Papeles Sueltos

ANDRÉ DE LEONES | CÓMO DESAPARECER COMPLETAMENTE

[fragmento]

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AUGUSTA – MARIANA

Ella le dijo a su compañero que no se preocupara:

“Voy yo misma a buscar los libros.”

Se puso el saco y, todavía en el ascensor, decidió que iría caminando. Media hora, quizás menos. El único problema: subir hasta la avenida Paulista. Una subida empinada de cemento desde la José Maria Lisboa al Trianon. Zapatillas en los pies: les sonrió. En tacos sería imposible. Así y todo, las piernas aquí y allí amenazaban con no responder, más y más pesadas, como si quisieran empujarla de vuelta o para abajo, ladera abajo. Un paso detrás del otro, lerdos, finalmente casi se arrastra, pero llega a la cima. Dos minutos parada en la esquina, todo el aliento del mundo para recuperar. Vieja, piensa. Y piensa en comprar agua, pero no podría tragar. La garganta seca, toda ella pálida, medio trémula, con vergüenza de sí misma. Café. Hubiera pagado un taxi ¿y qué más? Café y cigarrillos. Esa culpa. Café y cigarrillos y carne roja. Debía haber ido caminando, pensaría. Café y cigarrillos y carne roja y sedentarismo. Pero, siempre que sube a pie, es ese desfallecer. Café y cigarrillos y carne roja y alcohol. Recostarse bajo un árbol del Trianon. Tenía otro nombre antes, ¿cómo era? Un viejo profesor decía: “Siqueira Campos”. ¿Cuándo cambió? Un poco amenzante visto desde afuera, ¿no? Algo oscuro. ¿Violaciones allí dentro? Malhechores a la espera: la concha o la vida. Pero nunca supo de nada. Si bien no frecuenta las páginas policiales ni con los ojos. Prefiere no saber. Se niega a leer y a escuchar historias escabrosas. Una amiga violada a los quince. Pero fue un primo, debidamente castigado: al seminario. Hoy, ¿un cura feliz? Los clichés que. El aire haciéndose más fácil de respirar. Podría decir la hora si alguien le preguntara. Sí, ahora ya sería capaz de eso. Pero las personas no preguntan la hora en São Paulo, ¿o sí? Orientaciones especiales, como mucho. ¿Cómo llegar a? Los paulistanos y sus relojes internos. Agendas electrónicas pegadas a las vísceras. Sé exactamente hacia dónde estoy yendo y para qué. Todos siempre yendo a algún lugar. Incluso los mendigos. Todos ocupados. Entonces, ella se acuerda de que también está yendo a algún lugar. Un paso por vez. Las piernas de a ratos duras, flojas, como tontas, como si no fueran de ella. En la Paulista, finalmente. Una mujer justo enfrente. Cabello lacio. Prefiere a las de rulos. Una pelirroja de rulos: sueño de consumo. Los pelos del pubis también. Toda pelirroja. Vasta cabellera púbica. A las morenas y rubias y negras las prefiere depiladas. Las vueltas que da la lengua. Pero a una pelirroja no. Vastísima cabellera pelirroja. La mujer no se menea. Las mujeres, ¿qué pasa? No se menean más. Solo las jovencitas, niñas de 11, 13 años. Maquilladas. El futuro, ¿a quién le pertenece? De hecho, nunca con una pelirroja. ¿Cuántas conoce? Ninguna, o no se acuerda de. Pasando por la calle, ¿alguna? Tiene que haber alguna, está en la Paulista. No es posible. Cuando cruza la Haddock Lobo, una pelirrojita. ¿Once, 12 años? Con uniforme, São Luiz. Crece rápido, niña. Vieja, piensa. Las piernas duras, tendrá calambres después, seguro. La niña apura el paso y dobla a la derecha por la Bela Cintra. Cuando llegue a la esquina, ya estará lejos. Personas de su ciudad. ¿Sobre qué conversar con las niñas? ¿”My humps”?  Ellas tienen asco de ciertas cosas, dicen. Las nuevas generaciones. Pero ¿cómo es que dicen por ahí? Probando. Con Cecília, por lo que recuerda, no comenzó así.

Mi primera novia: Cecília.

Vecinas, familias vecinas. Creciendo juntas. Todo el mundo, después de algún tiempo, todo el mundo sabía. Pero claro, no se comentaba. Las muchachas encerradas en el cuarto. Todo el tiempo juntas. Las muchachas, tan amigas. Dieciocho años. Claro, una relación abierta. Pero 18 años. El chiste, ella piensa y comienza a reír en medio de la calle, el chiste, correctísimo: las dykes no tienen historias, no están con, no la complican, no; las dykes se casan.

Las familias en sus respectivos livings, en sus respectivas televisiones, no comentando. Hijas únicas. Teniendo todo el cuidado del mundo de no comentar.

No.

No las familias. La familia de Cecília, solamente. Porque la familia de Augusta: ella y su madre, y listo.  La madre, incluso sin comentar, nunca las censuró. Otro tipo de silencio. Un silencio que no lastimaba, diferente del silencio de los padres de Cecília. El silencio cómodo de su madre contrapuesto al silencio áspero, puntiagudo, de los padres de Cecília.

Cumplieron 18 años y fueron a vivir juntas. No tienen historias, no están con. Casadas, sí. Una relación abierta, pero Cecília insistía:

“Con quien quieras, menos con hombres, por favor.”

