Papeles Sueltos

Saquen a Geraldo Alckmin, si fueran tan amables

Ronaldo Bressane

Policía antidisturbios en la Augusta, poco antes de tirar balas y bombas sobre los transeúntes

– Si fuera tan amable, querido, ¿podría atravesar la calle? Gracias.

Lo que me dijo me chocó al instante. Ese policía militar me llamaba “querido”, apelaba a mi “amabilidad” y encima agradecía. Me detuve en medio de la travesía de la Haddok Lobo esquina Paulista y lo miré. Usaba chaleco verde limón, llevaba un fusil de balas de goma, estaba armado con un bastón, revólver y quizás una bomba de gas lacrimógeno. Era alto, delgado, muy negro y muy joven. Parecía cansado; tenía los ojos rojos fijos en mí. Eran las 11.15 del miércoles 13 de junio, y las marchas contra el aumento de los pasajes de ómnibus habían comenzado a las 5. Tal vez estuviera trabajando desde entonces. Tal vez estuviera trabajando desde la mañana. Tal vez, si hiciera changas como la mayoría de los policías hacen, podría haber trabajado de madrugada como seguridad privada, patovica, guardaespaldas o asesino de algún grupo parapolicial. O tal vez hubiera acabado de llegar y fuera parte del destacamento de los policías gentiles. Aquellos que llegan después de la guerra, limpian las heridas, cargan los muertos. Esos que surgen con flores después de la pólvora solo para dejarnos con una buena impresión, con la impresión de que no fue realmente así.

Pero lo que él logró fue lo contrario. El policía negro, alto, joven, cansado y gentil sólo logró aumentar la sensación de irrealidad en la que estaba inmerso. Tanto que en ese momento solo se me ocurrió preguntar:

¿Por qué?

Esta calle va a ser cerrada para contener a los manifestantes de este lado, señor. Por favor, cruce la vía.

Crucé, todavía desconcertado. En frente a la iglesia São Luiz Gonzaga, la caballería cerraba la calle Bela Cintra. De los dos lados de la Av. Paulista había camiones de tropa de choque, autos de la policía, SUVs de ROTA, motos de la ROCAM. En total, cerca de 150 policías de los 900 que fueron enviados para el campo de batalla. A mi alrededor, la gente miraba a los policías militares con miedo. Sin dudas, ellos eran la mayor fuente de terror de todas. Nadie se sentía a gusto cerca de ellos. La sensación de que de la nada saldría un cachetazo, una bomba, una bala, y de que seríamos humillados o presos solamente por estar allí era evidente. No permanecía quieto por más de un minuto. Pero no podía sacar los ojos de los policías militares.

No desviaba los ojos de Geraldo Alckmin.

Algunos minutos antes había visto a los policías militares de chaleco verde limón cercando un grupo de jóvenes, entre ellos uno de pelo largo de traje y una chica que no parecía tener más que doce años y un metro y cuarenta, y los revisó a base de bastonazos, cachetazos y golpes en la cabeza.

Algunos minutos antes había visto policías militares bajando los bastones para responder a las ofensas de los transeúntes. Participantes del Movimiento Passe Livre o no, era gente que veía a la policía y no perdíal a oportunidad de dar su mensaje:

– ¡Fascistas!

– ¡Ustedes también usan el transporte, cerdos!

– ¡Bárbaros!

– ¡Métanse el gas en el culo, cobardes!

Los policías estaban en total seguridad física cuando recibían esos gritos. Llevaban casco, armas, escudos. Aun así, preferían responder con violencia física.

Evidentemente estaban desorganizados, no tenían líder.

Solo el espíritu del cuerpo.

El espíritu del cuerpo garantizado por el gobernador Geraldo Alckmin.

Cuando bajaba por Consolação en dirección a Maria Antônia, Geraldo Alckmin ya estaba tirando bombas de gas lacrimógeno, divisé al periodista Felipe Kfouri, que subía, los ojos muy rojos:

–No bajes, viejo. Perdieron el control. La cosa se está poniendo fea. Tené cuidado.

Mientras bajaba, me crucé con un grupo de ciclistas y cicloactivistas. Ninguno de ellos era parte del MPL; estaban, como yo, acompañando la manifestación.

–Los manifestantes del Movimento Passe Livre, que estaban frente al Teatro Municipal, intentaron subir la calle da Consolação en dirección a la Paulista –me contó un ciclista. Habían discutido la posibilidad de que algo así pasara con un coronel de la PM y serían atendidos. Hubo un principio de acuerdo. Solo que entonces el coronel se fue y de repente aparecieron unos tipos de la policía antidisturbios; unos veinte que, de la nada, lanzaron bombas de gas lacrimógeno directo sobre nosotros.

–Ellos fueron unos estúpidos –dijo otro ciclista, serio. – Agarraron a unos cuarenta antes de que empezara cualquier manifestación. En el medio había gente que lidera el MPL. Ahora cagamos, el movimiento se desparramó y se quedó sin líder y puede pasar cualquier cosa. Va a terminar para la mierda. Está lleno de vándalos ahí abajo.

