Papeles Sueltos

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VINÍCIUS JATOBÁ | LA SILLA DEL PADRE

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La mesa está puesta, impecable, serena. No hay nadie alrededor y todavía falta para que vengan a sentarse y servirse. Porque ya es tiempo de sentarse juntos y comer juntos y seguir adelante. La casa continúa. Los almacenes y los mercados continúan. Las cuentas, los gastos. Hace dos días que ya nadie llora en la casa. Cuando paso de noche por la sala, la luz del cuarto de mi madre está apagada. Silencio. Ella duerme, todos duermen. En la casa sin mi padre, sin el olor a pipa, sin las chinelas por ahí, sin el periódico desparramado, todos duermen.

Desde la puerta de la cocina veo la mesa, está repleta. No falta el pan, ni la carne asada en el centro, ni la fuente de arroz. Es la hora del almuerzo y es domingo. La pieza de carne está entera, como a mi padre le gustaba. Cortar en rodajas y después repartir. Le daba gusto que luego de servirlos a todos sobrara carne en la fuente. Y era porque había perseverado y vencido. Todos se saciaban y todos bebían vino y jugo y mojaban el centro del pan en el caldo de la carne en el fondo de los platos y jugaban con las migas sobre la mesa con la punta de los dedos. Y la carne bastaba y sobraba. Era lo que mi padre pedía en cada una de sus oraciones.

Abrieron todas las cortinas de la casa. Lo primero que hacía mi padre era correr las cortinas si veía que obstruían el camino del sol. La mañana invadía la sala, los corredores, los cuartos. Fumaba en el sillón desde donde veía el dibujo de la luz avanzando por el piso de la sala. El polvo bailaba alegre en el corazón iluminado. La luz tropezaba en la cortina recogida, daba calor a las penumbras de los rincones con una salud enrojecida de fruta fresca, de feria en pleno verano.

Mi padre murió hace más de dos semanas. Murió sentado en la silla mecedora. Baltazar pasó por el jardín y lo vio en el balcón y lo llamó y no tuvo respuesta y cuando llegó a la cocina dijo sonriendo cómo duerme el viejo, Dulce. Y Dulce terminó de colar el café fuerte y armó una bandeja con un pedazo de torta de fubá y un pocillo con el tanto de azúcar que sabía que a don Elizar le gustaba y atravesó gatuna cada uno de los quince cuartos de la casa hasta el balcón.

Pero mi padre no hizo gesto de sentir el olor del café. Ni el café ni el calor mulato de Dulce. Las manos de mi padre no buscaron sus caderas esa mañana. Estaban quietas, llenas de venas. Dulce entonces vio que la pipa estaba en el piso y el tabaco desparramado y el ruido que venía de la calle era inmenso y el viento tranquilo. Y Dulce entendió todo en un grito que Jorge oyó desde la farmacia, dos cuadras abajo de nuestra casa. Cuando me vio pasando por la acera, Jorge me dijo busca a Bastos, que es fuerte, ten paz y ve a casa de tu madre que necesita tu abrazo porque tu padre murió. Y mi padre había muerto realmente.

En la misa del séptimo día, el Largo de Vaz Lobo estaba abarrotado. Los curiosos se agolpaban del lado de afuera de la iglesia. El Padre Acácio abandonó la ceremonia por la mitad y se sentó al lado de mi madre, derrotado. Hasta los inútiles fallecen, dijo alto Acácio y todos rieron. Quien haya dicho que hierba mala nunca muere, no era tan sabio como pensaba, dijo Acácio y todos rieron. El padre apretó una mano contra la otra y se levantó y dijo que la muerte no era lo peor que podía pasar en la vida de un hombre. Silencio en la iglesia. Acácio volvió al altar y esbozó una sonrisa cansada y se secó el rostro con la sotana y retomó la misa. Mi madre y mi tía sorbían cada palabra del padre.

