Papeles Sueltos

ANTÔNIO XERXENESKY | LA MUERTA VIVA

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Conocí a Sofía en la fila de un cine de la calle Lavalle, una fila para ver una película de zombis que pasaban en el festival de cine fantástico de Buenos Aires. El número de personas, inmenso, fue una sorpresa para mí: no imaginaba que los muertos vivos estuvieran tan de moda. Entre ella y yo había una señora de unos setenta años que rápidamente se cansó de esperar y salió bufando que un lugar como ese debería tener un lugar preferencial para mayores. La escena, que tuvo su efecto cómico gracias al tipo físico de la señora, una figura esquelética con un peinado gigantesco mantenido en pie por litros de fijador, le dio risa a Sofía y me permitió entrar en conversación con una extraña, actitud que personas más cerradas como yo evitan al máximo.

“Me acuerdo de las épocas en las que una película de zombis era algo que se veía a escondidas, en videos olvidados en los estantes del videoclub”, le comenté.

Sofía sonrió y me dijo que también se acordaba de esas épocas. Que su novio de la adolescencia alquilaba esas películas para verlas juntos, pero que, hasta las más cómicas o extravagantes como Una noche alucinante, a ella le daban miedo y él tenía que bajar el volumen y poner un disco de alguna banda pop de los 80, como Human League o incluso Pet Shop Boys, algo animado y para bailar, que entonces así le quitaba la carga de violencia a la película y ella podía verla hasta el final.

Me reí y le dije que mi experiencia en la adolescencia había sido al revés: mi noviecita de entonces era la que tenía coraje y yo era el miedoso. Fue difícil resistir la tentación de suspirar y decir: “Ah, la adolescencia”, o “Ah, los 80”, o “Ah, New Order, Pet Shop Boys, Depeche Mode”. O cualquier tipo de comentario que supusiera que nuestro diálogo era el diálogo superficial que uno tiene con un taxista en una carrera de diez minutos o con una persona aleatoria en el ascensor. Porque cuando observé con un mínimo de atención a Sofía (todavía no sabía su nombre), su cabello despeinado y sus orejas, ya no quería que ese diálogo fuera simplemente un inofensivo intercambio de palabras en una fila. Pero flirtear, para un tipo como yo, pasados los treinta, empieza a hacerse difícil. Conozco tanto los rituales que me es imposible no parecer artificial. Ya no se tiene la misma ingenuidad: se adopta una cierta mirada, un cierto tono… tan esquematizado, tan consciente y al mismo tiempo tan falso que hay que forjarse una inconciencia. De lo contrario las ilusiones se rompen y el flirteo fracasa. Un flirt es un flirt justamente porque se encuentra en una zona gris, ambigua. Es un pacto en el que debo fingir que no estoy seduciéndola, y ella, a su vez, que tampoco sabe lo que está ocurriendo. Nunca es fácil.

Lo que importa es que ella entró en el juego, el engaño funcionó (era así como me sentía, un estafador) y durante los cinco minutos que nos quedaban en la fila seguimos conversando entusiasmados, ahora sobre las canciones de los 80, sobre cómo eran tan bailables como tristes, sobre una de New Order extremadamente desesperada que podría tratarse tanto del amor como de su fin.

En el momento de elegir una butaca en la sala de cine, llegué a contemplar la posibilidad de que ella dijera un “bueno, nos vemos”, y entonces yo me sentaría en un lugar cualquiera, lejos. Pero ella me guió –sin tocarme un dedo, solamente usando una distancia calculada– hacia dos butacas vacías en el centro de la sala. La película en sí se reveló una olvidable estupidez que en nada aportaba al ya saturado género de terror con zombis. Había, sí, referencias a los clásicos, a todos. Sin embargo, la figura del muerto vivo era el símbolo de las mismas cosas de siempre: el individuo masificado en el capitalismo voraz y etcétera. La inocuidad de la película no nos impidió, claro, cenar juntos después. Yo ya había comido, pero le dije que le aceptaba unas empanadas. Sofía dijo que conocía un buen lugar. Allá fuimos.

