Papeles Sueltos

EL HIJO ETERNO

CRISTOVÃO TEZZA | EL HIJO ETERNO

[fragemento]

.

Creo que es hoy– dijo ella. Ahora– completó, en voz más alta y tocándole el brazo, porque él es un hombre distraído.

Sí, distraído. ¿Quién sabe? Alguien no definitivo, quizás; alguien que, a los veintiocho años, todavía no comenzó a vivir. En rigor, a excepción de una variedad de ansiedades felices, no tiene nada, pero no es exactamente nada. Y ese ser flaco, de una alegría agresiva, a veces ofensiva, se vio frente a la esposa embarazada casi como si recién ahora entendiera la extensión del hecho: un hijo. Un día llega, rió, de buen humor. ¡Vamos!

La mujer, que era su sostén en todos los sentidos hacía ya cuatro años, era ahora  sostenida por él mientras esperaban el ascensor, a medianoche. Ella está pálida. Las contracciones. La bolsa, ella dijo, algo así. Él no pensaba en nada; en cuestión de novedades, él sería mañana tan nuevo como el hijo. Era necesario bromear, mientras tanto. Antes de salir, se acordó de una botellita de whisky que puso en el otro bolsillo; en el primero estaban los cigarrillos. Una tira cómica: el personaje fuma un cigarrillo atrás de otro en la sala de espera hasta que la enfermera, el médico o alguien le muestra un paquete, le dice algo muy gracioso, y todos nos reímos. Sí, hay algo de gracioso en esta espera. Es un papel que representamos, el padre angustiado, la madre feliz, el bebé llorando, el médico sonriente, la cara que surge de la nada y nos felicita, el vértigo de un tiempo que, ahora, se acelera en desesperación, todo girando veloz e inapelablemente en torno de un bebé, que sólo se detendrá algunos años después, a veces nunca. Hay un escenario entero montado para el papel, y en él se debe demostrar felicidad. Orgullo, también. Él merecerá respeto. Hay un diccionario entero de frases adecuadas para el nacimiento. De cierta manera –ahora él hace arrancar su escarabajo amarillo (ellos no dicen nada, pero sienten algo bueno en el aire) y tiene cuidado de no raspar el paragolpes con la columna, como ya pasó dos veces–  él también estaría naciendo ahora, y le agradó esta imagen más o menos edificante. Aunque continuara no estando donde estaba; esa era la sensación permanente, por eso fumaba tanto, la máquina inagotable pidiendo gas. Es un terreno entero de ideas: pisando sobre él, no tenemos nada, solo la expectativa de un futuro vago y mal dibujado. Pero yo tampoco tengo nada todavía, él diría, en una especie metafísica de competencia. Ni casa, ni empleo, ni paz. Bien, un hijo; y, siempre en broma, se vio panzudo, serio, trabajando en algo al fin sólido, una fotografía publicitaria de la familia congelada en la pared. No: él está en otra esfera de la vida. Él es un predestinado a la literatura, alguien necesariamente superior, un ser para el que las reglas del juego son otras. Nada ostensivo: la verdadera superioridad es discreta, tolerante y sonriente. Él vive al margen: eso es todo. No es resentimiento, porque todavía no está maduro lo suficiente para el resentimiento, esa fuerza que, en algún momento, puede agresivamente ponernos en nuestro lugar. Tal vez el inicio de esta contrafuerza (pero él sería incapaz de saber, siempre tan cerca del instante presente) sea el hecho de que jamás pudo vivir de su trabajo. De su trabajo verdadero. Una tensión que casi siempre se escapa por la risa, la liberación que él tiene.

