Papeles Sueltos

AOS 7 E AOS 40 |JOÃO ANZANELLO CARRASCOZA

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ESCRITURA | LECTURA

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Era la final del campeonato. El hombre iba a mirar el partido

en casa de un amigo, habían arreglado por

teléfono,

¿A qué hora?

¡A la hora que quieras!

¿Llevo cerveza?

No, no hace falta,

estaban los dos felices con el reencuentro,

hacía años que no se veían,

y era perfecto, él iba directo del trabajo,

así la mujer se quedaría tranquila en el apartamento

con el hijo, y él no perturbaría el sueño de ninguno de

los dos con sus gritos de hincha, esa noche su

equipo podría salir campeón y, aunque fuera

quien era

–un hombre contenido–

no había cómo refrenar, ante semejante perspectiva, la

alegría a punto de inundar su vida.

Era una noche de definiciones, como se dice, si bien todas

las noches y días lo fueran,

aunque no de igual consecuencia,

que haría resonar, de ahí en adelante, su bien o su mal,

(menudas eran las definiciones cotidianas, casi ni las

sentía, pero ellas, moviendo los hechos como un río,

irían, adelante, a desaguar en momentos mayores).

Quizá por eso,

después de llamar por teléfono a la mujer y saber, por ella,

que el hijo tenía fiebre,

¿Quieres que vaya para casa?, preguntó,

y ella,

No, ya le di el remedio,

¿Estás segura?,

Sí, ¡ya se va a mejorar!,

Si necesitas algo me llamas,

y porque el tránsito fluía más lento, como si

estuviera frenando el mundo para facilitar la inmersión de él en sí

mismo,

el hombre recordó una tarde, de su infancia,

cuando vivió una situación semejante, al

disputar la prueba de salto en altura en el campeonato

estatal:

igual que aquella vez,

era obvia

la inminencia de algo grande,

ya anunciado

(la victoria o la derrota),

pero, extrañamente, él sentía el aire saturado de un

misterio ajeno al juego que, en minutos, comenzaría,

era una escritura en progreso, que él no sabía

descifrar,

no porque ignorara el lenguaje,

sino porque todavía estaba indefinida.

A veces, captaba, en medio de la normalidad, cuando la

vida, como en sordina, sofocaba sus explosiones,

una ola negra,

y, aunque supiera –la experiencia se lo había confirmado

en otras ocasiones–

que podría estar equivocado,

él estaba seguro de que un dolor venía en camino,

y, de ahí en adelante,

bastaba esperar su llegada,

para confirmar (tristemente) o no (con algo de

alivio) su presentimiento.

Pero así como a veces eran lindos los atardeceres de

verano y, por eso mismo, casi insoportables,

que lo obligaban a olvidarse de ellos,

o banalizarlos

al comentar con alguien su belleza

(dejando que el barniz de la palabra dejara marcas

en su visión),

también era una orden,

defensa instintiva,

que su presagio descendiera al segundo plano, y al

primero ascendiera una sensación de bienaven-

turanza,

porque, a pesar de todo,

estaba a punto de vivenciar

un hecho único.

Vencido el tránsito, llegó a la casa del amigo cuando

la noche ya era sólida, y, aunque todavía no sus

facciones, pero todo el cuerpo, revelaran la euforia

típica de una final de campeonato –el deseo y el

miedo fundidos–,

su espíritu vagaba por el pasado;

tanto que, al lado del amigo,

y de desconocidos que estaban allí,

hinchas de Corinthians,

conversando frente al televisor,

vaso de cerveza en la mano,

él se acordó del hermano y de los amigos de infancia,

con quienes jugaba al fútbol en el patio de la casa,

y, también, de un vecino viejo,

que nunca se quejaba cuando la pelota pasaba el

muro y estresaba, del otro lado, sus pajaritos

en las jaulas.

