Papeles Sueltos

ANA PAULA MAIA | entrevista en el Paiol Literário

El día 5 de julio, el Paiol Literário – proyecto promovido por Rascunho en asociación con la Fundação Cultural de Curitiba, el Sesi Paraná y la Fiep –  recibió a la escritora Ana Paula Maia. Nacida en Río de Janeiro, es autora de las novelas O habitante das falhas subterrâneas (2003), A guerra dos bastardos (2007), Entre rinhas de cachorros e porcos abatidos (2009) y de la recién lanzada Carvão animal. En 2006 publicó el primer folletín pulp de la internet brasileña en 12 capítulos. Tiene cuentos en diversas antologías, entre ellas 25 mulheres que estão fazendo a nova literatura brasileira (2004) y Sex’n’bossa (Italia, 2005). En la conversación con el periodista Rogério Pereira en el Teatro Paiol de Curitiba, Ana Paula Maia habló de cómo la literatura puede interferir en la formación de la personalidad, de la ficción femenina, de la producción ficcional brasileña contemporánea y de cómo la literatura puede ser usada para llevar al límite a la realidad, entre otros asuntos.

Del repudio a la escritura

La literatura, en primer instancia, es un encuentro muy casual. Para todo el mundo es muy casual. Comenzar a leer, tomar un libro, no tener ningún compromiso. No se está racionalizando nada cuando se abre un libro. Simplemente uno va a hojear, va a leer. La literatura va entrando en la vida cotidiana. Ella puede transformar y mejorar la personalidad. Creo que la mía fue bastante mejorada con la literatura. Esa es mi propia experiencia. Comencé a leer a los dieciocho años. Aprendí a leer muchos años antes, pero comencé a leer y con ganas a los dieciocho años. Antes de esa edad, no tenía tiempo, mi cabeza de adolescente no me dejaba estar tranquila para leer. Pero entonces, a los dieciocho, comencé a leer mucho. Y todo lo que no había leído antes. Y mi personalidad empezó a cambiar. Yo tenía un diálogo tan grande con la literatura que no tenía ganas de encontrarme con nadie, salir, tener amigos. No necesitaba nada más. Me sentía realizada con ese mundo de palabras. Comencé a leer más ensayos y filosofía que ficción. Tenía ya un encuentro tan importante con aquello que no sentía la falta de otras cosas. Estuve así unos tres años. Encontrarme con la literatura y después volver al mundo normal fue un proceso difícil. Fue un impacto, fue extraño. No quería encontrarme con nadie, no quería hacer muchos amigos. ¿Para qué salir y encontrar personas? ¿Para qué si lo que tengo aquí a mi lado ya me da tanto, ya me responde tanto? Mi personalidad pasó por un proceso que me hizo ver el mundo de manera muy diferente a partir del momento en que comencé a leer. A los dieciocho años, la literatura fue una gran divisora de aguas. Tanto, que comencé a escribir a los veintiuno. Estuve tres años consumiendo, pasando por un proceso, para comenzar a escribir. Por mi experiencia personal, creo que la importancia de la literatura en la vida cotidiana fue un cambio de personalidad. Mi relación con el mundo cambió completamente a partir de entonces. Viví tres años muy reacia a las personas. Las cosas del lado de afuera de mi cuarto no tenían mucho interés. Leía cuatro libros al mismo tiempo. Fui volviendo poco a poco. Todo el mundo me parecía muy idiota, de bajo nivel. Lo veía todo en un escalón muy bajo y muy estrecho. Eso fue importante hasta para llegar a la literatura que comencé a hacer. Este proceso de ser bombardeada por tantas cuestiones intelectuales, de tanto ser alimentada, me causó un alejamiento de la mediocridad del mundo, porque el mundo normal es mediocre, muy  regular. Las personas normales me molestaban, eran poco, eran pequeñas. Tenía un aire arrogante. Era extraño, porque no sabía cómo lidiar con eso. Pero tuve un proceso de retorno. Parece que eso fue asentándose en mí, esas nuevas ideas, esa percepción nueva del mundo. Al volver a mirar el mundo y aquello que yo había repudiado, empezó a gustarme. Todo eso tiene mucho que ver con lo que comencé a escribir, sobre personas simples, sobre la miseria humana. Eso que repudié por un tiempo empecé a mirarlo de una manera diferente. La literatura es una divisora de aguas para mí.

