Papeles Sueltos

Cuentos de los viernes

LA PEQUEÑA MUERTE | CLAUDIA LAGE

Ella solo sabía: en el comienzo, era una niña.

Una niña que fue creciendo con una angustia de las grandes.

Cuando creció para siempre, se dio cuenta de que era inmensa. No tenía límites para lo que sentía. Su corazón se arrebataba con la vida. Se asustaba con tanto. Tenía hambre, de todo, por todo. Miraba el mundo de ojos abiertos. Si hubiera podido, habría mordido las carnes, poseído la materia. Pero generalmente solo pasaba la mirada por sobre todas las cosas, consumiéndose con lo que no podía consumir.

Pensó en la niña de trenzas que había sido.

Recordó que cuando era pequeña tenía un juego preferido: cazar hormigas.

Mientras mascaba chicle iba aplastando hormiguitas. Lo hacía sin pensar, casi sin saber lo que hacía. Cuando descubrió que mataba, e incluso así tan distraída del propio crimen, comenzó a rodar hasta no aguantar ver todo tan torcido. Y cayó a los pies del hormiguero.

Acostada, sintió el movimiento de los bichos sobre la tierra. Cerca de sus piernas, de su rostro. Tuvo miedo. Pero el corazón se le encogía de culpa. Decidió no moverse. Percibió que el encogimiento del corazón era más una sensación que una certidumbre. Pensó que sentiría mejor la culpa si pudiera sentirla en la carne. Estaba decidida a enterrar la cabeza en la tierra, entregar su cuerpo a las hormigas.  Entonces, muy lentamente, abrió los brazos para recibir el castigo. También abrió los ojos hasta donde pudo. Quería sentir mucho dolor.

Al llegar a la casa corrió hacia su cama, donde ardió de fiebre, de desvaríos.

Le dolían las picaduras, la culpa.

Después fue con una angustia mortal que se levantó y, con pasos muy lentos y desequilibrados, como todavía en delirios, se dirigió, mareada, mareada, al patio. Segura de que no había otro lugar adonde ir.

En el comienzo, sentía pena de las hormigas muertas.

Pero luego se afligía por las vivas.

El placer, o mejor, el alivio, era mayor que la pena.

Mejor que jugar a las muñecas era jugar a las hormigas.

O entonces, a las gallinas.

No, no mataba gallinas. Quien lo hacía era la empleada, Jacira. Ella solamente las veía morir. Necesitaba verlas morir.

Cuando sabía que serían el almuerzo, corría al patio atrás de Jacira.

Primero, solo miraba.

Las veía lindas así tan inocentes de su destino.

Después, observaba cada una, buscando adivinar cual de ellas sería la víctima.

Entonces elegía a la de cara más espantada.

Y sin falla venía Jacira sobre la gallina elegida.

Era siempre así.

Jacira le insistía que volviera a la casa, pero ella se obstinaba en ver todo hasta el final. Le gustaba ver al animal luchando. También le gustaba verlo perder las fuerzas. Pero, principalmente, lo que más le gustaba era cuando se entregaba a la muerte. Y su mirada era tranquila y segura. Ella esperaba hasta ver toda la agonía terminar en el último suspiro.

Así terminaba también su agonía. Era el alivio.

En el almuerzo era con curiosidad y placer que masticaba la carne de la víctima. Buscaba el gusto de la carne muerta entre las especias. Mantenía en secreto una manía: siempre cerraba muy bien los ojos antes de tragar. Y nunca comía solo una carne. También pedía carne jugosa, casi cruda. La madre le sonreía y le elogiaba su apetito. Ella también sonreía. Y miraba a los adultos. Se preguntaba si ellos se sentían así tan febriles y felices como ella. Pero ellos comían de una manera tan distraída de matar hormigas que ella se dio cuenta de que era inútil preguntar. No sabían.

No sabían lo que ella sabía. Ella, que sentía una parte caliente del mundo dentro de sí, intuía algún misterio que todavía no tenía nombre en su vocabulario. Pero era bueno, muy bueno.