En la ventanilla de maternidad, la señorita, gentil, le pide un cheque de garantía, y las cosas comienzan a pasar muy rápido, porque alguien se está llevando a su mujer lejos, sí, sí, rompió bolsa, él oye, mientras resuelve los trámites. Una vez más tiene dificultad para llenar el espacio de profesión, casi dice “la que tiene profesión es mi mujer. Yo…”. Y todavía encuentra un momento para decir algo, la mujer también, pero la afectividad se transforma, bajo los ojos ajenos, en solemnidad; algo más grande, parece, está sucediendo, una especie de teatro se dibuja en el aire, somos demasiado delicados para el nacimiento y es necesario ocultar todos los peligros de esta vida, como si alguien (la imagen es absurda) estuviera llevándose a su mujer hacia la muerte y hubiera en ello una completa normalidad. Le vuelve el horror que sentía frente a los hospitales, los edificios públicos, las instituciones solemnes, las columnas, las salas, ventanillas, bóvedas, filas, frente a la estupidez de granito: la gramática de la burocracia se repite también allí, que es un espacio pequeño y privado. Más tarde, él se ve en una sala delante de la mujer en la camilla, que, pálida, le sonríe, y se tocan las manos, tímidos, casi como quien comete una trasgresión. La sábana es azul. Hay una asepsia en todo, una ausencia brutal de objetos, los pasos hacen eco como en una iglesia, y de nuevo él vive la angustia de la falsedad, hay un primer error en algún lugar, y él no puede localizarlo, pero enseguida deja de pensar en eso. Los segundos se escurren.

Dicen algo que él no oye; en la espera, pierde la noción del tiempo. ¿Qué hora es? Noche avanzada. Ahora está solo en un pasillo al lado de una rampa vacía y frente a dos puertas basculantes, con un vidrio circular en el centro de cada puerta por donde a veces él espía pero nada ve. No piensa en nada, pero, si pensara, tal vez diría: estoy como siempre estuve, solo. Encendió un cigarrillo, feliz: y eso es bueno. Tomó un trago del whisky que sacó del bolsillo, viviendo su pequeño teatro. Por ahora las cosas van bien. No pensaba en su hijo, pensaba en él mismo, y eso incluía la totalidad de su vida, mujer, hijo, literatura, futuro. Él sabe que en verdad nunca escribió nada realmente bueno. Pilas de poemas malos, desde los trece años hasta el mes pasado: El hijo de la primavera. La poesía lo arrastra sin piedad hacia el kitsch, tironeándole del pelo, pero hay que decir algo sobre lo que está pasando, y él no sabe exactamente qué es lo que está pasando. Tiene la vaga sensación de que las cosas van a salir bien, porque son frutos del deseo; y quien está al margen, arriesga, o estaría metido en la subvida del sistema, toda esa mierda, casi declama, y toma otro trago de whisky y enciende otro cigarrillo. A los veintiocho años todavía no terminó la carrera de Letras, la desprecia, bebe mucho, da risotadas prolongadas e inconvenientes, lee caóticamente y escribe textos que abarrotan los cajones. Un lazo atávico todavía lo prende a la nostalgia de una comunidad de teatro, que frecuenta una vez al año, en una prolongada dependencia al gurú de la infancia, una gimnasia interminable e insoluble para ajustar el reloj de hoy a la fantasmagoría de un tiempo acabado. Hijo tardío de los años 70, impregnado de la soberbia de la periferia de la periferia, va buscando intuitivamente alguna salida. Es difícil renacer, él dirá, algunos años después, más frío. Mientras tanto, da clases particulares de redacción y corrige compenetrado tesis y disertaciones de maestría sobre cualquier tema. La gramática es una abstracción que lo acepta todo. Renunció a ser relojero, o fue renunciado por la profesión, un dinosaurio medieval. Si por lo menos tuviera el don del comercio, detrás de un mostrador. Pero no: eligió arreglar relojes, la fascinación infantil por los mecanismos y la delicadeza inútil del trabajo manual.

