Papeles Sueltos

Protestando dudas

Eliane Brum

Revista Época. 24/06/2013

Todavía no hay un nombre para lo que sucedió/está sucediendo en Brasil. Solo intentos, asociados con fenómenos ocurridos en otros países, como Primavera Árabe, Occupy, Indignados. No es algo original como ‘la revuelta del vinagre’, como apareció por aquí y por allí, tampoco es ‘Pase libre’. Ningún intento de nombrar los acontecimientos dio cuenta de su complejidad, lo que parece decirnos algo. Tal vez porque el nombre todavía esté en disputa, como tantas cosas por estos días. Tal vez porque no sea posible nombrar lo que no comprendemos.

Pero sobre aquello que permaneció innombrable se dijo mucho. En la misma proporción de ocupación de las calles por centenas de miles de brasileños hubo una producción de narrativas sobre lo que sucedía. Fragmentadas, contradictorias, como los carteles empuñados por el movimiento. Trato de escuchar algunas de ellas en esta columna; no para explicarlas, porque solo podemos tantear, sino en busca de pistas sobre lo que esas narrativas revelan y enmascaran. Si hay algo que me parece claro es que las máscaras ocultan caras, pero las caras también ocultan máscaras.

1. Cuidado, el próximo vándalo puede ser usted

“Vándalos” y “alborotadores” fueron las palabras usadas por el gobernador Geraldo Alckmin (PSDB) y adoptadas por muchos sectores para referirse a los manifestantes, de forma generalizada, hasta el miércoles (13/6). Ese día, la violenta represión de la policía paulista hizo una contribución decisiva para la expansión de las manifestaciones, no solo en São Paulo como en todo Brasil, y para el apoyo de la población a un movimiento que hasta entonces buena parte miraba con desconfianza o incluso con reprobación. A partir de las manifestaciones del lunes (17/6), diseminadas por varias ciudades del país, momento en que el movimiento recibió la adhesión de actores con demandas bastante diversas entre sí, el discurso hegemónico sobre las manifestaciones cambió. A lo largo de la semana pasada estas consiguieron una (casi) unanimidad: aquellos que antes eran vándalos y alborotadores se volvieron protagonistas de un “despertar”, rostros del “gigante que despertó”. En ese momento , los “vándalos” se tornaron, en el discurso del Estado, de la prensa e incluso de la población, una “minoría infiltrada” contra la inmensa “mayoría pacífica”. Vale la pena mirar este discurso narrativo con más atención. Antes de continuar, debo dejar en claro que estoy en contra de las depredaciones: fue duro mirar el ataque contra el Palácio Itamaraty, la bella construcción de Oscar Niemeyer. También es necesario decir que aquellos que usan la violencia contra edificios y personas constituyen sí una minoría. Hechas las salvedades, es posible pensar que esa interpretación, que divide a la población entre “manifestantes pacíficos” y “vándalos”, puede encubrir una complejidad mayor:

a. Primero, aísla a los “vándalos” de la masa de manifestantes y acepta como unanimidad que la única forma legítima de manifestarse es no causando daños al patrimonio, sea público o privado. Luego, quien entiende que atacar el patrimonio es también una manifestación, como sucedió varias veces a lo largo de la historia de Brasil y del mundo, incluso en acontecimientos hoy celebrados como heroicos, es automáticamente colocado fuera de la manifestación en el discurso, como si no tuviera nada que decir ni estuviera diciendo nada con sus actos. Me parece que, incluso uno no estando de acuerdo con las depredaciones y de nuevo, repito, no estoy de acuerdo, es peligroso dejar de reconocerla como una forma de manifestación. Es peligroso porque, al hacerlo, se promueve un silenciamiento: al dejar de escucharla en sus diferencias, se cierran las puertas para la comprensión de un aspecto que, queriendo o no, es una cara importante de las muchas tensiones producidas por el fenómeno. Y es peligroso dejar de reconocerla como parte, aunque indeseable, para todos los otros manifestantes hoy protegidos bajo el amplio paraguas representado por la “mayoría pacífica”.

b. Al dividir a los manifestantes entre “pacíficos”, que serían los legítimos, y los “vándalos”, los “infiltrados”, en la medida en que son aquellos que “quiebran” no solo el orden y la paz, sino el patrimonio, se estableció que existe una masa del bien, aclamada por todos, contra una masa del mal, que debe ser aislada.  O los limpitos contra los sucitos.  Como se sabe, los maniqueísmos nunca hacen bien para la comprensión histórica. Y, al final, ¿quiénes serían los “infiltrados” en una manifestación de masa, heterogénea y contradictoria, además de agentes del Estado (y tal vez cuadrillas criminales, presentes solo para obtener ganancias materiales)? c) Hay varios riesgos contenidos en la aceptación fácil de este discurso.  Uno de ellos es dejar de percibir que incluso entre los “vándalos” hay diferencias. Y esas diferencias también hablan de este fenómeno. Otro riesgo es que todo comportamiento considerado indeseable podrá transformar aquel que hasta entonces era “manifestante” en “vándalo”, un concepto que se ha mostrado bastante mutable, elástico y fluctuante.

