Papeles Sueltos

ESPAÑOL | PORTUGUÊS

PAULA FABRIO | DESNORTE

 

Balance

 

Un día menos. Otro día menos. Un día menos. Otro día menos. Todo lo que se vivió. El tiempo que nos resta. Nadie hace esa cuenta a los quince años. ¿Estaremos abandonándonos a la locura en un momento de contabilidad?

Quizás haya sido en el invierno que los tres hermanos Oliveira se hicieron mendigos, pero el primer desvarío pudo haber sucedido en otra estación. De noche, por cierto. En la noche frágil de nuestros pensamientos las posibilidades se alargan.

Amor, locura y muerte no se explican, pero el camino hasta ellas tiene su dosis de encanto y repugnancia. Y esta historia comienza en el medio de ese camino. Más precisamente en el vagón de segunda clase de un antiguo tren de la línea sorocabana.

Un joven todavía sin barba ni bigote se estremece al oír el nombre de la próxima estación. Sin medios para comprender sus instintos, el muchacho solo logra recordar que hace horas que no mete nada en el estómago.

Y ese tren, ¿adónde era que lo llevaba?

Para el destino, usamos apenas el tacto. La punta de los dedos. Y ese joven no lo sabe, como ahora yo lo sé, a los cuarenta años. Saber lo suficiente. Para temer. La cuenta es simple. El viaje de la vida a bordo de un tren. De alta velocidad. El tren de sorocabana es apenas un vagón de ese tren mayor. Su viaje ni comenzó, por eso todavía no aprendió la ecuación que nunca se resuelve. Todavía no necesita recuperar las horas y correr a leer todos los libros de la biblioteca, tampoco tener coraje de abdicar, sentarse a la orilla de las rocas y respirar, tomar un puñado de arena en las manos y quedarse con un único grano girando entre los dedos hasta que forme parte de su cuerpo. Y entonces sí, soltarlo, sin obligaciones, con gentileza.

Pero la señora de cabellera blanca, que revuelve distraída una olla para el almuerzo, conoce el hilo del destino que ata a las personas. También conoce el tiempo. La mirada distante, la cabeza trémula son pruebas de eso. Pero hay satisfacción en todo lo que hace. A fin de cuentas, hoy es domingo y toda la familia vendrá a almorzar. Y esta puede ser la última vez, entonces hay que esmerarse en los condimentos, quitarle la acidez a la salsa, la acidez a las bocas.

Con las manos lentas, la mujer dispone el pan sobre el plato antiguo y ese movimiento parsimonioso es una invitación para desviar la atención y recordar al niño todavía sin barba del tren cuando ya era joven y usaba bigote fino al estilo clark gable. Consideró que la hermana había hecho un buen casamiento. Cabellera frondosa, ojos amarillos, y el rostro cuadrado. Sí, maria luísa había conseguido un señor casamiento. Lástima que pasó todo aquello. No quiere ni pensar.

La salsa se desbordó de la olla y apagó el fuego. El olor a gas trajo a la señora de vuelta a sus setenta y ocho años.

Olvidó de tomarse el remedio para la memoria. ¿Lo habrá olvidado realmente? ¿O lo tomó y no lo recuerda? No lo recuerda.

A los cuarenta, la memoria es la del sentimiento. Los recuerdos ya no tienen la misma nitidez. Y los pasos esconden la vacilación en una cadencia eficiente, sin chance de equivocación. El tiempo se está agotando. Sin embargo, la señora de setenta y ocho ya se desvistió de esa urgencia.

¿En qué momento desiste el cuentarrevoluciones? ¿Será al final del recorrido, cuando queremos caminar hacia atrás y ya no correr en dirección a la muerte?

El joven de quince años, la señora de setenta y ocho, la mujer de cuarenta. Cada cual tiene su reloj. Su versión de la historia. Cada cual tocó el rostro de los hermanos Oliveira con la ternura y el miedo que le fueron posibles.

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Los tres hermanos Oliveira. Ángulo recto, dos dimensiones

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Bené. Flaco como el Quijote. Siempre decía navidad es nueces, flores, Strauss, champaña. Nos reíamos de él. Una risa que quedó trabada en nuestras caras. Llamaron a la policía. El joven es idiota, está siguiendo mujeres. Caso archivado. Personaje en posición de descanso en medio del palco.

Las luces recaen en el rincón del tablado. Un cuarto extraño con un hombre doblado en la cama. El cuarto es extraño porque está en la casa, pero dentro de la casa del vecino. El hombre es Dôrfo. Personaje enclaustrado en su mundo. Todavía no sabe cuándo vendrán sus líneas. Sin embargo, abandonará este cuarto. Clavará los pies en una crisálida soledad.

Miguel entra en escena. Tiene el rostro iluminado. Su imagen abre la puerta de la choza. En las manos, el desprecio acumulado en las bolsas. La camiseta blanca con agujeros sobre la panza. Los pies descalzos tan diferentes de los pies bien calzados del cuñado clark gable. Fue por esa época que me ofreció un pollo que olía a menta; y pensar que en aquella ocasión ya había ido al entierro de la hija.

