Papeles Sueltos

Alberto


Alberto camina por la calle al lado de los autos. Siguiendo al tránsito de esa hora, su paso es irregular y lento, vacilante. A veces, Alberto mira a lo alto y ve los árboles que forman un enorme túnel verde oscuro en la Viveiros de Castro. A través de los huecos, puede ver el azul del amanecer y algunos rayos de luz lustrando sus pies hinchados, envueltos en trapos. Alberto para cerca de un haz de luz impreso en el suelo y sigue el camino de la luz por detrás de las hojas, allá arriba, hasta la tierra, e imagina cómo sería si la luz pudiera volver y subir de nuevo por encima de los árboles. Una vez, Alberto fue al baño de un bar y el inodoro se tapó. El agua subió e hizo emerger todo el producto de sus entrañas hasta inundar el piso del bar. Más o menos como si las cosas comenzaran a caer para arriba, Alberto piensa. Alberto juega invirtiendo el movimiento de las cosas y de sí mismo. Al final, los objetos tienen un movimiento, papel y flujo bien definidos en el tiempo. A Alberto le gustaría poder invertir todas estas cosas. A Alberto le gustaría ver agua subiendo por el desagüe, el mar saliendo de la arena, la luz del cielo surgiendo de sus pies y la vida extinguiéndose de cabeza para abajo.

            El viento lleva las hojas hasta el piso con pesar, como si tuviera miedo de la reacción de Alberto al orden natural del mundo. Pero enseguida Alberto no verá más las hojas. Sus pies se van a desprender de la tierra mojada que va a rellenar el espacio entre sus dedos llenos de sabañones y el espacio entre su carne mojada y las uñas del pie. Alberto siente una cosquilla extraña, pero no para. Alberto ve varias casas largas y bajas, como vagones de tren, y entra en el primer vagón, estrecho, con cortinas rojas en las ventanas y mesas por todos lados. En la entrada ve una tabla de precios, como si eso fuera un hotel. Pero no hay ni cuartos ni escaleras. Súbitamente surge Carmen, como si brotara del suelo, una azafata con quepis con la pose de un sargento. Carmen pregunta algo.

            Varios son vagones, todos aparentemente iguales. Cada vez que Alberto sale de uno, surgen otros y entonces no va a haber más tierra mojada para pisar, solo los vagones, ahora suspendidos por andamios y conectados por tarimas que flotan sobre el aire. Alberto mira sus pies hinchados, envueltos en trapos, y se da cuenta de que no hay más tierra en el espacio entre los dedos. Debajo de las nubes que vuelan por el vacío sobre las plataformas, Alberto ve el túnel verde de árboles y toda la azulada playa de Copacabana amaneciendo allá abajo. Alberto siente gotas de lluvia por la nariz y se da cuenta de que está lloviendo, pero es Copacabana que llueve en él, de abajo para arriba. Las gotas llueven fuerte, ventean, y Alberto va a buscar refugio al próximo vagón, que tiembla con la tempestad. La estructura formada por millones de metros de metal sufre la sacudida de la lluvia, de abajo para arriba.

            El vagón donde Alberto busca refugio tiene las ventanas empañadas y cerradas con candados. Pero no es eso lo que llamará la atención de Alberto. Va a buscar el origen de un ruido, semejante a un maullido, que viene por debajo de una de las mesas, sofocado por el sonido de las gotas golpeando en el suelo. Alberto busca y ve dos piernas de mujer, envueltas en un par de medias de nylon negras y rasgadas, tiradas en una silla. Las piernas están separadas y dispuestas de una manera extraña, lo que hace a Alberto pensar que están rotas. El resto del cuerpo de Carmen está debajo de la mesa, debajo del mantel a cuadros de la mesa, y llora, llora bajito, como un gato buscando comida. Alberto va a buscar la otra parte de Carmen, encuentra una cabeza apoyada en el piso. Intenta sacar a la mujer fuera de la mesa, pero Carmen se agarra a sus piernas ferozmente, comienza a llorar más alto. Sin equilibrio, Alberto se sienta en el piso y pone la pequeña cabeza rubia en su regazo. Como tiene el pelo en la cara, es como si no tuviera rostro. La cabeza es desproporcional al tamaño de las piernas. Alberto tiene miedo de sacarle el pelo de la cara, y la lluvia empeora, elevando más al vagón y estremeciendo  la estructura que lo mantiene en el aire. Carmen sigue acostada en el piso, agarrada a las piernas de Alberto, que se da cuenta, por la posición de sus hombros, que ella tiene una de sus manos entre las piernas. Alberto, sin saber por qué, acaricia el cabello de la cabeza infantil de Carmen, que llora cada vez más alto. En verdad, Alberto piensa que tiene pena de Carmen. Alberto no entiende. El vagón tiembla, Carmen tiembla, pero en un ritmo diferente, y Alberto decide levantar el mantel a cuadros de la mesa.  

            Inmediatamente Alberto recibe un torrente de agua tibia y viscosa que sale a borbotones, sin parar. Carmen y todo lo demás desaparecen. Solo queda el chorro  de agua que se hace cada vez más caliente, más reconfortante y Alberto intenta levantarse, pero no lo logra y solo ve agua, no ve más piso, vagón o túnel verde de árboles y toda la azulada playa de Copacabana amaneciendo allá abajo, solo consigue sentir la inexpugnable barrera de agua que empuja su pecho y arranca el aire de sus pulmones lentamente, en un flujo infinito y continuo, como las cosas que caen y suben, como las personas que mueren atropelladas todos los días allá en Copacabana, como la mierda que desciende  por la cloaca, como el camino que la luz hace, por detrás de las hojas, allá encima, hasta sus pies hinchados, envueltos en trapos. Y el agua comienza a entrar por la boca de Alberto que ya no puede pensar mucho. Sus ideas se desintegran en una velocidad cada vez mayor, hasta mayor que la velocidad del agua que aplasta su tórax y va a matarlo en poco tiempo. Alberto, en el segundo antes de que su corazón pare de enviar sangre al cerebro, no va a poder ver el caño que reventó hasta desmigajar su cuerpo. Pero va a recordar algunas cosas, y la última cosa en la que va a pensar será el día en que fue al baño de un bar, el inodoro se tapó y el agua subió, haciendo emerger todo el producto de sus entrañas hasta inundar el piso del bar.

            Alberto va a sentir más o menos como si las cosas comenzaran a caer para arriba.

 

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