En la cena conversamos sobre cine y música con entusiasmo creciente. Pedí una cerveza, y luego otra, y dos fabulosas empanadas de carne. El asunto retornó a la adolescencia, a nuestros noviecitos de entonces, y en un momento dado ella suspiró y dijo: “Ah, Rímini, qué personaje que era”. Yo esbocé una sonrisa, amarillo, incómodo, sin saber todavía cuál era el motivo de mi incomodidad, qué era lo extraño en ese nombre. De todas formas, algo perturbador se instaló en mí desde esa mención, algo extraño que llegó a impedirme que la invitara a tomar un café en casa o a un trago o a cualquier otra cosa que tendría la única y exclusiva función de enmascarar el objetivo “sexo”. Al contrario, solo intercambiamos números de teléfono y cada uno partió rumbo a su casa.

Cuando llegué me tiré en el sofá y me quedé mirando la biblioteca. Sofía y Rímini, dije en voz alta. Ella se llama Sofía y su ex novio se llama Rímini. Y entonces mis ojos vagaron sin rumbo por la sala, volvieron a la biblioteca y se detuvieron en el grueso volumen de El pasado, la novela de Alan Pauls. Saqué el libro del estante y al leer la solapa confirmé mis sospechas. Sí, el libro trataba de la enfermiza relación de una pareja, Sofía y Rímini, desde la adolescencia hasta la vida adulta. Sofía estaba descrita de manera terrible: incapaz de aceptar el fin del noviazgo, perseguía a su ex como una loca. Rímini, un sujeto cubierto de ambivalencias, tampoco se mostraba capaz de abandonar el pasado y seguir hacia adelante. Yo me reí sonoramente, y la carcajada se dispersó por el apartamento. Entonces, pensé, de allí venía mi perturbación. Una coincidencia estúpida. Sofía y Rímini. Rímini debe ser un nombre común, no solo en Buenos Aires. Quizás en otros lugares, quién sabe en el Brasil.

Fui a la computadora y busqué el nombre en Google. Rímini era una región de Italia. También había sido una noble medieval italiana, Francesca de Rímini. Una marca de colchas. Pero no el nombre de una persona, era extraño. Los primeros resultados como “nombre de alguien” aparecían en links relacionados con el libro de Pauls. Una coincidencia de hecho peculiar, todavía más porque la novela tiene lugar en Buenos Aires. Abrí una última cerveza. Cuando la terminé, me fui a dormir.

Me desperté al día siguiente, un sábado, con el sonido del teléfono. Era Sofía. Ella comenzó a hablar sin decir quién era, suponiendo que yo me acordaba bien de ella y podría asociarla a su voz. La verdad es que realmente me acordaba de ella. “El día está lindo –dijo Sofía– ya son las diez de la mañana, no creo que estés todavía en la cama, salgamos, hagamos cualquier cosa, un picnic”. Yo, un tanto sin acción y somnoliento, acepté.

La última vez que había participado en un picnic fue en la infancia, le conté, ya sentado en el parque, sobre la lona extendida en el pasto, ella y yo juntos, compartiendo la estrecha sombra que ofrecía un árbol. Hablamos de lo tonto de las convenciones sociales de creer que los picnics son solo para las familias felices; que los amigos (fue así como nos definió: “amigos”) también podrían apreciar un lindo día de sol, una medialuna, un Malbec. Alrededor de nuestra lona, una fila de hormigas se iba formando poco a poco y pequeños insectos se nos pegaban a la piel.

La conversación irrelevante proseguía mientras mi mente solo se concentraba en una cosa: la oportunidad de introducir El pasado en la charla, hablar de la coincidencia Sofía-Rímini. En cuanto se hizo un primer momento de silencio, pregunté, de repente: “¿Cuál es tu escritor argentino favorito?”. Ella, tímida, respondió que no era una gran lectora, que prefería el cine y las artes plásticas (“¡Me encanta Klimt!”), pero que había leído algo de un escritor argentino, de un personaje que vomita conejos, aunque no recordaba. “¿Por qué esa pregunta? ¿Cuál es tu escritor favorito?”.