Internet

La internet todavía es mal vista cuando se la relaciona con la literatura. Parece que quiebra el canon de la cosa, que saca a la literatura de su pedestal y la lanza a un lugar al que todos tienen acceso. Para mí, era muy simple. Yo había acabado de escribir A guerra dos bastardos e iba a comenzar a buscar editorial. Y tenía también la novela Entre rinhas de cachorros e porcos abatidos. ¿Qué podía hacer con eso? Tenía en casa un libro guardado y seguro que ningún editor publicaría Entre rinhas en ese momento, por su tenor, por la falta de parámetros en la literatura brasileña. Yo sabía que era un libro que no se podía comparar con nada ni con nadie porque era una cosa muy particular. Creía, y todavía creo, que hay un mercado grande, pero hay mucha dificultad de publicar autores que se pasan un poco del límite. Veo, a veces, a todo el mundo encuadrado, dentro de una cosa igual, muy parecida. Críticamente me decía: “Entre rinhas no es un libro para este momento”. Pero A guerra dos bastardos sentí que sí lo era, por un barniz literario, una retórica y un tratamiento. Tenía la visión de que podía ir primero. Entonces, terminé algunos capítulos de Entre rinhas, avancé, lo dividí en doce capítulos cortos y decidí ponerlo en un blog cerrado, sin posibilidad de comentarios, sin la participación del lector. Era un espacio de vehiculización. Creé un blog muy simple. Recuerdo que tenía dos lectores, dos chicos. Era una novela que le gustaba mucho a los hombres. Entonce, uno leía y ponía el link, iba divulgando en la propia web. Eso fue de enero a abril de 2006, antes de que publicara A guerra dos bastardos. De alguna forma, la publicación fue muy simple y sin pretenciones, porque siempre dije que Entre rinhas era mi lado B, era lo que me parecía ser mi lado contrario. A pesar de no estar ligado exactamente a mi vida, era el texto con el que más me identificaba; sin embargo, tenía miedo de las restricciones mercadológicas. Sólo que Entre rinhas comenzó a hacer carrera en la internet. El número de accesos fue aumentando. El libro pasó a ser leído por personas interesantes. Y no tenía corrección ortográfica o gramatical. Había errores, no tenía un diseño bello e invitador. Nada de eso. E incluso así la obra sobrevivió. Creo que la obra necesita sobrevivir en cualquier medio, en cualquier lugar, sea internet, un diario o una revista. Es una limitación decir que la literatura vehiculada a través de internet no tiene calidad. Hay autores que dicen eso. Gente de la vieja guardia que dice que ni mira esa literatura de blog. Hasta hacen muecas. Somos otra generación, vivimos con eso. Tenemos esa herramienta como divulgación. No se puede más lanzar un libro y quedarse en una madriguera. Hay que usar internet como medio de divulgación del propio trabajo.

