Papeles Sueltos

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Como te estaba diciendo, esta generación es extraña, Alberto. Las mujeres tienen vergüenza de coger, nosotros tenemos vergüenza de publicar y no recuerdo haber visto a nadie espontáneo en los últimos cien años. Menos vos y yo, claro. Están cerrando la puerta y siempre hay un pesado que quiere entrar al bar después de hora. No quiero quedarme más acá. Todavía es temprano, ¿dónde voy a depositar todo este carisma? Vamos al baile. Pero tiene que ser el baile de raíz. Tiene que ser el baile de la comunidad, esa popularización inversa está manchando el movimento. Lo peor que le puede pasar a cualquier estética es ser adoptada por la clase media. Pero, ¿no es eso lo que acabamos queriendo?

El punto cúlmine es antes, justo antes de la adopción en masa. Es ahí donde quiero estar. La gente común le saca el sabor a cualquier cosa, querido. Fijate bien que es antes, no nunca. O sea, me importa poco quien no tenga ninguna pretensión. Tener una banda solo para tocar en el garage y un libro solo para mandar por email no me importa. Eso es una etapa. Yo quiero estar allí, antes de la gloria y al filo del precipicio. En el caso del funk, vos y yo, Alberto, nosotros somos la gente común, los plebeyos. Y esos negros son señores.

Tomamos un taxi ahumado. Al morro do Pavão. El taxi rasga el aire pesado de Nossa Senhora mientras los postes se retuercen y no puedo fijar mi pensamiento ni mi mirada en ningún punto. Pero hoy eso no significa nada malo. Hoy soy capaz de rajar el asfalto con las uñas y cogerme a todas las culonas de la parada de colectivos. Hoy me sueno el cerebro y gateo en alguna esquina sucia de Copacabana.

“De acá no paso”, gruñe el taxista.

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