Es comprensible que, frente a lo que no se entiende o se controla, se busque clasificar. Clasificar es también una forma de control. En especial, cuando esa clasificación reduce y encajona. Puede ser este el caso: hay una caja para los “vándalos”, que no necesitan ser comprendidos, y  hay una caja para una mayoría pacífica que, sí, valdría la pena comprender en su heterogeneidad. Si pudiéramos pensar las protestas como una “tercera margen” de la calle, en la medida de lo nuevo que representan, del entre calles que expresan, también se reproduce en la narrativa hegemónica sobre él un “al margen”, una exclusión, el lugar de los que no necesitan ser escuchados.

A lo largo de los días, al oír referencias constantes a los “vándalos”, especialmente en la televisión, me vino un extrañamiento. Vándalos no me es una palabra extraña. Como la mayoría, la oí muchas veces en las más diversas ocasiones. Pero, esta vez, se volvió extraña por la forma en la que fue dicha y repetida, dando pistas de que allí había otro sentido. Parecía tratarse realmente un “pueblo bárbaro”, como en su origen. Casi esperé a los visigodos, los ostrogodos… quizás los hunos. En cierta manera, en el discurso del actual fenómeno, los “vándalos” volvieron a ser un “pueblo”, la tribu que debería estar allí, saqueando Roma. No más “al margen” de la manifestación, sino la propia margen.

Hay que aprender con la historia, dice el cliché. En este caso, la historia de una semana atrás. No cuesta recordar que, hasta entonces, “vándalos” eran todos aquellos que interrumpían el tránsito, en el discurso de los mismos que hoy los aclaman como los “brasileños que despertaron”. ¿Quiénes serán los próximos “vándalos”? (Paréntesis. Es un hecho digno de atención que aquellos que hace una o dos semanas atacaban, ridiculizaban, y hasta criminalizaban las manifestaciones de los movimientos sociales organizados por todo Brasil les parezca altamente cívico el actual movimiento de las calles, más todavía cuando los carteles expresan generalidades. Eso debe estar significando algo.)

2. Los 20 centavos: ¿ampliación o reducción del movimiento?

Hay una comprensión por parte de los que estuvieron desde el inicio de que mantener un pedido claro, como fue la anulación del aumento del pasaje de colectivo en un primer momento a la tarifa cero del transporte público, a medio plazo, era fundamental. Además de ser una reivindicación objetiva, daba cuenta también de un cambio profundo: a)hablaba de la vida de los más pobres, en la que el pésimo y caro transporte público determina (y se relaciona con) una serie de violencias cotidianas y con la aniquilación de la vida. B) contaba sobre una transformación estructural del modelo actual de movilidad urbana, que prioriza el transporte individual en detrimento del colectivo, lo que implica un seria de cambios relacionados. En el momento en que el movimiento es apropiado por otras fuerzas y esa bandera pasa a ser ampliada con la adhesión de actores muy diversos entre sí, en especial de la clase media tradicional, parte de estos manifestantes originales entiende que lo que pareció una ampliación fue, de hecho, una reducción. A fin de cuentas es bastante fácil reivindicar el fin de la corrupción y la paz, palabras tan bonitas como etéreas. ¿Alguien saldría a las calles para pedir más corrupción y más violencia? Difícil. ¿Alguien se pronunciaría contra reivindicaciones tan unánimes? Obviamente no. La paz y el fin de la corrupción, para citar solo dos de las banderas que aparecieron en los carteles y entrevistas de los manifestantes, están en el menú de todos, así como las promesas vagas de los gobernantes de cualquier partido. Lo que los manifestantes originales pretendían – y pretenden- era algo que mexia con estructuras y privilegios, que daba cuenta de un modo de ver el mundo: tarifa cero para el transporte, así como se optó en momentos históricos anteriores por la creación de SUS y por la gratuidad de la educación pública.

En parte, me parece que los manifestantes que creen que hay una reducción cualitativa del movimiento – y no una ampliación- tienen razón. En parte, no. Aunque el pueblo haya salido a las calles con reivindicaciones amplias y hasta contradictorias entre sí, fue esa adhesión lo que llevó a la reducción de la tarifa en São Paulo y en otras ciudades, lo que no es poco. Como era la única demanda objetiva, era la respuesta objetiva que se podía dar en la perspectiva de calmar las calles. Lo que no pasó (todavía).