Tres retratos. Mezclados al vacío del polvo, a la pintura pálida que todavía cubre los ladrillos, a la paja gastada de la silla donde nadie reposa el cansancio. La choza es su lugar en el mundo. ¿Quién lo niega?

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La mujer de cuarenta o la sobrina, hija de la dientuda. Saldo parcial I

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Vivo en un edificio de viejitos. Los pasos arrastrados en el pasillo me reconfortan por la mañana. O incluso algún rumor de bastones, un andador. Es señal de que nadie murió todavía y de que todavía no llegó mi hora de envejecer. Y todo el tiempo me pregunto: ¿es hoy? ¿Y qué será envejecer?

Los viejitos. Vidas imaginarias. Que construyo y desconstruyo en el entreabrir de las puertas, entre saludos furtivos en el ascensor, por las sombras atrás de la cortina, el olor a pan dulce en medio de la tarde. Aguzo los oídos. La compañía del televisor enmarcado en el centro de la sala. En las fechas conmemorativas, viejitos envueltos para regalo o noviecitos encima de la torta. Los autos buscan y devuelven sus viejitos. Cargan la civilidad de la buena acción, cumplen deberes, pero las miradas se apartan, y todo lo que se ocultó se vuelve agudo, culpa de un lado, decepción del otro.

Los viejitos. Algunos envejecen en pares, otros solos, muchos envejecen hacia afuera, con el mundo, en la conversación con el portero, en los asientos de la recepción, discutiendo la pintura del edificio o la próxima operación. Algunos reservan para sí, solo para sí, lo triste de la vida. Porque las horas felices se lucen mejor por afuera.

Camino con los viejitos. A veces, mi caminar se mueve en otra dirección, me descompaso. Pero no importa, a pesar de todos los desvíos, más tarde o más temprano terminamos siguiendo sus pasos. Se camina hacia la enfermedad, hacia la muerte, y así se deja de ser. De ser abogado, arquitecto, profesor. El primer empleo de la vejez es como auxiliar. Auxiliamos todo y a todos, a la familia entera. Pequeños retoques en casa, pequeñas compras, filas, y un servicio de niñera, pero cuidado, sin que se abusen.

Los viejitos. El otro día don lázaro falleció. Me preguntaba en el ascensor: do you speak english? Of course. Reíamos. Se cayó y murió. Lo supe solo un tiempo después. Pero don lázaro era joven todavía, entonces no comencé mi contabilidad de envejecer. Solo valdrá cuando un viejito de verdad muera.

Sufrí una operación. Y de repente me hice viejita también. Fue cuando conocí a don lázaro. Do you speak english? Nuestras conversaciones hasta llegar a planta baja. Mi vuelta a la manzana. Vuelta de convaleciente. Y nadie mejor para entender a un convaleciente que un anciano. Pero don lázaro no cuenta. Al final, no era tan anciano.

Pienso que todavía faltan veinte años para que las cosas comiencen a suceder. ¿Cuánto vigor todavía me sobra? ¿Cuánto tiempo me resta? ¿O toda esta contabilidad es un negocio sin sentido? Honestamente, debería tomar helados, meter los pies en el agua y balancearlos, buscar unas rocas donde tender mis esperanzas. Pienso. ¿Qué gesto avaro estoy ahorrando en este segundo?

Los viejitos me hacen ponderar. Los sueños que no completé, ¿los habré realizado sin darme cuenta? Doña rosa me hace pensar. Don inácio también. Envejecen en la posmodernidad. Envejecen neoliberalmente. Remedios, cirugías plásticas, danzas, contenido, arte, escuela. Paquetes listos para no sufrir. O para sufrir en grupo. Paquetes para viejitos vencedores. Porque si se los aplica, será un viejito vencedor. Bienestar enlatado con acceso ilimitado en su tablet. Jóvenes, adultos, niños. Todos victoriosos. Competitivos. Salvos. Perdonados. Pero ¿qué sucede con quien llega del segundo lugar hacia atrás? ¿Y yo? ¿Envejeceré en la posposmodernidad? Temo que para ese momento se haya inventado una máquina que congele a las personas todavía en vida para que no mueran mientras están descubriendo el secreto de la inmortalidad.

Los viejitos. Ya vieron tantas muertes que no pueden con ninguna más. Ni siquiera con la suya. Digo, con la suya propia.

Pensándolo bien, vivo en un cubículo. Un poco más ancho que el de Rodolfo. Un tanto más caro. Mucho más caro. Y en el mismo edificio, otros cubículos. Con viejitos dentro. Cada cual sobre su pisito. Y por afuera, circundando nuestra existencia, el edificio, y por afuera, la ciudad, el laberinto. Me golpeo la cabeza en el cubículo. Si salgo, estoy cosida. Dentro de la sociedad. Doña rosa me hace meditar. Don inácio también. Para los más viejos, el laberinto es su propio cuerpo. Su mente. Dôrfo era su propio laberinto. ¿Quién escapa?