Recordó otro episodio: estaba acostada en el pasto, feliz, entre las hormigas. Abrazaba el suelo, de panza al centro del mundo. Respiraba la tierra, de espaldas al cielo. Entonces cayó justo a algunos centímetros de su cabeza un pajarito herido, casi muerto. Un niño vino corriendo. Paró a su lado y se inclinó atento sobre el animalito.

Ella vio la honda en sus manos.

Lo que sintió, ni después, con más edad y palabras, pudo describirlo.

Era el terror. El encanto.

Se acercó al chico. Esperaron juntos, las cabezas unidas, la última respiración del pajarito.

Cuando murió, ella suspiró demasiado fuerte para una niña.

Él entonces la miró por primera vez. Una mirada para siempre.

Pero rápidamente se inclinó, tomó al pajarito. Y lo cargó con tanto cuidado y delicadeza que ella, hipnotizada por ese gesto, no contuvo su duda.

– Fuiste tú, ¿no?

Pero él no dijo nada.

– ¿Por qué? Ella insistió.

Y esperó la respuesta que podría salvarla para siempre. Pero él no le prestó atención, ya estaba lejos.

Ella miró la pequeña sangre sobre el pasto.

Todavía podía verlo antes bajar la ladera. Su primer amor.

Corrió y lo alcanzó más adelante.

Allí estaba él, con una piedra en la mano, cavando un agujero en la tierra.

Ella se acercó, tímida.

– ¿Puedo ayudar?

Él se alzó de hombros.

– Sí.

Ella ayudó, maravillada. Juntó flores para el velatorio, recordó una oración para el entierro. Cantó bajito mientras lo observaba. En medio de la ceremonia, se miraron en una especie de éxtasis.

Él tenía el carácter de los que ya sabían.

Lo llevó a su patio para que vieran juntos a Jacira con las gallinas.

Él, como ella, adivinó cuál sería la víctima.

Él, como ella, masticaba mucho antes de tragar.

Él, como ella, también se divertía con las hormigas.

Estaban unidos para siempre.

Pero un día, se separaron. Fue en el inicio de la adolescencia, cuando la familia lo llevó lejos. Ella se despidió en llantos. Dentro del auto, él la vio desparecer en el viento y la polvareda de la ruta. Por primera vez tuvieron miedo de permanecer siempre hambrientos. Eran niños, pero ya sabían lo que los mantenía vivos. Él se metía hacia dentro. Todavía no había aprendido a llorar.

A llorar, ella aprendió enseguida. Fue creciendo rápido entre las lágrimas y la rabia. No había diversión que aplacara su furia. No había persona que la hiciera olvidar. Estaba sola.

Con una fascinación solitaria, vio la transformación de su cuerpo. Se descubrió linda. Poco podía esperar el momento de que todos se fueran de la casa y la dejaran sola, era la hora de desnudarse para todos los espejos. Observaba los pechos más crecidos, las caderas torneadas. Una noche se despertó con sangre entre las piernas. Miró la sangre en sus muslos. Pensó que era una pequeña muerte la que sufría, como era pequeña la muerte de la hormiga, como era pequeña la muerte de la gallina.

Sonrió, aliviada de la angustia que venía sintiendo.

Hacía tiempo que no veía nada morir.

Después de la sangre, vino el primer novio. Era calmo. Ella lo mordía para que él no tuviera tanta paciencia. Le mostraba su cuerpo para que él no se controlara tanto. Pero él solo la miraba, asombrado. Creía que eran muy jóvenes para ciertas cosas. Ella, a su vez, ya se consideraba bastante crecida. Como no quería perder tiempo, dejó al chico a un lado. Y encontró un hombre. De barba pinchuda, más grande. No necesitó morderlo, porque él trató de hacerlo después del primer beso. Un día, se sacó la blusa. Otro, la falda. Y otro, se acostó completamente desnuda en la cama.

Fue el primero que le abrió las piernas y se puso entre ellas. A pesar del dolor, no se quejó, le dejó hacer todo. Él no fue muy gentil pero a ella le gustó su brutalidad. Era como una herida que le abría el vientre. Dolía tanto que ella tenía que gritar, pero contuvo todos los gritos. Necesitaba guardarlos para ella.

