Papeles Sueltos

JOÃO PAULO CUENCA | CUERPO PRESENTE


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Copacabana amanece aislada del resto del mundo por piedras y por mar. El Túnel Novo abre camino hacia donde la vida parece desenvolverse sin culpa. El resentimiento de los doscientos mil habitantes comienza a drenar por las alcantarillas de los bares en cada esquina, cinco por manzana. Son pocos los que ven el surgir rojo del día. Vagabundos, barrenderos, canillitas, media docena de travestis, putas cansadas, perros y algunos viejos andando por la playa. Viejos de sueño corto que surgen de todas las puertas y escaleras. El sueño de los viejos es cada vez menor. Madrugan. Cuando no tienen más que despertar, mueren estampando avisos fúnebres en mi ascensor. Todas las semanas hay un nuevo aviso: “Comunicamos el fallecimiento del ex vecino del apto. 503”. La distancia y el tiempo que los viejos cargan hacen que sus días parezcan todavía más iguales. Y los días en Copacabana no dejan de nacer iguales. Cada vez más iguales.

El sol se desprende del mar, calienta el sueño de las putas, gringos por detrás de las persianas plateadas, mendigos y chicos de la calle bajo las marquesinas, colchas mugrientas. Ilumina ventanales en la Avenida Atlântica. Brilla en cada rendija de aire acondicionado, dibuja el techo de cuartos inmundos, superpoblados, ilumina cuadros caros, penthouses y la piscina del Copacabana Palace, espía basculantes, calienta las lágrimas de las negras, cicatrizando heridas, goteando sangre por el piso, la oración de las señoras devotas que rezan arrodilladas frente al espejo de cómodas gastadas, el paseo de perritos estúpidos, el aburrimiento de los porteros, esa gente sin esperanza que duerme cada vez menos mientras sus días desaparecen por un desagüe común. El sueño de los viejos es cada vez menor. Amanece en Copacabana, los chicos vendiendo polvo en la Djalma Ulrich. Sueños cayendo del cielo. Amanece por detrás de los edificios, amanece lo que es feo en lo que es bello. Amanece hasta que no haya diferencia.

La luz despierta al viejo Alberto, que se desmayó aspirando cocaína en el culo liso de un prostituto de diecisiete años. El chico estudia en la escuela pública de Lido, al lado de mi casa. Cuando dejo la entrada del edificio, casi me choco con los dos.

Me mira y se ríe, el muy hijo de puta.

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