Fue entonces que mentí. Le dije que mi favorito era un tal Alan Pauls, que todavía vivía y que no había publicado muchos libros. Ella, sin demostrar ninguna sorpresa o reacción extraña, dijo que nunca había oído hablar de Alan Pauls. “¿Qué escribió de interesante?”, preguntó, sin parecer muy compenetrada en el asunto y sin embargo queriendo que hablara un poco, como dos personas que se están conociendo y todavía soportan al otro hablando sobre las mayores irrelevancias, con el supuesto objetivo de conocerse mejor, sea lo que sea que eso signifique.

Le conté, entonces, de El pasado, las líneas generales de la historia, describí la trama como “la historia de un amor obsesivo”, le mencioné que el autor pasó años escribiéndola. Ella dijo “Ah, parece bueno”, y antes de que el silencio forzara un cambio de tema, enmendé, con una voz que salió chillona: “Y lo curioso es que los personajes que forman la pareja central de la novela se llaman Sofía y Rímini”. Ella comentó que era una coincidencia curiosa, sí. Que un día leería el libro. Y cambió de tema.

Esa tarde hicimos el amor por primera vez, y a mí me gustaría decir que fue bueno, que fue maravilloso. No estaría mintiendo, solo que tampoco sería la verdad completa. En cada cambio de posición, cada gemido diferente, yo hacía un esfuerzo paralelo en la mente para recordar las escenas de sexo de El pasado. ¿Cómo era la Sofía personaje en la cama? ¿Contraía las piernas cuando se la chupaban? ¿Levantaba el culo como pidiendo con el cuerpo que la penetraran así? No lograba recordarlo… había leído el libro hacía bastante, y, al mismo tiempo, no podía relajarme y disfrutar el momento. Mi cuerpo actuaba mecánicamente, siguiendo las direcciones que ella apuntaba, mientras mi cerebro recorría la memoria atrás de algo que, en el fondo, estaba seguro de que no recordaría.

Sin aliento, Sofía se acostó en la cama y comentó que había sido increíble. El CD que sonaba en la sala paró y comenzó nuevamente. Ella había activado la función de “repetir”, imaginando, quién sabe, horas y horas en la cama conmigo. Sofía recorrió levemente mi pecho con la punta de las uñas, como quien espera a que el hombre se recupere y, antes de que eso suceda, insiste en indicar que está preparada para una próxima. Sonreí sin mucha credibilidad y dije que tenía que irme. A ella le pareció extraño, preguntó si no quería quedarme a comer, un trago más, un café. Negué nuevamente y agregué que tenía un trabajo de traducción que terminar. Sofía me miró con desconfianza y se colocó de modo que su cuerpo quedara encima del mío, sus piernas reteniendo las mías. Repitió: “¿Seguro?”, acariciando con mayor fuerza mi pecho. Le confirmé que sí, y ella preguntó si era eso realmente, si no estaba inventándolo. Que si tenía algo que esconder, podría contarle, sin problemas, que detestaba los secretos. “No serás casado, ¿no?”. Rezongué que no era nada de eso, logré salirme y busqué los calzoncillos en el suelo. Cuando finalmente pude salir del apartamento y respirar intensamente el aire de Buenos Aires, pensé que esos celos, esa desconfianza, eso sí, eso era una marca innegable de la Sofía de los libros, la Sofía personaje.

Por la noche no pude dormir. Llamé a una amiga que era periodista cultural y le pedí, no sin cierto tono de imploración, que me diera el email de Alan Pauls. Ella lo dudó por dos minutos, trató de evitar una respuesta, me preguntó los motivos de mi repentino interés. No obstante, al final, cedió.

Escribí entonces el siguiente email:

Estimado Sr. Pauls,

Soy un gran entusiasta de su obra. Releyendo El pasado, tuve curiosidad por el personaje de Sofía. ¡Qué bien construido que está! ¿Ella está basada en alguna persona real? ¿Alguna Sofía que andaba por las calles porteñas?