El movimiento tomó otras formas con la ampliación de la adhesión – y también otra fuerza. Si hay un riesgo en la amplitud de las reivindicaciones- algunas de ellas tan vagas como contradictorias, otras bastante precisas – es la poderosa expresión de repudio a las elecciones hechas por los gobernantes, a su modo de hacer política, a la falta de calidad de vida cotidiana y a la carencia de representatividad en el espacio público/ político. Cuando nos preguntamos si habrá cambios concretos a partir de estas manifestaciones, me parece que necesitamos entender que el cambio ya tuvo lugar. Incluso cuando las calles se vuelvan a apaciguar, en esta o las próximas semanas, el cambio ya tuvo lugar. Otros podrán venir, pero hay algo profundo que ya cambió. En la vida pública, colectiva, pero también en la individual, existe algo que ya penetró por las hendijas de nuestra subjetividad.

Hay una preocupación sobre quién se apropió de qué, sobre los riesgos de un viraje conservador, sobre el uso por uno o por otro partido, sobre el supuesto desvirtuamiento del movimiento, sobre las más diversas manipulaciones. Son preocupaciones importantes. Pero eso es la política. ¿O alguien pensó que sería un paseo por la Avenida Paulista? El juego es pesado, es de gente grande (incluso siendo jóvenes). Y es también en las calles donde esa disputa –política–, tiene que ser trabada. En ese combate, tal vez exista algo todavía punzante y más subjetivo, más allá de los intereses inmediatos: el deseo de no quedarse afuera de algo tan especial, tan “histórico”, como fue ducho y repetido, aunque no se entienda bien qué es. (Paréntesis: hubo un cierto susto con relación a lo que es el pueblo en las calles- y no solo por parte de las autoridades. Cuando el pueblo sale a la calle, siempre es incontrolable e imprevisible. Es ingenuo pensar que será solo bonito, como si de repente, todas las personas expresaran buenos sentimientos. Son humanos que están en las calles, con todos sus recovecos. Son los mesmos que insultan en el tránsito, cometen pequeñas o grandes villanías en el día a día, vomitan discursos de odio protegidos por el anonimato. Brasil es un país violento, al contrario de lo que se dice, y no solo debido a los homicidios y arrastoes, sino por la violencia de las relaciones cotidianas de todos nosotros, desde la mala atención en todas partes a la intolerancia con el otro en su mínima diferencia. Si hay algo que las redes sociales ya nos mostraron es cuán profundos son los recovecos humanos aquí, en todos lados. Con eso tenemos que lidiar, tanto dentro como fuera. Comprendo la decepción de algunos con el “pueblo”, pero, lamento, el paquete viene completo).

3. “La voz de las calles debe ser oída y respetada”, dijo la presidente, que hasta entonces prefería no escucharla