El viejo Matias entró cabizbajo en la iglesia. En cuanto supo sobre la muerte de mi padre, ordenó cerrar los almacenes. Nada de putas ni juego ni cerveza. Se encerró en casa y fumaba, enorme, pesado. Solo los almacenes de mi padre estuvieron abiertos en Madureira y Vaz Lobos y Vicente de Carvalho por más de diez días. Los cachaceros se sentaban en las aceras, mascando tabaco, confundidos, sin saber si podían beber en el rival. Entonces iban a nuestro almacén y bebían. Los más pobres no querían el vuelto. Solo tenían centavos para prestar homenaje. Los menos pobres compraban por curiosidad y me hacían preguntas que Bastos respondía con pocas palabras. Un insolente se llevó un par de trompadas de Bastos. Las alcahuetas eran barridas con gracia de vuelta a la luz de la tarde. Su hijo Ezequiel seguía trabajando en lo que el padre dejaba por la mitad por disgusto. Una tarde, Bastos lloró como un niño y se bebió media botella de cachaza y cuando pasó por el Largo de Vaz Lobo le pegó a una mula arrebatada. Pasó la noche desaparecido, metido en algún lugar.

El viejo Matias se sentó a cierta distancia de nosotros. No nos miraba. No había ido al entierro en el Cementerio de Irajá ni mandado sus pésames. Era como si hubiera partido con mi padre. Parecía perdido.  El odio que sentían uno por el otro parecía infantil. El viejo Matias sudaba y miraba hacia abajo y apoyaba la cabeza en el bastón. Cuando el padre Acácio terminó la misa, se levantó, se arregló el traje cansado, dijo en voz alta Dios es un gran hijo de puta y se fue. Desde la escalera de la iglesia vi al viejo Matias alejarse. Solo. El calor polvoriento envolvía su caminar bovino. Desapareció en una esquina.

Del corredor de la casa surgieron mi madre y mi tía de la mano. Ellas se sentaron a la mesa puesta. Mi madre ocupó una de las cabeceras. Maria miraba a la hermana, cuidadosa. La huérfana Eliza vino enseguida, con las manos limpias y el cabello arreglado. Ella se sentó con prisa y miró las papas asadas y abrió la servilleta sobre sus piernas. Dulce apareció con jugo de naranja fresco y puso la jarra sobre la mesa y dijo si necesitan algo más, llame, doña Vera, y mi madre asintió con la cabeza y Dulce volvió a la cocina. Yo esperé y esperé hasta escuchar los pasos que faltaban, sus pasos. Vinieron por detrás de mí y pasaron por mí sin saludar. Se detuvieron firmes delante de la mesa.

Eso porque mi padre no era solo mi padre. Mi padre era nuestro padre.

Mi hermano volvió a casa cuatro días después del velatorio. En la misa del séptimo día desapareció apenas mi madre entró en la iglesia Cristo Rey. Se esfumó.  Sin señales de vida por dos días. Luego volvió con una maleta pequeña. Traje todas las ropas que estaban en su cuarto de la pensión de estudiantes en Botafogo. Solo dejé los libros, son muchos, y los libros pesan dijo mi hermano y yo dije es verdad. Andaba por la casa de un lado a otro calculando todo lo que había cambiado. Recordando.

Estoy aquí para ayudar dijo él y yo le respondí que si estás aquí para ayudar, tengo unos sacos que cargar y hoy Bastos está muy ocupado allá en Madureira y Ezequiel está con él y mi hermano dijo entiendo, claro, unos sacos para cargar. Pero nunca apareció. Entiendo, claro, dijo estirando la mano larga y suave y sonriendo con la boca llena de dientes. Vi a mi hermano pasando delante de la iglesia con una joven alegre y lo vi también sentado enfrente al cine Vaz Lobo leyendo el periódico y lo vi bebiendo festivo cerveza a los gritos con Nazário en la puerta del bar Toledo. Pero no vino a ayudar a cargar las sacas. Tenía las manos suaves, la boca llena de dientes.

Mi hermano aparecía en casa solamente para las fiestas. Nuestro padre se sentaba en la escalera que daba al jardín y oía a mi hermano hablar de Cinelândia y de Copacabana. En la Rua da Carioca se pueden encontrar billetes en la calle, tantos que parece que la plata aparece por acto de magia decía mi hermano y las hijas de Nazário reían de la mano y cuchicheaban entre ellas y decían pero eso es mentira, Inácio y él decía lo que no es mentira, y con privilegio reconozco, es el brillo crepuscular de la sonrisa de las diferentes señoritas y ellas se empujaban tímidas y salían riendo bajito. No somos más la Capital, decía mi hermano, pero quien es rey no pierde nunca jamás la majestad, y mi padre miraba y analizaba y sonreía, sentado en la escalera. Silencioso, degustaba el tabaco. Y para cuándo el anillo de la graduación, preguntaba el farmacéutico y mi hermano decía dentro de poco, don Jorge, dentro de muy poco.