Enseguida el partido comenzó, y los recuerdos, salidos de

la nada,

inesperadamente,

se aquietaron;

el hombre, idéntico a todos allí, se vio absorbido por el juego,

y, como hubo unas gambetas bonitos y unas

posibilidades de gol para su equipo,

él sintió un discreto contentamiento

y las ganas era de que creciera hasta transformarse,

finalmente, en la alegría del título conquistado.

Le gustaba estar allí, ajeno a todo, la conciencia presa

en ese ahora que,

para ser más placentero,

no dependía de él,

sino de los que corrían en el campo, y nada podía hacer

más que incentivarlos con gestos y palabras (aunque,

claro, no lo oyeran),

cuando,

entonces,

sonó el celular

y, antes incluso de atender,

él sabía,

era la mujer

y con ella vino la noticia;

la fiebre no bajaba, el niño estaba hirviendo,

Mejor llevarlo a la guardia, ella le dijo,

y, como él nunca la había visto alarmada,

consideró que el hijo, de hecho, necesitaba atención médica,

y, contra su voluntad,

porque, entonces, la temperatura del partido también

subía,

(aunque en ese caso era positiva, y esperada),

él le dijo,

Estoy yendo para casa,

Y ella,

¿Estás seguro? Puedo ir sola al hospital,

Y él,

No, paso por ahí y vamos juntos,

Y ella,

Como quieras,

Y él,

El tránsito ya debe haber bajado,

Y ella,

Entonces no tardes, te espero.

El hombre le avisó al amigo, que se compadeció,

si bien solo en la superficie,

¡Qué pena!

Como los demás, estaba imantado al fragor

del partido,

pero, acompañándolo hasta la puerta,

trató de animarlo,

No debe ser nada,

Y él,

Yo tampoco creo,

y el amigo,

Si necesitas algo, llama,

y él,

para reconducirlo a la órbita del buen momento,

le dijo,

Te llamo para celebrar el título;

el amigo

le dio, entonces, un abrazo de hincha,

cómplice de los destinos de su equipo, pero no, obvia-

mente, de los problemas ajenos, y asintió,

¡Claro que sí, vamos a ganar!

El hombre se metió velozmente por una avenida

iluminada;

el tránsito, por suerte, había menguado;

el juego no era allí, en la ciudad, y, una vez empezado,

las calles se habían vaciado,

incluso los que no hinchaban por ninguno de

los equipos finalistas, a falta de mejor programa estaban

con la tevé prendida en la definición.

Cuando se aproximó al edificio donde vivía, el

hombre llamó a la mujer y le pidió que lo espe

raran en el garage con el niño; los recogería a los

dos allí mismo, en el subsuelo, de ahí seguirían hasta el

hospital,

Ya estamos bajando, dijo ella,

y, de hecho, apenas entró al garage, madre e hijo

salieron del ascensor y fueron en dirección al automóvil.

Ella prefirió ir en el asiento trasero con el hijo,

no solo por ser una madre celosa, sino para tratar de que fuera menos

incómodo para el niño,

y, a pesar de ir en la frente, sin nadie a su lado, el

hombre consideró sensata esa decisión,

atrás, ella le tomaba la temperatura al hijo con el

dorso de la mano y le susurraba unas caricias.

Reparó, cuando los dos se ubicaron en el asiento y,

después por el retrovisor, que el niño parecía,

realmente enfermo;

Por la mañana, antes de ir al trabajo, él lo había visto

sentado en el piso del cuarto, distrayéndose feliz, con sus

juguetes.

Y de repente, la realidad había hecho unas ondulaciones y sustituyó

esa vivacidad por abatimiento.

Vamos campeón, dijo

y agregó

¡Te vas a sentir bien!

El hijo no se movió, abrazado a la madre,

que respondió por él,

Creo que es dolor de garganta,

y, acariciándole los cabellos,

continuó,

Duele hasta cuando tragas saliva, ¿no, hijito?

No sólo porque ella había tenido, a lo largo de la vida, el mismo

problema

–inevitablemente él lo había heredado–

sino, tal vez, por creer que,

hablando del dolor,

podría traerlo hacia sí

y que se disolviera en ella.