Foto: Matheus Dias

Brutos

En literatura, o en cualquier otro arte, sólo se hace lo que se puede, no lo que se quiere. De lo contrario, tendríamos varios Machado de Assís y Guimarães Rosa. Tengo mucha dificultad de escribir sobre las mujeres, sobre el universo femenino. Todas las veces que trato de escribir con una voz femenina queda horroroso. Lo veo horrible. Ni comienzo de nuevo. Tengo una identificación con el universo masculino. No sé bien dónde comenzó eso. Creo que fue durante mi infancia, tenía una buena relación con los niños. Tuve una banda de punk rock en la adolescencia en la que sólo había chicos. Veía siempre muchas películas con machotes. Comencé a leer literatura a partir de autores hombres. Y me gustan los hombres. Tengo una empatía muy especial por ellos, no solo de atracción por el sexo opuesto, sino también una empatía de gusto. Siempre me gustó estar cerca de los hombres, escuchar la voz y las conversaciones masculinas. Siempre me parecieron más graciosas,  más divertidas que las de las mujeres. Cuando empecé a escribir, me di cuenta de esta fuerte empatía con el mundo masculino. En el momento en que soltaba la voz narrativa, pensaba: “Qué extraño, mi voz sale así, gruesa.” Es muy difícil entender de dónde viene esa voz, esa relación. Los escenarios que trato son diferentes de los tratados por la literatura femenina. Hay una convergencia en la literatura femenina, de intereses y asuntos. Es posible percibirlo. Tal vez se encuentre en la misma hora del té o en el mismo psicoanalista. Es posible colocar a los personajes de libros de diferentes autoras en el mismo living, en la sala de espera del mismo terapeuta. Se siente una convergencia de historias de mundos, dramas, amores. No estoy para nada interesada en hablar del amor erótico, del amor hombre-mujer, de resolver mis problemas. La literatura para mí no es ese mundo, no es ese lugar. Es una cosa completamente diferente. Ya soy mujer las veinticuatro horas del día. Quiero ser un poco hombre, un poco grandote bruto. Quiero tirar abajo paredes, cremar cuerpos, matar cerdos. Quiero hacer algo diferente. Y sólo puedo hacerlo en la literatura, porque en esta vida no lo podré hacer, no tengo esa posibilidad. La literatura me dio la posibilidad de hacer otra cosa, de ir más allá de ese espacio regular en el que vivo. Hasta incluso como mujer. Soy extremadamente limitada como mujer. Hay mil cosas que me gustaría hacer como mujer pero no tengo composición física para hacerlas. A veces, abrir una lata de palmito me es difícil. Me gusta lidiar con mi cuestión femenina, pero ella me limita terriblemente. Veo que los hombres van siempre mucho más allá. Se caen, se levantan, siguen corriendo. Juegan al fútbol, andan en skate. En cambio la mujer tiene ciertos problemas. Tengo cierta fragilidad física. Soy extremadamente frágil. Me doblo el pie, hay que enyesarlo; tengo la columna torcida, piso torcido. Usé aparatos en los dientes. Uso anteojos, soy alérgica a todo, tengo intolerancias, alergias. La fragilidad me molesta. La mejor parte de escribir son los personajes, las posibilidades que me da la literatura de ir más allá. Sólo escribo porque puedo ir más allá. Si no pudiera, no escribiría. Si hubiera una ley determinando que sólo podría escribir sobre mujeres, sobre mi vidita, yo diría: “Entonces, querido, me voy a hacer otra cosa, me voy por otros caminos. Tal vez caminos hasta más femeninos. Cocinar será mucho más interesante que escribir sólo sobre una rutina mía, resolviendo un problemita”. A veces la literatura va hacia el campo de los problemas personales. No tengo el menor interés de solucionar mis problemas en la literatura. Quiero buscar nuevos problemas, nuevas cuestiones, ir más allá. Ser alguien diferente. Querría ser un macho bruto. Si fuera hombre, sería un bruto. Grandote, fortachón. Terminaría un techo, haría una obra, levantaría una pared. Creo que me iba a gustar eso. Como no puedo, escribo.