Después del mejor dolor de su vida, miró la sangre sobre la cama.

No sabía que era posible ser así de feliz.

Le parecía que iba a caer de un abismo, pero no. En el último instante, caía sobre un cuerpo sólido, un amplio pecho. En vez de caerse al piso, caía en los brazos. Era tan bueno. Sin embargo, era como mirar para su propia piel y ver, en el fin, otra. Y eran  tan próximos los límites, que algo la irritaba. Era como no poder decir aquí soy yo y de aquí para allá eres tú. Esa sensación imposible le dolía tan hondo, porque era como no reconocerse. Aunque ella nada supiera todavía de irreconocimentos e imposibilidades, ya sabía del dolor. Y tanto, que algo por dentro no la dejaba descansar. Cuando terminó el noviazgo y conoció a otros hombres, algo no la dejaba. Enseguida se cansaba, se afligía. Se afligía al mirar esas caras crudas. Esos cuerpos rígidos la irritaban. Tenía que cambiar porque no podía mirarlos por mucho tiempo.

Le recordaban a alguien por el que ella sufría de no ver.

No soportaba tampoco mucho tiempo un abrazo, por más que lo buscara. Se sentía sofocada. Por más que lo deseara, se afligía. Pero cuando se separaba del pecho de los brazos, ya los quería de vuelta. Y con una urgencia. Memorizaba las pieles, comparaba las texturas, los olores, buscaba diferencias y contrastes. En verdad, buscaba las distancias. Quería no pertenecer a ese sentimiento que la obligaba a pertenecer al mundo. Se preguntaba dónde estaba la parte caliente y buena de este mundo que siempre había sentido con tanto gusto dentro de sí.

Con los ojos cerrados, rescataba: un resto de caricia. Un soplo de alivio. Un niño corriendo. Un pajarito volando. Algún vestigio de su primera sensación de vida. Una honda. Su primer terror. Un pajarito cayendo. Un niño de pantalones cortos. Su primer encanto. Cómo quería algo fuerte que la movilizara, que le inyectara pasión por las cosas, no solo hambre. Su hambre era algo muy, muy triste.

Y enseguida se enfermaba, no tenía resistencia para las tristezas.

Se cansaba de todo, se encerraba en la casa. Y no es que en su escondrijo hubiera alegría. Ni alegría ni tristeza, solo el silencio.

No se interesaba mucho por lugares ni personas. No tenía mucha habilidad con ellas. Prefería escapar de conocerlas. En verdad, consideraba que ya conocía suficiente gente para una vida. Ya tenía un buen tamaño. Y en cuanto a los hombres, ella sabía: se divertía al comienzo, pero no tardaba en alternar los besos y los bostezos. Entonces decidió que lo mejor era evitar todos los brazos (porque miraba a los hombres y pensaba en pechos y brazos) que no eran capaces de sostenerla, que no eran capaces de alimentarla, que no eran los brazos de él.

Trataba solo de ocuparse con las cosas. Hacía cuentas. Y volvía a casa. Le gustaban los números, le daban las respuesta exacta. Aunque no le dijeran lo que ella más quería saber, aplacaban su furia por un tiempo.

Pero el propio tiempo trataba de traerla de vuelta. Y eso no la dejaba quieta. No la dejaba actuar. No la dejaba, simplemente. Y esa angustia era más grande que toda la nostalgia. Cuando volvía a la fiesta, a los bares, a las calles, sabía que iba a sufrir. Cuando un hombre miraba su cuerpo, sufría. Pero dentro de sí había una sonrisa. Se sentía sofocada, pero persistía: quería la fuente primera de su vida, no quería que el dolor fuera su único lazo con el mundo, quería también el placer.

Solo entonces se adormecía sin tranquilizantes. Y despertaba sin pesadillas. Existía con la memoria nublada en los acontecimientos y en los hechos, pero precisa en los sabores y en las visiones. Sin embargo, presentía: estaba llegando la hora en que la carne y la sal de la piel no la satisfacían más. Como no la satisfacían las hormigas y las gallinas.

Y llegó la hora en la que no sintió nada más. Ni placer ni martirio.

Era como cerrar los ojos y no estar más allí.