Pero no lo sería. Yo bajaba del tranvía en Humaitá y pasaba por la pensión en la que mi hermano vivía y me sentaba con doña Júlia en la cocina y bebía un buen café hasta que volviera de la calle. Nunca de la Facultad Nacional, edificio tan bonito, altivo. Belleza de mármol, con latín lacrado en cobre. La escuela de Inácio era la farra. Dejaba el sobre grueso con doña Júlia y partía. Las pocas veces que lo encontré en la pensión apenas me habló. Me preguntaba por papá y yo le decía papá está bien y él tengo que estudiar, hermano, hasta luego y apretaba mi mano y se encerraba en el cuarto.

Cuando volvía a casa saltaba del tranvía en la Praça Tiradentes y subía por la Rua da Carioca y tomaba una cerveza en el Bar Luiz y después bajaba por la Rio Branco hasta el Teatro Municipal. Me quedaba viendo los sombreros y los trajes en la vitrina. Las entradas de los cines. Les sonreía embobado a las jovencitas presumidas. Era de noche cuando llegaba y entraba en casa y mi madre aparecía curiosa en la penumbra y me decía pídele a Dulce que te caliente la comida, mi hijo, pero no era eso lo que la desvelaba. Y yo le decía madre, Inácio no para de estudiar y ella sonreía y se bendecía contenta y volvía a su cuarto.

Y ahora mi hermano está allí, delante de la mesa puesta. La huérfana Eliza lo mira curiosa. Mi madre y tía Maria, calladas, esperan. Esperan. Quedan solo dos sillas vacías. Pero apenas una es la de mi padre, la silla heredada. Esa misma silla que está en esa misma cabecera desde que nací. El lugar que ahora es de él. Salgo de la puerta de la cocina y paso por mi hermano y me siento donde siempre lo hice. Inácio vacila. Oscila como vela al viento. Y ocupa la cabecera de la mesa. Evalúa el plato vacío, los cubiertos. Apoya los codos sobre la mesa, y mira para la familia.

Eliza sonríe porque ahora le toca su momento especial. Maria asiente, y ella comienza a rezar un Padrenuestro divertido, con los ojos cerrados. Mide las palabras. Tia Maria envuelve a Eliza con un abrazo y dice pero qué jovencita devota lindita y Eliza se arregla los rizos y dice ya sé tía que soy linda y todos se ríen. Pero enseguida viene el silencio. En medio de la mesa impera entero el pedazo de carne asada. Hasta Eliza siente un peso, se pone seria.

Inácio entiende y se levanta. Toma los cubiertos, el cuchillo enorme, y clava el tenedor en la carne. Pero a cada rodaja la carne se va desmenuzando. Mi madre contempla dolorida la carne deshecha. Ella mira hacia adentro. Mi hermano nos sirve a todos. Almorzamos en silencio. Mi madre se retira. Tía Maria y y Eliza se retiran luego. Inácio descansa los cubiertos sobre el plato. Y ahora qué, hermano, dice y se pasa la mano izquierda por la cara. Pero nada le digo. Mastico el último pedazo de carne y dejo los cubiertos. Me limpio los labios con la servilleta, lentamente. Me levanto y pido permiso y me retiro.

En la despensa de la cocina, me acuesto sobre los sacos para dormitar. Miro el techo, estiro las piernas. Y entonces escucho el llanto agresivo, huérfano, vergonzoso de mi hermano. Cada vez más alto. Miro las palmas de mis manos, cortadas, marcadas, cuento los callos de mis dedos. El olor a café y azúcar y canela y frijoles me abraza y acaricia. Cierro los ojos. Quiero dormir. Pero no puedo, porque hace frío y me duelen los dientes. No puedo porque es domingo y hace frío. Me muerdo el labio con fuerza. Respiro hondo. Y en la soledad de la despensa lloro también.

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Traducción: Julia Tomasini

“A cadeira do pai” ©Vinícius Jatobá. Por acuerdo con el autor. Traducción © 2013 por J. Tomasini. Derechos reservados.

 

 

 

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