Siguieron, en silencio, hasta el hospital;

en el camino, el hombre observaba, de reojo,

madre e hijo unidos en lo oscuro, formando un único

cuerpo,

y, en simultáneo, buscaba señales que pudieran

expresar cómo iba el juego:

algún grito, cohete, bocinas insistentes

celebrando un gol,

aunque fuera del equipo contrario.

Pero nada.

El mundo seguía en su igual.

Y sin embargo él sentía, como aquella

vez, en la infancia, la proximidad de una revelación.

Mientras esperaban en la guardia, el hijo

acomodado en el regazo de la madre,

el hombre,

con el radar prendido,

leía a las personas alrededor,

buscando descubrir quién de ellos era el que estaba enfermo,

quién el acompañante,

desviándose así de pensar en aquellos que, en cuartos de

terapia intensiva, en los pisos de arriba, estaba muriendo.

Entonces, guiado por una fuerza antigua,

pero hacía mucho tiempo en reposo,

él se volvió a la mujer,

la miró junto al niño,

a quien consolaba con su placidez,

aunque supiera todo lo que ella se desgarraba para

mantener esa apariencia despreocupada

y, súbitamente, sintió qué rápido el tiempo se había escurrido

para ellos, hasta ayer una pareja joven;

los dos envejecían velozmente, en forma imper-

ceptible a los ojos diarios,

y lo que antes al hombre le parecía normal,

lo lento de la vida,

adquiría ahora una extraña urgencia,

él, inesperadamente, estaba impaciente,

no solo para que atendieran al niño, lo que reduciría

su angustia,

ni para que el partido se resolviera ya, incluso con la

derrota de su equipo,

o para que volvieran a casa, y se arrojaran a la

inconciencia del sueño,

no,

era más que un sentimiento de acción inmediata,

el retorno a un estado de suspensión;

él había captado una alerta,

en el suave mutismo de la mujer

consolando al niño,

Calma, hijito,

y, por un instante, sintió que él, el padre, era solo un

apéndice,

una sobra en la escena.

Pero esa sensación se retrajo, entera, con la voz del

médico que, en la sala de espera, llamó al niño.

Y, en ese preciso momento, explotó una

lluvia de fuegos artificiales, indicio de que hubo

un gol.

El segundo tiempo,

calculó,

mirando el reloj pulsera

(siempre el misterioso mecanismo)

debía estar ya por la mitad, pronto el partido termi-

naría.

En el consultorio,

mientras miraba al médico hacer el examen,

observaba a la mujer explicando, con desprendimiento,

lo que, en su opinión, le molestaba al hijo,

y recordó esas noches en que llegar a casa,

para estar con ella y el niño, era todo lo que

deseaba.

Sí, el niño necesitaba de atención,

dijo el médico,

habían hecho bien, llevarlo allí,

y les extendió una receta,

antiinflamatorio,

solo había que comprarlo y seguir las indicaciones,

Mañana estará mejor.

El hombre fue al estacionamiento y, de allá pasó por

la puerta de la guardia, donde la mujer y el hijo lo

esperaban , y ambos nuevamente, se acomodaron

atrás.

Siguieron a casa.

El silencio sangraba,

entre ellos,

como una herida;

el niño,

entregado,

cabeceaba de sueño en el regazo de la madre.

Cuando estaban acercándose a una farmacia, una larga

explosión de fuegos artificiales rasgó la quietud

de la noche.

El hombre volvió a pensar en el vecino, que devolvía

la pelota que el hermano y él tiraban sin querer, del

otro lado.

Sabía,

era una certeza visceral,

que su equipo había ganado el campeonato,

y sabía , también, mirando por el retrovisor la silueta

única en el asiento trasero,

que una pérdida,

allá adelante,

lo esperaba.

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Traducción: Julia Tomasini

 Aos 7 e aos 40 © João Anzanello Carrascoza. Por acuerdo con el autor. Traducción © 2013 por Julia Tomasini. Derechos reservados.

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