Papeles Sueltos

Emilio Fraia

ESPAÑOL | PORTUGUÊS

EMILIO FRAIA | TEMPORADA

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Arrastra la pierna de la rodilla que está mala. El empleado corre antes que él para cerrar los registros, encender la bomba. De todos, solo restaron el empleado y una colona gorda, que no pasa un día sin abrir los cuartos para, como dice, airear, sacar el olor a moho.

Es un lugar de cubiertos oxidados, viejos aparatos de gimnasia, un hogar de mármol, servilletas sucias. En el fondo de la terraza, el bar desactivado comparte el espacio con una piscina púrpura donde fueron olvidados: remos, bolsas de adobo, una red de tenis, un par de Le Coq Sportif sin cordones. Nilo enumera, en voz baja: la ropa de cama, las pilas de platos, las tazas rajadas, las lechuzas de madera en el hall de entrada.

 

Llega a la piscina. Uno al lado del otro, de pie, en el borde, Nilo y el empleado. Observan el agua bajar. Nilo se lleva las manos a la cintura, los dedos a la altura del comienzo del pantalón. El agua deja en los azulejos una franja sucia a tres palmos del borde. Si está ahí, dice, lo vamos a saber pronto. Hace años, cuando construyó la piscina, pensaba en uno de esos estanques azules, claros, transparentes. Pero el agua que viene del río es oscura. En esta época del año solo empeora. Se pone barrosa por la lluvia. El empleado balancea la cabeza y dice que todo eso no tiene el menor sentido: si estuviera ahí, el cuerpo estaría flotando. El empleado pregunta algo más. El drenaje trabaja con fuerza, Nilo no oye la pregunta.

Pero el empleado no la repite. El juez exageró –dice Nilo, casi gritando, tratando de ganarle al ruido–, bebió demasiado, y se cayó. El empleado suspira. Vuelven a concentrarse exclusivamente en el agua. Pero los dos siguen sin ver nada que se parezca remotamente al fondo.

En voz baja, Nilo enumera: toallas, botas, cascos de equitación, bolsas de semillas. Pregunta cuándo van a plantar los zapallos. El empleado responde que ya los plantaron, juntos, hace dos semanas. El ruido del drenaje termina por aturdirlo.

 

Fue hace dos semanas también. O tres. Nilo estaba en una de las reposeras, tratando de leer un libro sobre la importancia del sueño para una vida feliz, cuando se acercaron en auto, el juez y su mujer. Manejaba ella. Era delgada, de aspecto nervioso. Le dio una impresión horrible, no exactamente por ser fea, aunque también era fea, sino porque le pareció agitada, y de esas con opiniones sobre todo. Cuando bajaron del auto, ella le preguntó si había un cuarto disponible. De pie en la terraza, su sombra y la de la pareja se alargaban, el sol las llevaba hasta las lajas quebradas de la entrada. Venían por recomendación de un amigo. El juez le contó que ese amigo le había hablado del hotel, pero de eso pasó mucho tiempo, y que se habían acordado porque pasaron por Redenção, lo que era extraño, agregó la mujer, ya que casi nunca viajaban por el interior. La noche anterior habían ido al casamiento de una prima; el “tema” de la fiesta, las mil y una noches. La sombra del juez se deslizaba de un par de zapatillas blancas y como la cabeza de la mujer había entrado en el ángulo de un jarrón con plantas, su sombra tenía un peinado esculpido, extravagante.

La mujer repitió: iban a quedarse. Quería saber si había un cuarto. Pensándolo ahora, él no sabe dónde tenía la cabeza. El hotel estaba cerrado hacía seis meses. No debería recibir a nadie. El empleado agacha la cabeza, el agua desaparece, va desapareciendo. Nilo vuelve al asunto de los zapallos. Pregunta en cuánto tiempo van a cosecharlos. El empleado suspira y responde que si el clima ayuda, en cuarenta días, como máximo cincuenta.