No sentir nada también la afligía, como si tuviera una cosa muerta por dentro.

No sabía cómo acabar con esa sensación tan lívida.

Por más que lo intentara, no había alivio.

Algo había cambiado dentro.

Angustiada, golpeaba las paredes, gritaba con las personas, rasgaba las sábanas, la ropa.

Hasta que lo descubrió. Estaba embarazada.

Su primer impulso fue el de una pequeña muerte.

Pero intuyó que era necesario dejarlo nacer.

Lo dejó.

Durante meses maldijo a los dioses por la invasión, por las náuseas, por el corte. Un espacio para otra persona comenzaba a abrirla por dentro. Y no había nada que pudiera hacer. Por meses se apretujó toda. El cuerpo dilatándose para alojar otro cuerpo. Dolía tanto que ella comenzó a sospechar que a fin de cuentas debía haber también algún placer en eso. Estaba, en fin, en igualdad con el Universo. No había nada más en este mundo que no pudiera crear. Su hijo venía para suavizar la furia que estaba en su destino. Su hijo era un ruego que había olvidado. Y que ahora recordaba.

En el hospital, el médico le dijo que se quedara tranquila.

Ella vio la jeringa en sus manos.

Le imploró que la dejara despierta.

Necesitaba sentir el dolor del parto.

Necesitaba ver la sangre de su hijo.

No podía dormirse en el gran dolor de su vida.

Pero se durmió.

Cuando despertó, ya era madre.

Vino el médico sin máscara.

Vino la enfermera con el niño.

Ella miró. Su hijo.

Lo que sintió no tiene medida.

Era el amor. El pánico.

Y de repente el rostro del médico sonriendo:

– ¿No me recuerdas?

Ella recordó inmediatamente, porque nunca había olvidado.

Lo reconoció casi sin sorpresa.

Sabía que, un día, iba a volver.

Estaban unidos desde siempre.

Ahora eran tres. Y ella sabía: para ese número no había angustia.

Estaba completa.

Con él, todo era como reconocerse en las cosas, en las personas, en los animales, en el sexo. Y era justamente en el sexo que más le sorprendía el reconocimiento. Como si mirara otra cara, la suya, pero otra hasta entonces. Como si él completara el gesto que ella comenzaba, el sueño que dormía. Siempre había preferido los hombres brutos. Pero él la aterraba con tanta dulzura.

Ella también lo asombraba. Su debilidad habían sido siempre las mujeres delicadas. Pero ella lo sorprendía con su intensidad y pasión. Como si gritara las palabras que él buscaba, el sentido que no tenía. Como si iluminara el valor de todas las cosas, cosas que antes no había percibido.

Juntos eran perfectos. Eran libres.

E incluso estaba el hijo.

Esa criaturita que lloraba de hambre.

Que dependía de ella para todo. Y esta vez ella era el alimento. No tomaba más nada de la vida, daba.

Y daba tanto que percibió: tampoco dejaba de matar ni de morir.

Su felicidad no podía ser mayor.

Y no había nada dentro de sí que le indicara un abismo.

Estaba segura sobre la tierra.

Tan segura que no notaba el temblor de sus manos al sostener a su hijo.

No notaba la angustia en el pecho cuando lo miraba.

No recordaba los sueños en los que el bebé cerraba los ojos pálidos. Buscaba  olvidarlos.

Él fue quien notó que el niño no respiraba lo suficiente para la vida.

Ella tuvo entonces la certeza de lo que venía pesando como una sombra en su corazón: no sería madre por mucho tiempo.

Él se inclinó, tomó con cuidado al bebé. Lo llevó al hospital. Hizo de todo para salvarlo del abismo. Pero ella ya sabía que no había posibilidades. Era necesario dejarlo morir. Era necesario.

Lo dejó.

El dolor que sintió fue único. Y enseguida se dio cuenta: era un dolor para siempre. Sí, no había dentro ningún placer.

Pero estaba él a su lado.

Día y noche, abría el pecho para que ella se recostara.

La sostenía para que no se cayera nunca más.

Cuando ella no quiso tocarse más, él le secó las lágrimas, el sudor.