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La hermana dientuda

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Era así de chiquita y me metía corriendo en casa cuando el tío francisco hablaba con las voces en el patio. Dijeron que mató a un hombre. Dijeron que el hombre muerto aparecía de vez en cuando para reclamarle la vida.

Tío francisco se quedó con la mujer del hombre y con todo su dinero. Tío francisco. Cuerpo de rama. Ojo verde que te atraviesa.

Mi hijo. Ojo verde sin miedo. Alto y escuálido. Amenaza de la herencia.

Mi niña es más tranquila. Los ojos inmóviles. Es una Oliveira. Pero no va a dar problemas. Tengo una intuición.

El mayor se salvó de la locura cuando se casó con una joven de buen juicio. Dicen que la gente se cura con el casamiento.

¿Qué sucedió con mis hermanos? No me importa. La culpa es de mi padre: mantenía el vicio del vago y mandaba a las hijas a trabajar. Miguel tenía voz, cantaba en la radio, un dulce, un poeta. Se arruinó todo. Dôrfo, Dôrfo era un animalito. Y Bené, pobre, anduvo con tanta mujer de la vida; eso es sífilis de tercer grado.

La cuestión que realmente me interesa es: ¿por qué quedé así, paralítica, de piernas atadas? A veces creo que fue Dôrfo, con su pensamiento fuerte, o brujería de la amante de fábio. Hay momentos en que pienso que bastó la tristeza de saber que él tenía otra. Cuando una pareja pobre se separa, cada uno se vuelve todavía más pobre. Pero él no me dejó, no. Se quedó conmigo, incluso cuando necesité la silla de ruedas. Un corazón. Y bonito. Un clark gable. Y yo, cuando movía las caderas y me tiraba el pelo hacia atrás, así, ah, yo era gilda, yo era una artista de cine. Lástima que mis dientes estaban todos para afuera. Eso me ponía triste. Pero yo me reformé: me cambié los dientes, la nariz, me estiré la piel. Desfilaba por la calle. Ropa, tacones, maquillaje. Pero si se quedó no fue por nada de eso.

Él no me dejó porque, en el fondo, bien en el fondo, sabía que era el único culpable de que yo no pudiera caminar. Toda esa tristeza –dios mío, la amante que se reía de mí en las cartas que venían por correo y que yo  abría en el medio de la tarde–, ay, toda esa tristeza me ató las piernas.

Cuando fábio tuvo un estremecimiento en el tren, era una premonición. Una esposa enferma. Un hospital en la sala de estar. Esa es nuestra historia de amor. Pero hay otras. Más bellas y más tristes.

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Amor – episodio Fotografía sepia

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Las parejas en la plaza paseaban tomadas del brazo. Sonrisas, poses, fotografías. Y también estaba el jardín. Y el rojo, el amarillo y hasta el azul raro de las flores raras. Y el verde oscuro de las hojas, la intensidad de las horas. La tarde parecía perfecta, como en un álbum de casamiento.

Lástima que los colores no alcancen a percibirse en esta fotografía sepia. Pero podemos observar que el rostro de la señorita registra el exacto instante en que sus sueños de felicidad conyugal comienzan a disiparse. En brazos de la pareja, un bebé que todavía no sabe de nada, no sabe al menos que en pocas horas su padre –que en el momento de la foto exhibe una sonrisa sincera en la cara rechoncha– estará recostado sumergido en el alcohol y ya habrá iniciado el ritual que marcará toda aquella fase de esperar el día anochecer cantando con la voz cada vez más pastosa de cachaza. El bebé tampoco sabe que, justo después de esa foto, su madre planearía una fuga a minas, solo las dos, para acomodarse en una casa de familia.

La dulce mirada de Miguel a mariana en esa fotografía volvería a reencontrarla treinta y cinco años después. ¿Y quien osaría imaginar? La alegría sería tan breve como el instante que registró a la joven pareja con los pies en el césped nuevo y el monumento a la independencia en el fondo, en una puesta de sol que insiste en reducir la distancia impuesta por el sepia.

Sin embargo, otros incidentes preceden a este episodio.

¿Una vez más lanzaremos un anzuelo al mar del pasado? El océano tranquilo parece revolverse ante la zambullida en busca del tesoro. De repente danzamos en sus olas. Pero el mar bravío puede estancarse en cualquier momento.

Bien o mal, son cuarenta años. Eso no es poca monta. Viví cuarenta años para conservar todavía la fotografía sepia en el álbum de la familia. Para relacionarme con el tiempo. Para ver a mariana entrar y salir nuevamente de la vida de Miguel. Tan brutal como la primera vez. Bien o mal, son cuarenta años. Y cuando se tiene esa edad, existe el privilegio de buscar cualquier memoria, no solo la propia o la de la familia, sino aquella que debería ser de muchos, sino de todos.

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Traducción: Julia Tomasini
Desnorteio©Paula Fabrio. Por acuerdo con la autora. Traducción © 2014 por Julia Tomasini. Derechos reservados.

 

 

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