Tomar partido

Leí poco de la literatura de mis contemporáneas. Muchas me gustan por la forma pero no por el contenido. Carola Saavedra es una autora que me gusta mucho. Ella tiene una fuerza, una virilidad buena. Las personas dicen que es un prejuicio señalar que la literatura tiene virilidad, pero no lo es. Es que tiene una fuerza, una imposición. Si uno no se impone, el texto se vuelve falso, parece que uno no se decide. Creo que Carola es una autora que se impone. Eso me gusta. Ella toma partido, me gustan los autores que toman partido. Me parecen interesantes los temas que trata. Otra autora que me gusta es Lygia Fagundes Telles. Leí algunos cuentos en la juventud y la sigo leyendo. Es una autora que siento que se impone, que tiene una firmeza. Clarice Lispector se impone y tiene firmeza; sin embargo, a veces no me gusta mucho el universo tratado, pero me gusta el texto, la construcción literaria. Hay muchos autores que leo por el contenido y otros por la construcción. Hay autores que logran juntar las dos cosas, entonces me gustan mucho más. Me encanta eso de contar una historia, del objetivo narrativo. Esa cosa muy fragmentada no la entiendo. Me pierdo. Me gusta la narración clásica. Creo que en una historia bien contada no hace falta inventar mucho. Me gustan mucho los autores clásicos. Cormac McCarthy es un autor que me gusta mucho. Él tiene eso de la buena construcción con historias muy interesantes.

Trinchar jabalíes

Escribí un cuento llamado “Javalis no quintal”. Está en la antología Geração zero zero, organizada por Nelson de Oliveira y que está causando cierta agitación, está dando qué hablar. El jabalí me parece algo increíble: animalote, fortachón y cerdo. Las historias de cazadores son muy particulares. Me parecen geniales. Cuando era adolescente, quería hacer tiro, quería aprender y mi padre no me dejó. Después, se me fueron las ganas de aprender a tirar. En la vida real, no estoy a favor de la caza ni de matar, pero estéticamente es interesante. Y, en la literatura, puedo hablar de cosas que no son políticamente correctas o estéticamente bonitas. Puedo hablar con cierta belleza de un proceso de cremación. Un proceso de cremación tiene su belleza también. Es un ritual fúnebre pero tiene su belleza. No me gusta mucho lo convencional, la repetición. Veo esa belleza en las cosas poco convencionales, medio extrañas. Una cacería de jabalíes me parece increíble. Me gusta enfocarme en lugares, en historias que están lejos de mí, pero que me traen muchas cosas. No recuerdo cómo llegué a escribir sobre el jabalí, pero este animal me pareció tan interesante. Vi que daba para un gran personaje porque es un animal con características interesantes. No sólo por la cuestión anatómica y poderosa del jabalí, pero por su carácter, sus reacciones. Cómo vive, cómo lidia con el mundo. Es un personaje interesantísimo que todavía no se agotó para mí. Todavía hay mucho jabalí que quiero trinchar. Tengo interés por ciertas historias que me agradan por la imagen, por la estética, por las posibilidades que tengo de andar por ese universo.

Muerte física

La literatura tiene el poder de encubrir y también de adornar las cosas, de ficcionalizar. Ella ficcionaliza mucho el suicidio. Difícilmente haya un libro en el que alguien no muera, esté muriendo o vaya a morir. Alguien que enviuda, la madre que pierde al hijo, el hermano que muere. La muerte está presente en la literatura como lo está en la vida. Algunos elementos y cuestiones se van haciendo fundamentales dentro de esta literatura que comencé a escribir. En la trilogía O trabalho sujo do outros, la muerte se volvió una cuestión de la que quería tratar. Venía tratando de las muertes que sucedían, pero no de la muerte en sí. En literatura, se trata mucho de la muerte metafísica pero no de la muerte física. Carvão animal habla de la muerte física. Es algo práctico, duro, objetivo. Cuanto más objetivo y claro, más se descubren las cosas, más se va quitando el velo. La literatura tiene el poder de la retórica, la posibilidad de novelar. Camufla, va agregando camadas, va novelando el suicidio. A veces trae belleza a lo que políticamente puede ser incorrecto. Ella tiene ese poder.