La bañó para que se oliera.

La acunó para que pudiera dormir.

Y la veló para que no dejara de despertarse.

A veces la sacudía para que ella recordara que continuaba.

Que era necesario.

Y, de repente, nada parecía tan malo, tan insuperable, tan triste.

Era él.

Que hacía lo insustentable liviano. Le daba aire.

Ella respiraba, las lágrimas caían. Finalmente, la persona que siempre quiso estaba allí a su lado. Y estaba justamente allí con ella: feliz de estar al lado de la persona  que siempre quiso. Pero, para eso, había sido preciso el nacimiento y la muerte mayores de su vida.

Todo eso era el terror. Era el espanto.

Su hijito lloraba de hambre. Ella nunca dejó de darle comida. Pero quizás no le haya dado bastante. Qué podía en este mundo aplacar esa angustia. Era lo que necesitaba saber.

Para que descansara, él no salió de su lado. Le contó algunas historias, para que se relajara. Algunos chistes, para que riera. Ella trató. Cuando, finalmente, lo logró, él la llenó de besos. Se miraron entre sonrisas. No podían entender cómo habían soportado tanto tiempo solos.

Fue cuando quisieron saber más uno del otro.

Cómo crecieron, lo que vivieron, cómo soportaban hasta hoy la furia de dentro, la angustia.

Trataron de juntar las partes: comienzo, medio y fin de sus historias.

No pudieron.

Todos los recuerdos, ella los cargó mientras pudo. Cuando no pudo más, se fue esforzando por olvidar.

Él ya había olvidado.

Ahora intentaban, desesperadamente, recordar.

Antes de dormir, ella cerró los ojos y trató de contar su propia historia. En el comienzo era una niña, dijo. Y paró enseguida, atónita. Después, fue el turno de él de contar. Pero también fue inútil. No contaron la historia. Ni durmieron. Dieron vueltas. Perdidos con todo lo que habían vivido. Con todo lo que habían soñado.

Se inventaban. Para continuar existiendo.

Y existían en estado de sorpresa.

¿Cómo sería el final? No sabían. Sabían que habría final. Puesto que hubo, un día, un comienzo.

Una noche, ella dijo:

– ¿Qué sentiste cuando me viste, por primera vez, en el hospital?

Y él:

– Alivio.

Ella sonrió.

– ¿Y tú? – Él quiso saber

– También.

Y él también sonrió.

– ¿Y ahora?

Ella se inquietó.

– Parece que esto no termina.

El entendió. Pero quiso confirmar.

– ¿La angustia?

Ella:

– Sí, la angustia.

Permanecieron en silencio, acostados, uno al lado del otro. Pensaban en lo mismo, tenían el mismo miedo.

Él:

– ¿La has sentido?

Ella:

– Mucho

Después de un suspiro, ella preguntó:

– ¿Y tú?

Él dudó, pero respondió:

– De vez en cuando.

Ella no dijo nada. Pensó en el hijo.

Se miraron entonces, lívidos.

– Pero… ¿puedes controlarlo?

– Sí – respondió, contenido. Por ahora. ¿Y tú?

– Yo… yo no sé – dijo, en un susurro.

Y se dio vuelta en la cama, afligida.

– ¿Qué pasó? – Preguntó, también afligido. Quiso ver su rostro, sus ojos. Le tironeó suavemente el brazo, para que se diera vuelta. Pero ella no se movió.

– ¿Sucede algo? Insisitó en un murmullo.

Ella confirmó:

– Sí.

Y se enroscó en la colcha, cerrando los ojos a lo oscuro.

Ellos estaban llenos de angustia.

