en su apartamento, cerca del edificio de la rectoría, donde trabaja. Y, a lo largo de la semana, por e-mail. Diez entre diez escritores prefieren responder por escrito. Tezza es generoso al punto de hablar, escribir y encima ponerse a disposición para aclarar cualquier duda que pueda aparecer en el camino.

El autor dice que, gracias al nuevo libro, alcanzó la madurez literaria. “Como si la novela El hijo eterno, por cuenta propia, hubiera juntado todas las sensaciones y precepciones que fui viviendo en dos décadas y media en la relación con mi hijo Felipe, y eso ahora se tradujera en una obra de ficción madura”, explica, citando al hijo eterno en cuestión.

Caderno G: Ha comentado que El hijo eterno es su trabajo más personal, aquel que lo “liberó”. ¿De qué forma?

Cristovão Tezza: Yo sentía que el tema (un padre que tiene un hijo especial) era más fuerte, difícil y poderoso que mis recursos de escritor, tal vez justamente porque era una cuestión personal. Como si ese evento de mi vida hubiera colocado todas las trampas posibles a mi alrededor para que yo cayera en ellas. Yo fui desviándome por más de veinte años para mantenerme en pie. De repente, parece que me sentí maduro para enfrentar a la fiera, que al fin y al cabo no era mi hijo, sino yo mismo. El hijo eterno es la historia de ese viaje. Era un libro que tenía que ser escrito, y ahora, finalmente, estoy libre.

¿Podría comentar también por qué lo considera un “certificado de madurez literaria”?

Es que me dio la sensación, al terminar, de que había escrito una obra realmente completa. Como si la novela El hijo eterno, por cuenta propia, hubiera juntado todas las sensaciones y percepciones que fui viviendo en dos décadas y media en la relación con mi hijo Felipe y eso ahora se tradujera en una obra de ficción madura.

Si bien es una novela narrada en tercera persona, el libro es, en palabras suyas, “brutalmente biográfico”. ¿Abordar un tema tan cercano puede ser, en alguna medida, incómodo?

Sí. Lo más difícil de una novela es establecer el lugar del narrador, dónde está y lo que él ve, y colocar el mundo entero en esa perspectiva. Es una cuestión técnica, pero tiene una buena dosis de intuición. En el caso de El hijo eterno, se trataba básicamente de mí mismo, y de una forma más radical que en cualquier otra novela mía. Yo no podía simplemente cambiar los nombres, disfrazar algunas informaciones y fingir que no tenía nada que ver con eso. Comencé pensando en un ensayo, en un texto frío sobre la relación de un padre con un hijo, pero me di cuenta de que eso no tendría sentido. Esbocé una primera persona, pero huí de ella inmediatamente. Cuando comencé a tratarme de “él”, el libro consiguió una dimensión de ficción, que es lo que importa, y autonomía. Para el lector que no me conoce, los aspectos factuales son irrelevantes. Lo que importa es la mirada novelesca, que en última instancia relativiza todo, coloca cada gesto y pensamiento en un tiempo y espacio específicos e intransferibles. Además, al crear al narrador del libro y hacer del padre un personaje, conquisté una independencia brutal, una capacidad o un coraje para decir cosas que jamás habría dicho si hablara de mí mismo. La lengua de la novela me dio lo fundamental: la libertad.

En el libro no hay ninguna referencia explícita al hecho de que usted, así como su protagonista, tenga un hijo con síndrome de Down (el texto de la solapa es sutil al tratar del asunto). ¿Cómo resolvió ese conflicto entre qué revelar y qué no?

Cuando decidí escribir una novela, y no un ensayo o una “confesión”, la dimensión de la “verdad biográfica” perdió completamente importancia. Me usé a mí mismo y a aspectos de la historia de mi vida y de mi hijo, con esa inmoralidad bruta del escritor detrás de un buen material novelesco, viniera de donde viniera. El escritor no puede tenerle miedo a sus temas. Ya basta el miedo de pisar huevos en la vida real, que al final es la norma civilizada del día a día. Pero la literatura tiene que abrir esas puertas, o entonces no tiene ninguna función. La “tercera persona” me protegió y también me liberó, digamos, de la “responsabilidad histórica”, de la información “verdadera”. Memoria, invención y hechos reales, todos se transfiguraron en la composición del libro. El aspecto biográfico del escritor, insisto, es sólo eso, viviendo su vida como todo el mundo.

Es posible dividir su obra en títulos “cerebrales” (O fotógrafo es uno de ellos) y “emocionales” (como Trapo y ahora El hijo eterno). Estas dos personalidades literarias ¿conviven bien una con la otra?

Creo que sí.  Hay una especie de compensación, o intensificación de un aspecto sobre otro a veces. Algunos de mis libros son sí más emocionales: TrapoJuliano PavolliniEl hijo eterno. Y otros más fríos, como A suavidade do ventoBreve espaçoEntre cor e sombra, e incluso O fotógrafo, como usted dice. Es algo sobre lo cual no tengo mucho control. En O fantasma da infância, que la editorial Record está reeditando ahora, esa especie de división está presente en la propia composición del libro: André Devinne “cabeza caliente” y André Devinne “frío y calculador” van caminando a la par, en dos narrativas diferentes. Pero quien escribe la narrativa “fría” es el “cabeza caliente”… Ya me dijeron que la universidad y el trabajo teórico acentuaron mi lado cerebral, pero no lo creo. Es el temperamento. Y a mí me gusta la teoría.

Kenzaburo Oé (Una cuestión personal) y Giuseppe Pontiggia (Nacido dos veces) son ejemplos de autores que escribieron sobre la relación con los hijos que no eran considerados “normales” (aplico las mismas comillas usadas por el italiano), cuestionando incluso la noción que se tiene de “normal”. ¿Esos autores tuvieron algún impacto sobre usted?

Sí. Recuerdo que leí esos dos bellos libros casi al mismo tiempo, en 2003; fueron lecturas que me dejaron una marca. Una cuestión personal se estructura como ficción, incluso con las marcas del tiempo, una novela con el espíritu “años 60”; yNacido dos veces es un ensayo, un texto objetivo sobre la relación con un hijo especial, ya en un contexto más contemporáneo. Creo que El hijo eterno, como texto y narrativa, siguió una tercera vía, por decir así, una estructura de ficción que se abre en varios momentos casi objetivamente a la reflexión.

¿Tiene idea de qué camino seguir en un próximo libro?

 Escribir un libro para mí es un largo proceso. Comienza por una vaga idea que va creando cuerpo y alma, después consigue llegar al papel, una primera frase, y de ahí en adelante hay una turbulenta convivencia que lleva de un a dos años; luego, se cierra en una composición completa, va a la editorial, que da siempre una primera medición de lo que hay allí, cae en un cierto limbo hasta ser publicado, y finalmente sale a la calle. Estoy exactamente en ese momento [se refiere a Um erro emocional], sintiendo las primeras lecturas, algunos momentos de felicidad, otros de incertidumbre, y finalmente el libro se vuelve un completo extraño y gana vida propia, lo que deberá ocurrir en breve. A partir de ahí, sí, voy a comenzar a pensar en el próximo libro. Ya tengo algunos fantasmas rondando mi cabeza.

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