–Pero empezaron los policías. La gente estaba cantando “Sin violencia”, forzando el paso para subir por la Consolação. Entonces los tipos tiraron gas, de sorpresa. De mi lado vi a gente que le daban con bala de goma en la cara. Esos tipos no apuntan bien, no.

No, Geraldo Alckmin no sabe apuntar. En ese momento, Geraldo Alckmin venía por la Consolação, en formación militar, cerrando la subida de la avenida y bajando en dirección de la Maria Antônia. El ruido de los helicópteros, las explosiones de gas lacrimógeno, los gritos de la multitud, el llanto de los estudiantes de Mackenzie que presenciaban los enfrentamientos, la desorientación de los transeúntes y conductores, el olor fuerte a gas, las bolsas de basura tiradas, desparramadas y quemadas, la agitación que venía de abajo hacia arriba, de arriba hacia abajo, de un lado a otro, no dejaba dudas: Geraldo Alckmin estaba esparciendo el terror.

Geraldo Alckmin esparció el caos y el miedo. Geraldo Alckmin diseminó el pánico, la brutalidad y la violencia contra los ciudadanos de São Paulo.

Yo lo vi, no me lo contó nadie.

–¡Parece Génova!                                                                                                                                                                                                         Maurizio Longobardi, empresario de la noche y fotógrafo de muchas manifestaciones políticas, había buscado el casco que tenía en la moto para defenderse.

–Están tirando directamente a la cara de las personas. No  existe la más mínima organización. No usaron megáfonos, no negociaron, no formaron barreras, no cerraron las calles para dejar pasar la manifestación. Vinieron directo a enfrentarse.

En ese momento, la tropa que bajaba la Consolação soltó una bomba de gas bien encima de mi pie. Respiré hondo y corrí por la Piauí hasta la Itambé junto con unas cien personas más. A mitad de cuadra mis ojos estaban llorosos y la garganta se me cerraba. Señoras y niñas perdidas lloraban de pavor. Los conductores se sentían mal con el gas dentro de los automóviles y trataban de dar marcha atrás, en pánico. Un tipo vio el celular de alguien que se le había caído, lo agarró y salió corriendo. Un borracho gritaba:

–¡Esto es nuestra Primavera Turca! Son todos turcos los que generaron esta mierda, Maluf, Kassab, Haddad, Alckmin!

Geraldo Alckmin subía la Consolação, Geraldo Alckmin bajaba por la Consolação, Geraldo Alckmin estaba en las vías principales y entraba en las vías secundarias, Geraldo Alckmin no facilitaba la salida de nadie.

Por celular, Geraldo Alckmin enviaba noticias desencontradas: había escrito con aerosol y quemado un colectivo en Ipiranga; había detenido a un reportero en el Teatro Municipal porque llevaba vinagre; había prendido a cincuenta personas aleatoriamente en Anhangabaú; había disparado una bomba de gas dentro de un auto donde estaba un señor de 74 años, en la plaza Roosevelt; tiraba balas de goma a incautos que estaban en los bares de la prainha da Paulista.

(Dicho sea de paso: el intendente Fernando Haddad no mandó noticias. Aunque la PM no esté bajo su mando, la ciudad sí lo está. Y él omitió defenderla ensordecedoramente).

Geraldo Alckmin le disparó una bala de goma a la reportera Giuliana Vallone, que estaba parada dentro de un estacionamiento ayudando a una transeúnte desorientada. Geraldo Alckmin disparó una bala de goma en el ojo del fotógrafo Sérgio Silva, que puede llegar a perder la vista.

Geraldo Alckmin hirió a siete periodistas de la Folha de S. Paulo. En la editorial del mismo 13 de junio, el diario pedía: –Retomen la Paulista. Es hora de ponerle un punto final a todo esto. La intendencia y la Policía Militar tienen que hacer valer las restricciones ya existentes para protestas en la Avenida Paulista. Geraldo Alckmin había leído el periódico esa mañana, justo después de llegar de París, y mientras felicitaba a Guarantinguetá por sus 383 años, a las 21.20, durante el auge del tumulto, procuraba cumplir con lo que el periódico pedía. Hay algo que no se puede negar: si el periodismo está muriendo, la culpa no es de Geraldo Alckmin.

Me encontré a un amigo, el periodista Endrigo Chiri, que me dijo: –Desarticularon la manifestación, que se está diseminando. Una parte fue para la plaza Roosevelt, otra fue subiendo la Paulista, otra la Augusta, otra sube la Nove de Julho. Ahora está fácil para el grupito del vandalismo. No hay más control. Era más fácil de controlar si hubieran acompañado la manifestación.