Él no pudo dormir. Se quedó pensando, tratando de recordar. Pero, ¿qué? El pasado no le interesaba. Era como si no existiera. Sin embargo, muchas veces, sentía una sensación vigilante de cosas anteriores, congoja en el pecho, alegría súbita, ganas de gritar, miedo. Pero al mismo tiempo era como si temiera y gritara desde muy lejos y solo después se diera cuenta de que aquella voz era la suya y que aquella persona era él. Pero entonces ya era tarde. Como cuando se ve en la ruta vacía la polvareda y los rastros. Quedaba solo la sensación de todo, aunque incluso aceptara esa sensación como algo conocido y supiera muy bien quién era ella, no se atrevía a darle el nombre a la memoria y reconocerla como parte de él. Temía que, al nombrarla, pasara a existir demasiado. Y lo lanzara de la punta a las raíces. Otras veces se sentía anestesiado, como si no tuviera nada por dentro. Como si pasara por todo, cargando el vacío, pero sin saber lo que era eso que cargaba tanto. Trataba de recordar, aunque le fuera más fácil olvidar. Y mucho mejor también. Pero insistió. Y buscó en el tiempo los hechos. Pero no había tiempo en su memoria. Solo imágenes. Aromas. Sabores. Solo así recordaba.

Entonces, de repente su nariz olió éter. Su boca tuvo sed. Sus ojos vieron la sangre. Su piel se erizó.

Entonces supo: era el recuerdo.

La despertó en medio de la noche. La llevó al hospital. Atravesaron mudos el gran corredor blanco. Ella se asombró con todo tan límpido y claro. Él apenas sonreía mientras caminaban. De repente, paró frente a una puerta muy grande, muy alta y también muy blanca. La abrió y la dejó pasar. Quería que entrara primero.

Ella entró y casi en trance tuvo el mareo más delicioso de su vida. Cerró los ojos. Y vio por dentro: el mundo se había vuelto, todo, rojo.

Era una maravilla.

Había tanta gente amontonada en los corredores, que ellos ni pudieron caminar. Era un olor a éter, a alcohol, amoníaco. Eran las personas gritando, las personas pidiendo, las personas llorando. Y todo tan rojo, rojo de mercurio, de merthiolate, rojo de sangre, sangre, sangre.

Y las miradas afligidas de aquellos que sufrían mucho.

Y las miradas apagadas de aquellos que no sufrían más.

Él la vistió de blanco. Pasearon juntos por las salas. Le dio órdenes, recetas, hicieron curativos, recetaron calmantes.

Respiraron juntos, aliviados.

Se miraron, felices.

Y fue solo en ese momento que él realmente comprendió lo que lo ayudaba.

– Soy médico – fue lo que pudo concluir.

Ella se desesperó

– Y yo, ¿qué soy?

– Bueno, contadora– dijo él, sin entender.

Pero ella había entendido: no, no era. Los números no ayudaban tanto.

Decidió:

– Necesito ser algo.

Y sintió un gusto fuerte de carne en la boca.

Fue entonces que él pensó que vivía por el dolor de los otros.

Y ella pensó que vivía solo por el de ella.

De repente, dijo:

– Vamos a comer – y salió ansiosa, sin esperarlo.

Él la siguió. Pararon en un restaurante.

Ella pidió carne apenas cocida.

– Pero apenas– le indicó con énfasis al mozo.

Él la miraba mientras ella comía. Y masticaba. Y tragaba. Los dientes blancos, afilados. De hambre, de angustia, de prisa. Los dientes ávidos. Al notar que estaba siendo mirada, evitó mirar. Se concentró en su hambre. Cómo era grande, grande, grande.

Bajó los ojos, evitando así que él viera el tamaño del deseo que crecía en sus pupilas.

No quería preocuparlo. Quería que comiera.

Pero él no comía. Ni la miraba ya. Tenía los ojos caídos sobre el plato. La mirada hacia dentro.

Le pareció extraño. Le preguntó:

– ¿No vas a comer?

Pero enseguida vio que era inútil preguntar.

Él acercó el rostro a la comida. La carne atravesada en el tenedor. Las manos y los labios trémulos. Los maxilares abriéndose y cerrándose. La carne cercana a los dientes. Entonces, no pudo. Sintió una puntada en el estómago, casi se dobló del dolor. En pánico, se dio cuenta del deseo que lo dominaba. La saliva crecía en su boca. La boca crecía para el mundo.

Trato de controlarse, pero su mente rodaba. Se vio como un niño. La miró, una niña, miró su reflejo en el vaso: estaba solo. Sintió como si los pantalones se encogieran, las manos disminuyeran, la mirada se empañara.