Me pregunté si Pauls tendría el hábito de entrar en internet de madrugada. Mientras el indicador de nuevos emails no pestañeaba, decidí emprender una búsqueda sobre el libro. Descubrí, bien al comienzo, que Pauls tenía la intención de llamar a su libro La mujer zombi. La mujer zombi. Sofía, la que no acepta que el amor murió y persigue a su exmarido hasta el fin del universo y de los tiempos. Por lo menos desde su perspectiva, un punto de vista masculino, que es el único que nos da el novelista. La mujer zombi, la que no desiste, la que como una muerta viva sigue vagando, insistiendo, atrás del exnovio, atrás de la carne humana, de la sangre. Y entonces recordé que conocí a Sofía, mi Sofía (no el personaje, la que yo esperaba que no fuera el personaje) en la fila del cine, mientras esperábamos para ver una película de…

Cerré la página de internet y respiré hondo. Esto estaba rayando lo paranoico. Apagué la computadora. Me tomé un calmante, mientras me acomodaba en la cama, y dormí una noche sin sueños. Me desperté a las nueve de la mañana con el celular que sonaba. Por las hendijas de los ojos todavía cerrados, tonto de la resaca en la que me habían dejado los somníferos, reconocí su nombre en el identificador de llamadas. Apreté el botón de rechazar y cerré los ojos nuevamente.

Cuando finalmente tuve coraje y me levanté de la cama, había doce llamadas no atendidas en el celular. Prendí la computadora y abrí con prisa el email, esperando una respuesta de Pauls. En lugar de eso, encontré un mensaje de Sofía preguntando por qué no atendía el celular, si no me había gustado lo de ayer, y avisando que había una muestra de Hitchcock en el cine, que hoy daban Vértigo.

Pensé: basta de tanta locura, y respondí cariñosamente que había sufrido de insomnio y me había ido a dormir tarde, que por eso no había atendido el teléfono, pero claro que aceptaba la invitación de ir al cine, hacía tiempo que había visto esa película y Hitchcock me gustaba mucho.

Ella respondió en media hora y arreglamos el encuentro. Me afeité, me bañé, tomé el voluminoso El pasado, lo cargué debajo del brazo y fui al encuentro de Sofía.

Le di el libro inmediatamente después de encontrarla en la entrada del cine. Le dije: “Deberías leerlo”, tal vez de una forma más agresiva de lo que me habría gustado. Ella miró el título y preguntó si era ese el libro del cual le había hablado, con una Sofía y un Rímini. Asentí con la cabeza y entré en un largo discurso sobre la belleza de la prosa de Pauls, la importancia de ese libro en mi vida, la curiosidad de que el libro se iba a llamar La mujer zombi, y bla, bla, bla, bla. Ella palpó el volumen, vio que tenía unas quinientas páginas. Entonces dijo: “¿Podrías prestármelo en otro momento? Ahora no tengo mucho tiempo, no voy a poder leer un libro tan largo”. Yo insistí, empujando el libro contra su cuerpo. “Es muy importante para mí que leas este libro”, le dije. La fila empezaba a formarse. Ella guardó el libro en la cartera, contrariada, y fuimos a comprar las entradas.

En el comienzo de la película yo trataba de recordar lo que sucedía en la trama. Tenía la impresión de que veía Vértigo por primera vez; pero no, imposible. Hice maratones de Hitchcock durante la adolescencia. Seguro que la vi. Allí desfilaba la bella Kim Novak, en su brillo artificial de Technicolor. James Stewart se enamora del personaje de ella, que muere trágicamente en una caída. Novak resurge con otro nombre, y el personaje de Stewart, un detective, sospecha. ¿Quién es esa mujer que se parece tanto al objeto de su pasión? ¿Cómo podía ella ser tan idéntica a aquella que había partido de forma tan trágica y que lo había sumergido en un luto tan doloroso? Stewart sospecha, cada vez con más fuerza, que la nueva mujer que conoció es la muerta. La similitud física es asombrosa (ambas son Kim Novak), pero ¿cómo probarlo?