Y sin embargo se siente un optimista. Sonríe, viéndose desde lo alto, como en la tira cómica, ahora una figura real. Solo en el pasillo, toma otro trago y comienza a ser absorbido por la euforia de naciente padre. Las cosas se van acomodando. Un anuncio publicitario, y él se ríe de la paradoja: casi como si el simple hecho de tener un hijo significara la definitiva inmolación al sistema, pero eso no era necesariamente malo, mientras estemos “enteros”, seamos “auténticos”, “verdaderos”. Todavía le gustaban esas palabras altisonantes para uso propio, la mitología de los poderes de la pureza natural contra los dragones del artificio. Él ya está comenzando a desconfiar de aquellas totalidades retóricas, pero todavía le falta coraje para romper con ellas. De hecho, nunca se libró completamente de ese imaginario que, en el fondo del alma, significaba mantener un pie atrás, atento, en todos los momentos de la vida, para no ser devorado por el violento e inagotable poder del lugar común y de la impersonalidad. Era necesario que la “verdad” saliera de la retórica y se transformara en inquietud permanente, una breve utopía, un brillo en los ojos.

Como ahora: y tomó otro trago, casi entrando en el terreno de la euforia. Quería crear la solemnidad de aquel momento, una solemnidad de uso personal, íntimo, intransferible. Como el director de una pieza teatral señalándole al actor los puntos de la escena: siéntate así, muévete hasta allí, sonríe. Observa cómo sacaste el cigarrillo del estuche, sentado solo en este banco azul, mientras esperas la llegada de tu hijo. Cruza las piernas. Piensa: tú no quisiste estar en el parto. Ahora empieza a estar de moda que los padres estén en el parto de los hijos, una participación casi religiosa. Parece que todo se estuviera volviendo religión. Pero tú no quisiste, él se ve diciendo. Es que mi mundo es mental, podría haber dicho, si fuera más viejo. Un hijo es la idea de un hijo; una mujer es la idea de una mujer. A veces las cosas coinciden con la idea que nos hacemos de ellas; a veces no. Casi siempre no, pero entonces el tiempo ya pasó, y nos ocupamos de cosas nuevas, que se encajan en otra familia de ideas. Él ni quiso saber si era niño o niña: la mancha pesada de la ecografía, ese fantasma primitivo que se proyectaba en una pantallita oscura, moviéndose en la oscuridad y en el calor, no se tradujo en sexo, solo en ser. Preferimos no saber, fue lo que le dijeron al médico. Todo está bien, parece, es lo que importa.

Allí había una sensación de tiempo parado, suspendido. En aquel silencio iluminado, en el que pequeños ruidos distantes –pasos, una puerta que se cierra, alguna voz baja– adquirían la solemnidad de un breve eco, él imagina el cambio que habrá en su vida e intenta anticipar alguna rutina, para que las cosas no cambien mucho. Tiene energía de sobra para quedarse días y días durmiendo mal, bebiendo cerveza en los intervalos, fumando bastante, dando risotadas y contando historias, mientras la mujer se recupera. Ahora sería padre, lo que siempre dignifica la biografía. Será un padre excelente, está seguro: hará de su hijo el terreno de su visión del mundo. Ya tiene lista para él una cosmogonía entera. Recordó algunos versos de El hijo de la primavera, la profesora que es su amiga va a publicarlos en la Revista de Letras. Sí, los versos son bonitos, él soñó. El poeta es buen consejero. Haz esto, sé así, respira este aire, mira el mundo. Las metáforas, una a una, evocan la bondad humana. Kipling de provincia, se siente impregnado de humanismo. El hijo será la prueba definitiva de mis cualidades, casi llega a decir en voz alta, en el silencio de aquel pasillo final, minutos antes de su nueva vida. Era como si el espíritu comunitario religioso que florecía secretamente en el alma del país, todo el sueño de las utopías naturales concentrando su suave irracionalismo, su trascendencia etérea, la paz celestial de los corderos de Dios revividos ahora sin fronteras, rituales o libros de texto –vale todo, ¡oh Señor!– encontrara también en el poeta marginal, tal vez principalmente en él, su refugio. El emprendimiento irracional de las utopías: cabello largo, sandalias franciscanas, las puertas de la percepción, vida natural, sexo libre, somos todos auténticos. Sí, era necesario un contrapeso, o el sistema nos mataría a todos, como varias veces nos mató. Hay un desajuste en este proyecto supuestamente personal, pero eso él todavía no lo sabe, al azar de una vida obstinadamente en preparación. Mi vida todavía no comenzó, le gustaba decir, como quien se defiende de la propia incompetencia. Tantos años dedicados a… ¿a qué era? A las letras, a la poesía, a la vida alternativa, a la creación, a algo más grande que no sabe qué es, ¡tantos años y ningún resultado! Quedarse solo es una buena defensa. Viviendo en una ciudad grande con genios agresivos en cada esquina, él contempla la flacura de sus cuentos, finalmente publicados, donde encuentra defectos cada vez que abre una página. La novela juvenil lanzada nacionalmente va a acabar en la primera edición, para siempre, después de una pelea idiota con el editor de San Pablo, en algunos meses. “Hay que cortar este párrafo en la segunda edición porque las profesoritas del interior están quejándose.” Renunció al libro.

