Papeles Sueltos

AOS 7 E AOS 40 | JOÃO ANZANELLO CARRASCOZA

.

LECTURA | ESCRITURA

En aquella época, yo estaba aprendiendo a leer y a escribir y me maravillaba descubrir cómo una letra se abrazaba a la otra para formar una palabra, y cómo las palabras, húmedas de tinta, adquirían una nueva cara escritas en el papel. Para mí, las letras nacían encaracoladas como zarcillos, y a la hora de abrir el cuaderno y juntarlas, yo siempre tartamudeaba, como haciéndole tachaduras al silencio.

Mi hermano, más avanzado en el mundo de la lectura, se reía con ganas burlándose de mis errores. Una tarde, mi madre lo oyó mientras se mofaba de mí y le recordó las dificultades que él había tenido, y le dijo: ¡también te equivocabas mucho! Y nos explicó que ese abc era solo el comienzo. Un día íbamos a leer no solo palabras, sino todo a nuestro alrededor. Incluso a las personas.

Me pareció gracioso lo que ella nos estaba diciendo, ¿cómo sería leer a las personas? Mi hermano me miró sorprendido, y yo como un espejo en el que él se veía rascándose la cabeza. ¿Entonces yo era un libro, él otro, mi madre otro, y mi padre también? ¿Y todo el mundo una escritura, con sus letras, sus pes y bes, sus capítulos? ¿Se suponía que seríamos hojeados, leídos y releídos? Al vernos atónitos, ella movió los brazos, como si espantara a las gallinas, y dijo, ¡Después van a crecer y van a entender!

Y mientras crecíamos, casi sin darnos cuenta, mi hermano y yo jugábamos al fútbol en el patio de casa. Las hojas de cinc que servían como puerta del garaje era uno de los arcos. La pared del cobertizo, entre dos puertas, era el otro. Cada uno era su propio equipo, tenía que gambetear al adversario, pasarse la pelota a sí mismo, hacer gol, defenderse. Nuestra única platea era mi madre y Dita, la lavandera, que nos separaban en nuestras peleas, ya que también éramos los árbitros del partido, y cada uno hacía sonar el silbato a su favor.

Teníamos un hincha especial, Don Hermes, nuestro vecino que, aunque no viera el partido, siempre sabía a cuánto iba. Nosotros gritábamos todo el tiempo, relatando las jugadas, uno provocando al otro, haciendo autopases, tackles, chanfles…

Y, claro, él oía todo del fondo de su casa. Don Hermes era un hombre de los quietos. Mi padre una vez comentó que él había sido soldado de la Segunda Guerra y que, después de volver, se puso a recuperar radios rotas y cuidar de los pajaritos. Él tenía mano para sacar a las cosas del silencio, acariciar alas, avivar cantos. Había construido un jaulón fantástico para los canarios: venía gente del país entero a admirar su creación. Por la mañana, fuera de la casa, allí donde daba la sombra de una jaboticaba, colgaba sus jaulas de aluminio y madera. Encima del muro podíamos ver los tordos, reina moras, corbatitas, martín pescadores, unos más lindos que los otros, canturreando hasta la tardecita.

Mi madre decía que Don Hermes tenía algo de San Francisco, no podía ser de gente común, humano, ese poder de atraer a los pajaritos, y contó que una vez él había abierto las jaulas y que ninguno salió volando: se quedaron todos allí, comiendo frutas de sus manos y picoteándole los dedos. De vez en cuando lo veíamos llenando de agua un recipiente, poniendo alpiste, saliendo y entrando de la cocina, manso, él solo él. Cuando la pelota caía en su casa y regresaba con el brillo de su rostro cerca del muro, Don Hermes nos abría una sonrisa que no sabíamos si era de sí o no para nuestras travesuras. No jugábamos al ras: nos gustaba exhibirnos haciendo un sombrero, una folha seca, y entonces la pelota salía de la pupa, iba aérea, quería agitar las alas y, en sus deseos de cielo, traspasaba el muro y caía al otro lado, y espantaba a los pájaros, que se alborotaban en las jaulas.

Vinieron las vacaciones, llamamos a Paulinho, a Lucas, a unos amigos del barrio, y armamos dos equipos. El patio se convirtió en un campito de fútbol. Y la pelota todo el tiempo cayendo al otro lado. Don Hermes debía oír con gusto los partidos y querer que continuaran, porque rápidamente la devolvía, ágil, servicial. Una mañana, Doña Elza, su mujer, vino a quejarse: la pelota estaba destrozando sus jarrones, matando sus helechos de un metro y las violetitas que crecían a la sombra de la jaboticaba. Mi padre entonces hizo el muro más alto.

Las clases volvieron, mi hermano y yo volvimos a los partidos solitarios, uno contra el otro, cada uno un equipo entero, y la pelota, rebelde, huía a la casa de Don Hermes. Apostábamos para dónde iría a tirarla de vuelta, si en un extremo del muro cerca de la manga, si allá abajo, al lado del cobertizo. Nosotros esperábamos, llenos de silencio, y de repente ella, la pelota, saltaba de sus manos, y rebotaba en el cemento en busca de nuestros pies.

Todo iba bien hasta que mi padre supo por Doña Elza que Don Hermes andaba abatido, las piernas débiles, delgado. Llamaron al médico, le dieron unos remedios, le recomendaron reposo. Mi hermano y yo seguimos nuestro fútbol, conteníamos los gritos, cosas extrañas estaban rondando, pero todavía difícil de entenderlas. Y aun con un muro más alto, la pelota se empecinaba en caer en la casa de nuestro vecino. La demora en la devolución se hacía mayor, y a veces nos afligía. Pero luego oíamos los pasos lentos de Don Hermes, y entonces ahí venía la pelota, blanca en el aire como una paloma, y aterrizaba feliz en nuestro patio.

Un día el cielo se oscureció súbitamente; la mañana se hizo noche, y cayó el temporal, una lluvia de los demonios, los relámpagos dibujaban el cielo, el ventarrón partía ramas de árboles, algo aterrador. Después, milagrosamente salió un sol color sangre que absorbió todas las aguas de la lluvia, y por la tarde, todo seco, fuimos a jugar al fútbol, a escondidas de mi madre, que se había enojado con nosotros, no podíamos fastidiar a Doña Elza, Don Hermes, tan enfermo…

Comenzamos con calma, pero después el partido entró en efervescencia y, como siempre, uno empezó a provocar al otro, gambeta esto, careta lo otro, un gol allá, un gol acá, la pelota que quería subir, ser pájaro en las alturas, desenjaulada, y entonces, en el intento por hacer un autopase, mi hermano pateó mal y la pelota fue a parar a la casa de Don Hermes. Los pajaritos se agitaron, un canario trinó, satisfecho con el sol, el fresco de la tarde y como un reguero de pólvora, su canto se esparció, y la pajareada comenzó a cantar alto, algo increíble de oír.

Nosotros nos quedamos quietos, vigilando de un extremo al otro del muro, imaginando en qué punto iba a caer. Pero el tiempo fue pasando, la sombra de la jaboticaba iba creciendo del otro lado, y mi hermano y yo nos miramos profundo, profundo, en silencio. Como en la repetición de una jugada, recordé las palabras de mi madre, que un día íbamos a leer a las personas. A pesar de continuar inmóviles, hacía pocos minutos yo sabía y él también que Don Hermes nunca más podría devolvernos la pelota.

.

_______________________

Traducción: Julia Tomasini

 Aos 7 e aos 40 © João Anzanello Carrascoza. Por acuerdo con el autor. Traducción © 2013 por Julia Tomasini. Derechos reservados.

Anuncios