Disipada la nube de gas, decidimos subir la Consolaçnao. Geraldo Alckmin estaba desparramado por las calles en forma de bombas de gas lacrimógeno, balas de goma y bolsas de basura quemadas. Llegando a la Augusta, esquina Antônia de Queiroz, vimos a Geraldo Alckmin en toda su gloria. Paramos en la esquina para fumar un cigarrillo y descansar. Dos camiones de la tropa de choque estaban estacionados en la esquina. Hipotéticamente, estábamos seguros. Alrededor de entre 30 y 50 personas se concentraban en la esquina. Había transeúntes que bajaban, subían. Ya había basura con fuego algunas cuadras arriba en la Augusta. Tres o cuatro jóvenes comenzaron a insultar a los policías militares:

–¡Fascistas!

–¡Cerdos!

Un grupo de veinte policías juntaron los bastones e hicieron algo que parecía una oración. Entonces ejecutaron rápidamente una danza bizarra, un funk medio marcial. Terminaron el ritual gritando:  –¡Este es el choque! El grupo de veinte policías subió a uno de los dos camiones. El otro grupo se unió e hizo el mismo ritual extraño. La danza de la muerte. –¡Choque!

Subieron al camión. Entonces, la escena que nunca voy a olvidar.

Geraldo Alckmin abrió las ventanas y tiró directamente sobre el grupo a mi alrededor. Las balas de goma zumbaron en mis oídos mientras el gas nuevamente se esparcía alrededor. Geraldo Alckmin subía la Augusta disparando bombas y balas para todos lados. Uno de los camiones se detuvo, mientras el otro subía, y de él bajó Geraldo Alckmin, que se le fue encima a un manifestante con el bastón en ristre. Este abrió los brazos, pero igual recibió palazos en la espalda, las piernas y la cabeza. Un grupo más de Geraldo Alckmin se le tiró encima. Geraldo Alckmin lo pateaba, Geraldo Alckmin lo golpeaba, Geraldo Alckmin lo empujaba, Geraldo Alckmin lo inmovilizaba.  Yo subía corriendo, la garganta cerrada, oyendo el grito de las personas y el llanto de las mujeres. Ninguno de nosotros podía hacer nada para ayudar al chico al que le pegaban; ninguno de nosotros podía detener a Geraldo Alckmin. En la Paulista, las personas en una parada de colectivo que no sabían si habría o no colectivo, o si habían abierto el subte, se reunían en busca de información. Algunos de ellos insultaron a la policía. Una mujer policía bajita salió del patrullero y abrió fuego directamente sobre las personas que estaban en la parada. Atravesamos la Paulista en busca de refugio, y así fue toda la noche, vagando de esquina a esquina, sin saber qué rumbo o actitud tomar, porque la avenida estaba cerrada de los dos lados.

Endrigo Chiri, que vivió en Buenos Aires, me hacía recordar que allá, donde hay manifestaciones un día sí, otro día también, la policía se prepara para escoltar y garantizar la seguridad en las marchas, piquetes y protestas. Recordé algo parecido que había visto en París, en la querida París de Geraldo Alckmin, en pleno Champs Elysées, a las seis de la tarde. La manifestación simplemente se imponía y se hacía y ya. Claro que en ningún lugar existe la perfección en la organización de protestas y en toda protesta hay vándalos, pero hay ciudades en la que existe una cultura de procedimiento con manifestaciones políticas en la vía pública, derecho asegurado por cualquier democracia. Algo inexistente para la policía militar de Geraldo Alckmin.

Porque, para impedir que la manifestación cerrase el tránsito de la avenida Paulista, Geraldo Alckmin cerró el tránsito de la avenida Paulista.

El caos y la irrealidad se habían apropiado de mi querida avenida. Mi amigo y yo estábamos confundidos. No había qué hacer más allá de registrar lo que estaba pasando, vagar de escaramuza en escaramuza. Pues ninguno de nosotros podía hacer nada para detener a Geraldo Alckmin. Geraldo Alckmin disparó bombas y balas sobre las personas indefensas. Y yo lo vi, no me lo contó nadie.

Por delicadeza perdí mi vida, dijo Rimbaud. Por amable, aquel policía que me llamó “querido”, se ganó mi simpatía. Porque vi, por detrás de su cansancio, que todavía se negaba a ser un Rambo, todavía se negaba a ser un Geraldo Alckmin. No sé su nombre, pero me gustaría saludarlo, como a un amigo, a un hermano. Él me hizo recordar que, a pesar de todo lo que había presenciado aquella noche, contrariando todas mis impresiones, no todos aquellos policías eran Geraldo Alckmin. Quizás algunos de ellos todavía fueran seres humanos. Pero quizás eso dure poco tiempo. O quién sabe dure el tiempo necesario para sacar del poder a Geraldo Alckmin. Mientras todavía seamos gente.

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Original en portugués: http://ronaldobressane.com/2013/06/14/por-gentileza-tirem-geraldo-alckmin-do-poder/

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