Nilo repasa en voz baja el lugar de: las llaves, los formularios, la crema para manchas, la ración de los peces. El empleado suspira, se apoya en la escalera de la piscina y, del tercer escalón, da un salto. Camina por los azulejos. El agua le llega a lo alto de las botas. Arrastra la suela en busca de algo, un brazo, una pierna, un abdomen. Se miran. Nilo, en el borde, de pie, el empleado dentro de la piscina: aquello no tenía el menor sentido. Ni pistas del juez. Nilo pestañea. Por un momento, él mismo no entiende la razón de haberle pedido al empleado que vaciara la piscina. No hay nada, nadie.

 

Las horas siguientes transcurren como en un partido de puntos largos, prolongados, larguísimos. Nilo vuelve a buscar en las habitaciones, en la huerta, en el depósito. Luego, desiste. Se queda dormido en la reposera, la boca entreabierta, el libro sobre el pecho.

Hacia el final de la tarde lo despierta un ruido. Primero de lejos, y después, duplicado por las montañas, cada vez más cerca. Es una bocina. Desde donde está, sin levantarse, mira al empleado ir hasta la puerta. Una bocina, el percutir de un motor, olor a gasolina. Es un escarabajo que avanza por el extenso césped tomado por la maleza. Estaciona.

El juez baja. Parece animado. Cuenta que fue a la ciudad la noche anterior y que hizo amistad con dos sujetos absolutamente notables. Les compró el escarabajo a uno de ellos. Compró también una casa. El escarabajo en efectivo. Para la casa, hizo dos cheques. Cuenta todo esto excitado, dándole golpes al capó de manera efusiva.

Los días pasan y el juez no se va. La temporada en el hotel parece no tener fin. Al inicio de cada quincena, paga la estadía, la bebida, la comida. Siempre en efectivo. La mujer viene a visitarlo los fines de semana. Nilo asiste a todo. El juez evocando el aire puro. El agua del río. La mujer diciendo que si era por eso bastaba ir al club de campo y no a un lugar como ese. Cuando, semanas después, se entera del episodio de la casa, ella se pelea con él, lo llama viejo loco, amenaza con inhabilitarlo. Habla con el abogado, se pasa el día al teléfono hasta lograr deshacer el negocio. Es lo que ella dice. En cuanto al escarabajo, está cayendo a los pedazos. Incluso así, busca al sujeto que se lo vendió al marido. Llega a ir a la ciudad, es lo que ella dice, pero no lo encuentra. Conversan mucho por celular, el juez y la mujer. Ella es la que llama. Las llamadas, dice el juez, no son buenas. El hijo nunca lo llama. La hija y el marido le prometen una visita. Pero no aparecen.

 

Una tarde, el juez dice que vio un cerdo en medio de la ruta. Parecía un buey. Rosa. Absolutamente notable. Permanecieron mirándose por algún tiempo, hasta que el cerdo se apoyó en las patas y con un andar lento desapareció en el matorral.

Cuando cuenta esto, a pesar de las historias entre hombres y animales, historias de afecto, simpatía, historias de temor, de fieras al acecho, de experiencias primitivas, el juez dice que quiere comerse al cerdo. En el hotel viven: media docena de gallinas, un caballo flaco, patos, dos vacas, un gallo y el papagayo embalsamado. Ningún cerdo. Nilo explica que puede mandar a traer de Redenção excelente carne de cerdo. Pero el juez dice que él no habla de cualquier cerdo sino de aquel cerdo.

La conversación se da en el espacio de cemento que a veces se usa como gradas al costado de la cancha. Hace calor. Nilo manda al empleado a inspeccionar quintas vecinas. Sabe que hay un criadero en alguna de ellas, pero no logra recordar en cuál. ¿O es que está soñando? Una línea blanca desteñida corta la cancha por la mitad. A su lado, sentado, el juez se limpia el sudor de su frente. Dice que deberían arreglar el aire acondicionado del cuarto. Nilo no sabe bien desde cuándo y por qué lo llama juez. No lo es. Desde que apareció en el hotel, llena los días de Nilo. Hablan sobre reumatismo, anzuelos para peces. La cabeza de Nilo gira en falso. Enumera. El juez tiene puesto: una gorra del New York Knicks, zapatillas, medias blancas, reloj pulsera.

De manera imperceptible, sin el menor ruido, o sin que Nilo perciba el menor ruido, un avión cruza el cielo. Se lleva las manos a la frente, como una visera.