Violencia y trabajo sucio

Mi obra, y la de los otros autores incluidos en la antología Zero Zero, no es bizarra. No recuerdo de ninguno que lo sea allí. Lo bizarro y la violencia humana son dos características que no pasan en mi literatura. A pesar de haber violencia, es una violencia de otra cosa, de la brutalidad de una profesi{on, del tipo que es bombero, entra en un edificio que está en llamas, sube las escaleras, va al décimo piso llevando un equipo que pesa cerca de treinta kilos y encima carga un machete para abrir la puerta. Eso es bruto y violento. Un tipo de esos es muy específico. Es loco, el tipo es corajudo. Es un trabajo en medio de la violencia. Matar un cerdo, abrirlo, eso es violento. Quebrar el asfalto seis horas por día, el cuero temblando, eso es violento. La violencia con la que lidio va por ese camino. Nunca fue una violencia de “aí maluco, aí tio, perdeu, bandido”. Del morro. Porque Río tiene esa cosa de favela muy presente. No me interesa. Criminales, chicos de la calle ladrones. Me interesa otra violencia, que es mucho peor porque es generada por trabajos y profesiones que las personas necesitan tener. Alguien que tiene que recoger la basura, abrir el asfalto, destapar la cloaca. El tipo tiene que meter la mano ahí en la cloaca, sentir el olor, destaparla. Alguien tiene que hacer este trabajo sucio. Pienso en esta dimensión de la violencia, de la brutalidad. Paso muy lejos de la cuestión de lo bizarro. Tampoco esta es una literatura que me guste consumir, no es mi estilo ni como lectora ni como narradora. Mi obra tiene una realidad que pasa los límites, al borde del abismo. No es bizarra, ni fantástica. Es una realidad al límite. El lector va al límite, pero no lo pasa para ir a lo bizarro o algo irreal. La realidad se vuelve absurda cuando se la lleva a ese límite. La realidad es una madre pariendo un bebé en un baño de una terminal y lo tira a la basura. Eso lo llamamos absurdo, pero es la realidad al límite, rozando la barbarie. Me gusta trabajar siempre en el campo de lo real, colocando elementos de horror y todos los posibles de lo real. Todo lo que escribo es real, es factible que suceda. Con el máximo de extrañeza, pero es posible. No llego al campo de lo bizarro ni de lo fantástico.

Proust aburridísimo y mucha acción

Es obvio que llevar al límite la realidad no es algo de todos los días. Es algo particular y que me gusta trabajar, escribir sobre ese universo. Puede hasta ser mucho, pero me gusta el exceso. No me gusta demorarme mucho en una historia. Hay un tiempo para escribir un libro. Si ya lo dije todo, entonces fue, tiene que terminar. Me gustan las cosas sucediendo. En cada capítulo algo está sucendiendo. Me aburro un poco cuando el personaje tiene una duda y se pasa cinco capítulos con la misma duda. A veces, hasta sesenta páginas con una duda. Eso no me gusta mucho. Proust es una cosa aburridísima. Muchas cosas me parecen aburridísimas. No me gustan algunos directores de cine, como Ingmar Bergman. A veces me parece difícil, a veces lo adoro. Pero a veces digo “esto está difícil” y me quedo diez minutos más y otros diez minutos. Entonces, voy y pongo Deseo de matar I (primera película de la serie protagonizada por Charles Bronson en las décadas del 70 y el 80). Y me gusta mucho más. Tengo una relación muy tranquila con mis referencias. Si encuentro algo aburrido, no lo quiero. El libro me pareció aburrido, no lo voy a leer. Es la libertad. Uno toma un poco de esto y aquello. Mis libros son de acción, de acontecimientos, suceden mil cosas. Y no quedan paradas, tengo una influencia de la acción. Es una acción física, no es en lo imaginario, no se queda en lo psicológico. Esa construcción es linda, pero no me sale. Soy agitada hasta para escribir. Todo el mundo tiene que estar haciendo algo, las cosas tienen que suceder, el peronaje tiene que estar desplazándose y tengo que llevar la historia para adelante. Con eso, uno construye una historia, escoge caminos, entrelazamientos. Eso me encanta.

* Extractos de la charla

Para leerlo en portugués, Jornal Rascunho

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Traducción: Julia Maciel 

Agradecimiento: Rogério Pereira de Jornal Rascunho

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