Se desesperó.

No era capaz de mirar el blanco. No acertaría nunca más a un pajarito.

Ella se estremeció al verlo así.

El quiso morir ahí mismo. Hacía tiempo que solo necesitaba pocas cosas. De repente, quería mucho, y ya no sabía cuánto.

Viéndolo desorientado, ella le preguntó:

– ¿Y ahora? ¿Qué vamos a hacer?

Como estaba tan pálido y perdido, ella no quiso que él notara que se perdía y empalidecía tanto.

Entonces respondió, conteniendo las lágrimas:

– Vamos a comer.

Y clavó los dientes como si afilara 32 cuchillos.

Comieron. Con los ojos muy cerrados antes de tragar.

Ella agradeció por la sangre que le bajaba por la garganta.

Él sonrió, con las pupilas dilatadas.

Miraron la carne en el plato, casi cruda.

Volvieron a casa sin decir una palabra. Él estaba tan débil que ella lo llevó a la cama. Cuando se acostaron, él abrió los ojos. Y quiso hacer el amor. Ella no. No se sentía para eso. Quería solamente quedarse acostada hasta que pasara todo. Pero él insistió y estaba muy débil. Ella entonces hizo lo posible para desear en ese instante al hombre que amaba. Él la agarró fuerte del pelo. Ella lo mordió en los labios hasta que sangraron. En medio de todo eso, comenzaron a llorar.

Pero era tarde.

Se sintieron extraños.

Y se alejaron en la cama, no pudieron mirarse más.

Él se levantó como un ciego.

Anunció:

– Voy a trabajar – y salió todavía vistiendo la ropa.

Ella se quedó sola.

Y comenzó a pensar en lo que sería.

Tardó tres días y tres noches para volver. Al abrir la puerta, encontró la casa vacía. Revolvió los armarios, los cajones, los estantes. No encontró nada. Se había ido. Estaba solo.

Se acostó en la cama, desesperado.

Necesitaba morirse.

Pero solo se durmió.

Y se sumergió en un sueño de tres días, soñó con la muerte por tres noches.

Al despertar, sintió olor a café.

Allí estaba ella, sonriente.

Él se sintió un niño de pantalones cortos. Ella era una niña de trenzas.

Hace mucho que estaban comprometidos. Necesitaban correr uno hacia el otro.

Él se levantó todavía en sueños. Dijo:

– ¡Tú…!

Y corrió para abrazarla.

Él lloró en sus brazos. Quiso saber:

– ¿Dónde estabas? ¿Por qué no estabas aquí?

Pero ella dijo apenas:

– Voy a ser veterinaria.

Y le sirvió una taza de café.

Él bebió el líquido caliente observándola.

– Muy bien– dijo finalmente. – Siempre te han gustado los animalitos.

Y sonrió, orgulloso.

Al acostarse, no se acercaron. Mantuvieron una distancia segura uno del otro. Solo jugaron a las adivinanzas:

– ¿Cuál es el color de mi pie?

– Rojo. ¿Y el olor de mis ojos?

– Dulce. ¿Cuál es el sabor de mi nuca?

– Salada. ¿Y el color de mi frente?

– Azul.

Sonrieron. Pero no se tocaron.

Por la madrugada sudaron y tuvieron la misma fiebre. Durante una semana no salieron de la cama. Ardieron en la misma agonía. Ella llamaba al hijo, al dolor del parto. Se veía embarazada de gemelos. La panza del tamaño del mundo. Él también deliraba, se veía en lo alto de un edificio, con alas enormes, y se veía en el suelo, sangrando como un pajarito.

Abrieron los ojos al mismo tiempo. Se asustaron uno con el otro.

Al levantarse sintieron que sus cuerpos envejecían juntos.

Lo sabían.

En el almuerzo, ella puso el mantel más bonito en la mesa, el vestido más sexy en el cuerpo. Él se vistió todo de blanco. Y le ofreció una rosa roja. Después, le sacó el vestido y la acostó sobre la mesa. Salía humo de los platos. La comida estaba caliente.

Comenzaron a almorzar.