Cuando el avión desaparece, Nilo cuenta que eso, la historia del cerdo, le hizo recordar al zorro, un zorro que rondaba el alojamiento donde vivía, en Londres, en los meses –Nilo se protege los ojos– que parecen explicar todo lo que vendría después.

 

Pensándolo después, era algo que rayaba lo infantil, una forma tensa y torpe de sociabilidad: Nilo y un sujeto pelirrojo del departamento de inglés hacían planes para capturar al zorro que daba vuelta la basura del alojamiento. No eran exactamente amigos. Nilo no tenía amigos. En esa época, estar con otros le desagradaba. Se sentía vulnerable. Como si su manera de ver las cosas, que se presentaba como verdadera, única, siempre razonable, fuera repentinamente puesta en riesgo. Tenía cabeza solo para el juego. No salía. Entrenaba duro, todo el tiempo. Cuando encontraba al pelirrojo, en el comedor, mantenía su tono habitual de diálogos telegráficos, nada íntimos. Desde el segundo piso, observaba al zorro volcar los tachos de basura. Merodeaba el edificio, todas las noches.

Un día, pasan a discutir la mejor forma de capturarlo. Hablan de ponerle pegamento a la alfombra de la entrada. De rellenar un pedazo de carne con pastillas mágicas del sueño. De construir una máquina, una de esas de Rube Goldberg, en que la pata del zorro accionaría un mecanismo que derribaría una hilera de dominós cuya última pieza empujaría un carrito que se chocaría con el botón de encendido/apagado de un ventilador cuyo viento inflaría la vela de un barquito que atravesaría un pozo y con la proa en forma de sierra cortaría una cuerda que haría caer la red y capturarían al zorro.

 

Cierta mañana, Nilo compra una postal. Es una imagen genérica del Picadilly Circus, con el chafariz y la estatua de Eros en el fondo. El retrato fue tomado en el invierno. Hay nieve por todas partes y la neblina cubre la estatua. Cuando, más tarde, vuelve al dormitorio, observa nuevamente la postal, sentado en la cama. Se arrepiente. Le parece que no eligió bien.

De todas formas, escribe un mensaje para la novia, en el verso. Duda si debe o no enviar la postal. Se queda dormido. Está cansado. Entrena de cinco a seis horas por día. El resto del tiempo visita apartamentos y casas en los alrededores de Kilburn. Los días en el alojamiento de la Goldspurs –pensándolo después, está casi seguro de que el nombre no es ese– están contados. En breve, con la llegada de la prometida, será necesario buscar un lugar más grande. Es violinista. Durante el último año, ella lo vio saltar del 492 al 385 y después al 310 del ranking. Pero la victoria en Buenos Aires y lo que siguió (la propuesta de patrocinio, el viaje, la temporada en Londres) los tomó a ambos de sorpresa.

 

Está saltando la soga cuando un joven con una bandana en la cabeza lo aborda. Le pregunta si quiere jugar.

Cuando no está con el entrenador en las canchas de césped del West Heath Lawn, Nilo está en el gimnasio de la universidad. Por un lado, le gusta, no tiene que atravesar la ciudad. No entiende por qué lo ubicaron en aquel alojamiento, un edificio austero, sin grandes comodidades. ¿Los otros estarían ocupados por jugadores mejores que él? Para el calentamiento, Nilo y el de la bandana intercambian pelotas, alternando entre los extremos de la línea de fondo. Cuando empiezan a contar los puntos, Nilo enfila una serie de aces, el joven patina hacia fuera de la cancha. Entonces decide controlar el saque. Hace que los games se prolonguen. Deja que el otro piense que puede vencer, y, entonces, dé todo de sí.

 

De vuelta hacia el alojamiento, pasa por una hilera de árboles y otras dos canchas. En las gradas de una de ellas, alguien grita. Es el colega pelirrojo. Lo saluda de lejos.

Con la toalla en el hombro, sube los escalones de la estructura de hierro. Se sienta, están uno al lado del otro. No sabía que te interesaba el tenis. El pelirrojo dice que en verdad no le interesa. En la cancha, dos muchachas juegan agresivamente. La tenista de falda color vino y cabello atado golpea con fuerza, deja escapar un grito. El pelirrojo dice que tiene una teoría. Dice que según los tipos de gritos es posible saber el diámetro vaginal de las tenistas. De cada una. Dice que es científico. Le puede pasar más informaciones, si quiere.