Entonces, en un instante, recordé todo lo que sucedía en la película, toda la trama, el final sorpresa, y comencé a sentirme mal. La náusea me debilitó en el medio del cine y le dije a Sofía que necesitaba ir al baño. Me levanté de la butaca y luché con la oscuridad hasta salir de la sala, sin aire, evitando al máximo mirar hacia atrás, con miedo de encontrarme con la pantalla de cine, con miedo de encontrar la horrible escena en la que James Stewart presiona a la “nueva” Kim Novak para que confiese que ella no es ella, y sí la vieja, que la muerte fue montada, ficcionalizada. Y entonces, sin aire en los pulmones, con una sensación de vómito subiendo por el esófago, entendí por qué Sofía, la mía, no el personaje, me había llevado para ver esa película. Se trataba de un mensaje, un mensaje de que no debería presionarla acerca de su pasado, pero el mensaje –si fuera eso realmente, si no estuviera delirando, pensando demasiado, analizando demasiado– era también una prueba de que estaba en lo cierto, que ella era la Sofía personaje, la Sofía de Pauls, perturbada, celosa, la mujer zombi, la muerta viva.

En vez de ir al baño, salí del cine sin aliento y corrí por la calle, sin rumbo. No iría a casa. El plan era solo correr para estar lo más lejos de allí. Sofía nunca me perdonaría haberla abandonado en el cine de esta forma; pero era mejor así, pues escapar de la muerta viva era la única prioridad en ese momento.

Apuré el paso y corrí, corrí. El sudor comenzó a brotar, primero en las axilas, después en el pecho. Correr es bueno para pensar. A medida que mi corazón se aceleraba, mi cerebro disminuía el ritmo. Pensé: ¿y si cometí una equivocación? Conozco a una mujer interesante, con buen gusto para el cine, bonita, y arruino todo con paranoias. Qué ridículo. Un personaje no sale de un libro así como si nada. Y eso de la película de zombis y Vértigo no son más que coincidencias. Pero se desata el caos porque un tipo obsesivo ve en esas coincidencias revelaciones absurdas. ¿Y si esa serie de interpretaciones desubicadas no fueran más que reflejos de un miedo mío, íntimo, al compromiso? Una reacción inconsciente, quién sabe, a todas las relaciones fracasadas en las que me vi envuelto, como si fuera mejor no comenzar de nuevo para no tener que soportar la molestia, el griterío y el lloriqueo que suelen acompañar a las separaciones.

Cuando me quedé sin aire, paré en medio de la calle, bañado en sudor y con la mano en el pecho. Miré hacia un lado. Un cibercafé. Mi tren de pensamiento frenó bruscamente. Entré.

Fui directo a la primera computadora libre. Tamborileé los dedos sobre la mesa, nervioso, mientras se cargaban los emails.

Pauls había respondido.

Agradecía mis elogios, decía que le alegraba que su libro me hubiera gustado tanto. En el final me respondió que no, que Sofía era una creación puramente de su cabeza, ¿no era esa a fin de cuentas la función de los escritores, inventar historias y personas?

El mozo preguntó si me gustaría un vaso de agua y si estaba todo bien. Me limpié las lágrimas que habían brotado sin aviso y le dije que sí, quería una botellita de agua helada para llevar. Pagué la cuenta y salí a la calle. Soplaba un viento incómodo en Buenos Aires en aquella parte del centro y la ciudad se veía sucia, desorganizada y gris. Había basura acumulándose en la calle.

Me sequé la cara, pero algunas lágrimas continuaban corriendo sin motivo. No me sentía triste, solo exhausto, las pantorrillas que latían, la mente hueca. Miré hacia el lugar desde donde había venido y pensé que podría volver al cine, la película no debía haber terminado. Podría sentarme al lado de Sofía nuevamente, explicarle todo lo que había sucedido y arreglar la situación. O mejor, no mencionar nada, solo decirle que no me sentía bien del estómago y que por eso había demorado tanto en el baño. Entonces miré hacia el otro lado de la calle y pensé que también podía seguir mi camino, volver a casa y bloquear su email y celular, y desear no encontrarla nunca más en las calles de la cuidad o en las filas de cine y esperar que, aunque fuera una muerta viva, desistiera tarde o temprano de mí.

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Traducción: Julia Tomasini

“A morta-viva” de A página assombrada por fantasmas  © Antônio Xerxenesky. Por acuerdo con el autor. Traducción © 2012 por J. Tomasini. Derechos reservados.

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