Ella puso en la boca de él la comida que ya había masticado. Él tragaba y era como si ella lo tragara. Hizo lo mismo con ella y ella sintió como si la poseyera.

Se amaron.

Pero las manos no se atrevieron a tocar.

Lo hicieron con los otros sentidos.

Después, aliviados, salieron por las calles.

Necesitaban aire. Diversión.

Pasaron por un lugar que los hizo detenerse, estáticos.

Era un matadero.

Se acercaron. Vieron las gallinas, los patos, los pavos, los conejos.

Pero solo los vieron.

Ella le tomó la mano.

Susurró:

– Vámonos.

Salieron. Él suspiró.

– Son tan bonitos, ¿no?

Ella no dijo nada. Concordó con la cabeza.

Él continuó:

– ¿Has visto sus ojos?

Ella tembló. No quería responder.

Pero respondió:

– Sí. Y tembló de nuevo.

Volvieron a casa. Él, ocultando. Ella, ansiosa.

Vieron televisión, él durmiendo. Ella, encendida. Pasó la noche pensando en el futuro, mirándolo.

Parecía que estaba en un sueño profundo cuando, de repente, él comenzó a hablar. Y decía palabras entremezcladas, que no pertenecían a ninguna lengua.

Pero ella sabía que eran palabras de desesperación.

Pedía auxilio.

Ella también quería ayuda.

Sabía que no podían continuar más así. Debía de haber algo que si lo hicieran los satisfaría de una vez o al menos por un largo tiempo, y entonces lo harían de nuevo. Y así hasta la muerte. Debía de existir eso. En algún lugar.

Ella, más que nunca, estaba decidida a encontrarlo.

Lo despertó.

– Vamos – le dijo.

Y se levantó.

Él también se puso de pie. Apenas abrió los ojos. Y la siguió, sonámbulo.

Dieron vueltas por las calles hasta que reconocieron un camino.

Llegaron al matadero.

Él todavía no había entendido.

– ¿Qué vas a hacer?

Ayúdame a elegir – ella le pidió, mirando las gallinas.

Entonces entendió. Y sonrió.

Se acercaron más a las jaulas.

Permanecieron horas examinándolas, aumentando el propio martirio.

Ella eligió dos, él dos.

Las de cara con más espanto.

Llevaron a casa las gallinas vivas.

Ella recordó a Jacira en el patio.

Necesitaban verlas morir. Pero no solo ver.

Este pensamiento le atravesó el alma.

Pero era lo que sentía.

Y para esa sensación no había más sentido.

Era el margen. El límite.

Ella pensó si algún día alcanzarían el fin. Ya que, ahora, olvidaban de una vez las partes. Él, por su lado, no pensaba más en la historia, solo intentaba matar el sentimiento.

Era la forma más rápida de amenizar el dolor.

Para ella, la primera gallina fue más difícil, la segunda fue solo placer, o mejor, alivio.

El no tuvo dificultades, se divirtió desde el comienzo.

Miraron entonces la sangre en sus ropas.

Él observó, sin aire:

– Comenzamos a matar.

Y ella, aterrorizada:

– ¿Y ahora?

Estaba petrificada. Lo que le había encantado era la última mirada de las víctimas. La misma mirada en todas.

– ¿Ahora…? – repitió él.

Y notó el abismo abierto bajo sus palabras.

Por un momento se desequilibró. Y cerró los ojos.

La boca sintió lo amargo. Su piel se erizó. La nariz no alcanzó más ningún olor.

Estaba perdido.

Pero se controló como un mago.

– Ahora, vamos a comer – respondió.

– Pero, ¿y después? – ella insistió, desesperada.

Él entendió la dimensión de todo, pero, antes de responder, se lavó las manos.

Ella esperó, inmóvil, la respuesta de su vida.

Él, finalmente:

– O continuamos… o tenemos un hijo.

Y ella, deslumbrada de esperanzas:

– ¡Un hijo…!

Pero no hubo un hijo.

No hubo.

Ellos ya lo sabían.

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Traducción: Julia Tomasini

 A pequena morte e outras naturezas © Claudia Lage . Por acuerdo con la autora. Traducción © 2014 por Julia Tomasini. Derechos reservados.

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