Sin problemas. Nunca tuve (mucho) interés. Ni curiosidad. Tan amigas. Hasta que la muerte las separe. Casi veinte años bajo el mismo techo, de los 18 a los 36 y, antes, cuando ellos no comentaban, dos años de educación homoafectiva.

Hasta que.

Pero, ¿no era para siempre? ¿Cómo pudiste?

Cecília, en ese cuarto, en esa cama. Martirizada, como ¿qué? Una santa. Diciendo poco antes de:

“Le pasa a todo el mundo.”

Y le pasó a ella, a Cecília.

Nuestro primer beso, piensa: fue bueno.

Nuestro último beso, piensa: fue solo mío.

El primer beso fue en el preescolar, las señoritas asustadas, irritadas, no sabiendo qué hacer. Diciendo:

“No se puede. Ustedes dos son niñas. No pueden besarse en la boca. ¿Oyeron? No se puede. Es feo.”

Ella y Cecília, de la mano:

“Sí, entendemos.”

El primer beso, pero ¿el último?

El último, ella piensa: el último fue solo mío.

Aquel ruido extraño, el dibujo en el monitor y el médico entrando apurado y haciendo lo posible, están siempre haciendo lo posible, y diciendo enseguida:

“Hicimos lo posible. Lo siento mucho.”

Ella entonces bajó su rostro y apoyó sus labios en los de Cecília:

“Adiós, mujer.”

Le pasa a todo el mundo. Todo el tiempo. Incluso cuando hacen lo posible. Incluso con todos ellos haciendo lo posible, pasa.

La mujer. Una mujer. ¿Pelirroja? No.

Una mujer está caída en la esquina de la Bela Cintra y la Paulista. Horario del almuerzo, ¿algún riesgo de ser pisoteada? Cruzar la calle hasta la otra vereda donde ella yace. Tumbada. Quizás alguien la ayude antes. Caída en la entrada de una farmacia. Una joven de blanco, la farmacéutica de guardia se agacha y haciendo lo que es necesario, ¿lo posible? No, nadie. Todos muy ocupados, allá adentro. Aproveche su horario de almuerzo. Cremas, lociones, toallas femeninas, ansiolíticos. Largas y bellas piernas, increíble como ninguno de corbata se haya dispuesto a dar una o dos manos. No es peliroja, sin embargo. Blanca, cabellos oscuros muy cortos, parece bonita. Pero no es pelirroja. Qué pena.

Verde.

Cruza la calle y se acerca a la joven y se agacha:

“Ey. ¿Qué tenés?”

Los ojos bien abiertos, la voz clara:

“Nada”

“¿Qué pasó?”

“Me caí.”

“¿Te asaltaron? ¿Alguien te disparó?” pregunta y mira hacia los dos lados, aprehensiva.

“No.”

“¿No?”

“Me mareé y me caí.”

“¿Te mareaste?”

“Me mareé.”

“¿Podés pararte ahora?”

“No sé. Estoy mareada.”

“¿Querés vomitar?”

“Creo que no. ¿Y vos?”

Mesas y sillas en la vereda, esquina Matias Aires y Bela Cintra. Bajó ayudando a la joven y ahora están sentadas en una mesa del restaurante-café-bar, todo al mismo tiempo allí, el tipo de establecimiento común por aquellos lugares.

Están en el lado opuesto a dos Jardins, la Paulista sirviendo como frontera, bajas rodando y llegarás al Centro, bares, cafés, discos, puteros, alquileres baratos y toda la fauna feliz de Baixa Augusta caminando por aquellas cuadras y, claro, por la propia Augusta, bien allí.

Recuperan el aliento y ensayan conversar generalidades, cierta distancia a ser recorrida antes de, cómoda una con la otra, poder hablar realmente. Piden agua y café, se quedan en silencio por un momento, hasta que lo obvio:

“Me llamo Augusta.”

“Mariana.”

Y es solo eso por ahora.

Mirar hacia los lados, una evitando los ojos de la otra. El café es terrible, Augusta hace una mueca a cada trago, hasta que renuncia y aleja la taza. Mariana sonríe, encuentra graciosos la mueca y el gesto, y Augusta le devuelve la sonrisa. Con eso, una red se arma debajo de ellas, y Mariana se permite un paso más:

“¿De qué trabajás?”

“Trabajo en una productora.”

“¿De cine?”

“También.”

“Qué bueno.”

“A mí me gusta.”

Callan otra vez. Mariana toma un largo trago de agua. Augusta mira hacia los costados y después a Mariana. Siente las piernas todavía rígidas por el esfuerzo de antes, cemento, vereda, y viene a su cabeza la imagen de Mariana en el suelo, a pocas cuadras de donde están ahora. Siente que tiene que preguntar si:

“¿Estás mejor?”

“No sé. ¿Y vos?”, es la respuesta inmediata.

Augusta sonríe. Hay algo aquí, se da cuenta ahora. Algo escabulléndose. Un cierto magnetismo, la cosa sin nombre. Ir con calma, mientras. Siempre ir con calma.

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Traducción: Julia Tomasini
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Como desaparecer completamente ©André de Leones. Por acuerdo con el autor. Traducción © 2012 por J. Tomasini. Derechos reservados.

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