Cuando Nilo vuelve la atención a la cancha, la tenista de falda color vino está en el piso. Parece haberse caído encima del brazo. Está sentada cerca de la línea de fondo, la raqueta a mitad de camino de la red. Hay una pequeña aglomeración a su alrededor. Le fajan el brazo.

 

La semana siguiente disputa un pequeño torneo en Brighton. La próxima, en Oxford. Después va a París. Pasa la mayor parte del tiempo siempre en el hotel, un lugar con alfombra roja manchada y sala de televisión al final del corredor. Todo transcurre según lo previsto y los juegos no ofrecen dificultad. Hace amistad con la mujer que limpia, que le trae toallas extra y cigarrillos sin que tenga que pedir. Le dice a la telefonista que lo ponga en contacto con la novia. Todo es lento, confuso. Conversan sobre: la competición, el conservatorio, sus padres, los de ella, estaciones de metro, parques, lavandería. De vuelta a Londres, se da una ducha y baja a la cocina común.

El horno está ubicado al lado de una ventana grande. Calienta un pollo con salsa india enlatada. Mientras la carne burbujea en el caldo espeso, piensa que le gusta jugar tenis. Había pasado buena parte de su infancia y adolescencia haciendo eso.

Pero, súbitamente, piensa que no sabe si le seguirá gustando.

Oye un ruido. Por el vidrio, ve al zorro arrastrando bolsas, esparciendo la basura en la entrada. Piensa que si consigue copiar lo que más le gusta en los tenistas que envidia podrá llegar a un superestilo. Pero nada es tan simple. Mientras come, durante todo el tiempo, el animal se queda ahí, revolviendo los tachos atrás de algún resto. Nilo decide tomar un poco de aire.

Cuando llega a la planta baja, el zorro ya no está. Da la vuelta al alojamiento. Mea en un arbusto. Dos hippies pasan. Mientras oye el meo deslizarse por las hojas, piensa: si el zorro no está, mea en el arbusto, como venganza. Un zorro no es un cerdo. El zorro es más liviano, piensa. Un cerdo es algo muy diferente de un zorro.

 

Una noche, encuentra a su entrenador con la esposa en un pub en Angel. Están apoyados en la barra, acompañados de una joven que él no conoce.

Al acercarse, tiene la impresión de que ya la ha visto antes. Los saluda. Son presentados. Se trata de una amiga de la mujer del entrenador.

Le preguntan si quiere beber algo. Los tres están bebiendo cerveza. Cuando se estira para pedir un trago de whisky –y jugo de manzana, para mezclar–, Nilo recuerda. Es la tenista de cabello atado. Comenta sobre la coincidencia y le pregunta si su brazo está mejor. Ella dice que sí. Un mes de reposo, pero ahora está mejor.

 

Pensándolo después, es más una sensación de cómo las cosas son o podrían haber sido. Ella cuenta que en la adolescencia disputó algunos torneos. Llegó a pensar en hacer carrera, pero la vida fue tomando otros rumbos. Estudió inglés en la universidad. Hizo un curso de buceo en Nueva Zelandia. Dice que su padre y abuelos son de allá. Los tatarabuelos eran ingleses. Emigraron alrededor de 1850. Después, a comienzos de siglo, cuenta, el padre hizo el camino inverso y volvió a Inglaterra, poco antes de la guerra. Otro grupo se les junta, también son amigos del entrenador. Es el cumpleaños de aquel, señala, el del saco extravagante. Acuerdan en que para el final de la noche deberían saber de qué está hecho el forro de los bolsillos de un saco extravagante. Ella pasa de la cerveza al whisky. Hay griterío, brindis. Ya no alcanza a ver al entrenador. Ella habla de las calles, museos, parques, de los lugares que él no conoce y debería conocer. Tiene una foto en la billetera. Es mi parque preferido, dice. En la foto, aparece de la cintura para arriba, de ojos cerrados, apoyada en un puente.