Él todavía no lo sabe, pero ya siente que aquello no es su literatura. Tres meses antes terminó El terrorista lírico, y parece que allí comienza algo mejor, todavía informe. Alguien luchando por librarse de la influencia del gurú, intentando salir del mundo de los mensajes hacia el mundo de la percepción, bajo la frialdad de la razón. Él ya no es más un poeta. Perdió para siempre el sentimiento de lo sublime, que, aunque suene envejecido, es el combustible necesario para escribir poesía. La idea de lo sublime no alcanza, comienza a vislumbrar, con ella llegamos sólo al simulacro. Hay que tener fuerza y pecho para invocar el lenguaje del mundo, sin caer en el ridículo. Hay algo incompatible entre la poesía y yo, él se dice,  a la defensiva. Asumir la poesía, parece, es asumir una religión, y él, desde siempre, es alguien completamente desprovisto de sentimiento religioso. Un ser que se mueve en el desierto, podría escribir, con algo de pompa, para definir la propia soledad. La soledad como proyecto, no como tristeza. Todavía no logré estar solo, concluye, con un hilo de angustia. Y ahora (mira hacia la puerta basculante, sin pensar) nunca más. Hace poco comenzó a escribir otra novela, Ensayo de la Pasión, en la que –imagina– pasará en limpio su vida. Y la de los otros, con la lengua de la sátira. Nadie se salvará. Tres capítulos listos. Es un libro alegre, supone. Tengo que comenzar, de una vez por todas, se dice a sí mismo, sólo escribiendo podrá saber quién es. Así espera. Son demasiadas cosas para organizar, pero quizás justamente por eso él se sienta bien, feliz, poblado de proyectos.

De repente, el médico –por quien nunca sintió simpatía y por lo tanto no espera nada de él– abre las puertas, como siempre, sin sonreír. No había ninguna novedad en la ausencia de sonrisa, por eso, el papá, un muchacho, apenas ocultando su botellita de whisky, no se perturbó. El hombre se sacaba los guantes verdes de las manos, como quien pone fin a una tarea desagradable; por alguna razón fue esa la imagen absurda, ciertamente falsa, que le quedó de aquel momento.

–¿Todo bien?– pregunta por preguntar: su cabeza ya está en el mes siguiente, siete meses después, un año y tres meses, cinco años hacia adelante, el hijo creciendo, su misma cara.

–Es un niño–. Tampoco ninguna sorpresa: yo sabía que iba a ser el hijo de la primavera, él habría dicho, si hubiera hablado. –La madre está muy bien.

Y desapareció por donde vino.

.

______________________________________________________________

Traducción: Julia Maciel

Anuncios