Ella le cuenta que a veces no puede creer que dejó de jugar, es decir, de tomárselo en serio. Pero cuando mira hacia atrás todo parece tener sentido. Comenzó a interesarse más por las clases de la facultad. Conoció a una tenista que jugaba mejor que ella. Pero no se puede saber lo que pesó realmente en su decisión de abandonar. Puede ser que no haya sido nada de eso tampoco. Porque la gente dice: comencé a interesarme por la lingüística y todo el tiempo que le dedicaba al tenis fue disminuyendo hasta que fue completamente absorbido. O entonces: dejé de jugar justamente para que empezara a gustarme la lingüística. El destino. O dejé de interesarme por el tenis para que cuando conociera a una tenista mucho mejor que yo, no me sintiera completamente destruida.

Cuando leo sobre la gente que ya murió, pienso: ¿entonces es así que alguien va a escribir sobre mí algún día? ¿Con un hecho explicando otro, las motivaciones? Como si alguien pudiera saber algo. Nilo bebió demasiado y no sabe si entendió muy bien, pero todo le vuelve, en el autobús.

Se lleva el dedo medio a la garganta, intenta vomitar, porque si vomita va a sentirse mejor, es lo que dice su madre, pero no puede. Apoya la cabeza en el vidrio y la piscina del gimnasio se hace más grande en la noche. Es la impresión que tiene cuando se zambulle y todos están en sus cuartos, durmiendo, o en fiestas, recepciones de jóvenes del primer año, apartamentos ahumados. Se sienta en el borde. Ve el fondo trémulo, las líneas de los azulejos moviéndose, sinuosas. Las gotas que caen de su cabello forman círculos en el agua. Como si al otro lado hubiera otro mundo, igual solo que invertido, y en él un hombre viejo buscara algo en la piscina, de pie, en el borde, las manos en la cintura. El gimnasio está apagado, hay puntos de luz en las laterales de la piscina, la superficie tiene un brillo frío.

 

Por la mañana, se despierta con el teléfono. Es un agente inmobiliario. Dice que hay un apartamento que él debería visitar, cerca del Canal. Arreglan para encontrarse en el lugar en dos horas.

 

Baja en la estación. Tarda un poco hasta encontrar la calle, pero enseguida se da cuenta de que había pasado por ella. Bergholt Mews. En el fondo, hay una especie de jardín, con un árbol.

De lejos, ve a un hombre, probablemente el de la inmobiliaria, un sujeto bajito, grisáceo, de traje azul y guantes. Cuando se acerca, el hombre le entrega las llaves. Le dice que tiene que irse. Sostiene un pañuelo sobre la boca, tal vez tenga dolor de muelas. Sin quitarse nunca el pañuelo de la boca, le pide que deje las llaves en el cajón del escritorio de la planta baja cuando termine. Si el apartamento es de su agrado, tiene el número de la inmobiliaria, sabe dónde encontrarlo.

El edificio tiene dos pisos, el apartamento está en el segundo. Sube la escalera. El hall es oscuro, pero bien conservado. Da vuelta la llave. Hay marcas de cuadros antiguos en la pared. Recorre la sala, mira por la ventana. La calle es tranquila. El lugar no es grande pero tampoco es chico. Todo está en perfecto estado. Los cuartos son pequeños, pero aireados.

Cuando vuelva al alojamiento, va a llamar a su novia. Después, a la inmobiliaria. Se sienta en un rincón de la sala. No sabría decir desde cuándo está ahí, ni cuándo comienza a llorar. No es un llanto largo. Es un espasmo, dos o tres hipos, como si un malestar prolongado hubiera recorrido su cuerpo y llegado finalmente a la garganta. En dos semanas, su prometida estará en la ciudad. Es probable que no pueda ir a buscarla al aeropuerto, va a estar entrenando. Quedarán en verse en el apartamento. Se ducha en el vestuario. Piensa en la novia: ya descargó el equipaje, conoció los cuartos, miró por la ventana, vio el patio, y ahora está sentada a la mesa, delante de los platos, consultando el reloj, él no llega, pero en poco tiempo estará con ella, y van a comer y hablar del zorro.

 

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Traducción: Julia Tomasini
“Temporada”©Emilio Fraia. Por acuerdo con el autor. Traducción © 2014 por Julia Tomasini. Derechos reservados.

 

 

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