Es amplia y compleja la pauta de porqués que llevó a más de un millón de brasileños a las calles. Pero es bastante probable que por lo menos una parte de esta composición de instaisfacciones esté relacionada con la poca disposición de Dilma Roussef para escuchar los movimientos sociales. Lula era un político inmensamente más hábil que Dilma. Incluso cuando su popularidad aumentó, en el segundo mandato, por lo menos él oía a los movimientos sociales – o “fingía oírlos”, como señalan algunos. Muchas veces hacía lo opuesto de lo que había dicho y garantizado que haría, pero recebía a sus representantes, cuidaba que los interlocutores se sintieran ampliamente acogidosy satisfechos. Esa era una entre las miuchas explicaciones para que casi nada lo dejara pegado tocara, ya uqe las personas terminaban atribuyendo los revezes a la estructura del gobierno, a asesores mal intencionados, jamás a un presidente tan carismático. Dilma no. Si la presidente piensa diferente, no sé, todos los sennales que dio, desde que asumió, es de que no quería ni le parecía importante recibir a los movimientos sociales – los que querdaran y no fueron cooptados por el gobierno. Mientras hacía amplias concesiones a sectores como la bancada ruralisra, para garantizar el apoyo en el Congreso, y dejó eareas consideradas menos estratégicas para ser ocupadas por políticos de la estirpe de Marco Feliciano, la presidente visiblemente se irritaba con los pedidos de audiencia y las reivindicaciones de los movimientos sociales. Es algo de su propia personalidad, como ya quedó claro, pero sería injusto creer que es solo una elección – o limitación – personal de la presidente. La exiguidade creciente d elos canales de interlocución con la sociedad se deben también a una arrogancia del PT, como partido en el poder. Confiada de que la popularidad tanto de Lula como de Dilma sería mantenida por los beneficiarios de los programas de transferencia de ingresos como la Bolsa Família, como de hecho se ha demostrado hasta quí, así como por la inclusión real e importante de una parcela significativa de la población en la última década, el PT parece haber creído que no necesitaba más ni oír ni negociar con los movimientos sociales. Así como tal vez se haya preocupado menos de lo que debería por la necesidad de contratar militantes en las últimas campañas electorales, justo él que solía poner una masa roja y convencida en las calles. Si la población más pobre y desorganizada, que el politólogo André Singer denomina el “subproletariado”, había pasado a garantizar las urnas, ¿para qué cansarse con las reivindicaciones de los movimientos sociales, generalmente en nombre de banderas históricas del partido? Al elegir con quién tenía que negociar y con quién no era más necesario negociar, el PT se alejó de sus aliados fieles, así como de sus bases tradicionales. Al hacer crecientes concesiones a los nuevos e inconstantes aliados, moviso por intereses muy divergentes de lo que el PT defendía en un pasado bastante reciente y que cambian de lado en un segundo según conveniencias privadas, desagradó a una parte de la sociedad que históricamente estuvo de su lado. Siempre en nombre de la “gobernabilidad”, paraguas que supuestamente haría todo no solo justificable sino también aceptable. Es verdad que la máxima de que “los fines justifican los medios” fue adoptada por todos los partidos en el poder desde la redemocratización, pero también es verdad que del PT se esperaba más. Y de quien se espera más, también se pide con más vehemencia. No sé afirmar en qué medida esto influenció en el movimiento de las calles, solo decir que es una pista para tener en cuenta en el intento por comprender el fenómeno, ya que el partido de las calles se descubrió apartado de las calles.  Y sospecho que no es apenas por la ignorancia de los jóvenes sobre la historia del país y del lugar del PT en esta historia. Incluso porque fue el PT que muchas veces antes se olvidó de su propia trayectoria. Y se esforzó para que la olvidáramos. Ni por un segundo creo que el lugar descalificado de la política convencional y de los partidos en el imaginario de los manifestantes en las calles sea responsabilidad del PT. Ningún partido político escapa de compartir la responsabilidad por la descalificación de la política, y algunos posiblemente tengan cuentas más grandes que acertar con la sociedad.

No es de hoy que las calles vienen expresando su descontento, su sensación de no ser parte de las decisiones tanto de los gobiernos como del legislativo, ya que el voto es fundamental, pero no puede ser el único instrumento de participación en una democracia. Al comienzo de este año 1,6 millones de personas firmaron la petición “¡Fuera Renan!”, el hombre que salió del Congreso por la puerta de atrás para no ser cassado por corrupción, y volvió como presidente del Senado. Esta y tras manifestaciones fueron poco escuchadas o incluso puestas en ridículo como “cosas de activistas de sofá”. Se olvidaron de darse cuenta de que las calles virtuales son bien reales. Lo que era virtual, en el sentido de apartado de la realidad, tal vez fuera la propaganda de un Brasil próspero y feliz, con deseos restrictos a bienes de consumo. Es triste la expulsión de manifestantes con banderas de partidos en las protestas del jueves (20 de junio). Concuerdo que es autoritaria, violenta y estúpida. Así como es triste el ataque a los edificios de las instituciones, en la medida en que incluso los deseos más dispares expuestos en los carteles de los manifestantes solo podrán realizarse con el fortalecimiento de las instituciones, y no con su destrucción. Pero hay que reconocer que quien primero descalificó los partidos y las instituciones fueron sus propios miembros. La crisis de representación expresada por los manifestantes en las calles hace mucho que viene siendo exhibida en las redes sociales a través de la frase “Fulano no me representa” o “Beltrano me representa”. En el pronunciamiento del viernes (21/6), Dilma Rouseff dijo que era necesario “oír la voz del pueblo”. Las próximas semanas mostrarán si Dilma cree que es necesario oír la voz de las calles, o cree apenas que debe decir eso para detener la pérdida de popularidad y no comprometer la reelección. Lo mismo vale para gobernadores e intendentes de todos los partidos. (Paréntesis. Hay una ironía irresistible en esta historia. Lula presentó a Fernando Haddad como “el nuevo” en la campaña para intendente de São Paulo, y funcionó. Lo bueno era lo “nuevo”, era lo “nuevo” lo que el pueblo quería, lo viejo no servía para nada, incluso porque implicaba responder por una historia, mientras que en lo nuevo  la historia estaba por ser escrita y en el papel en blanco cabe todo. Este truco marquetinero   arregimentou adeptos y hay muy pocos políticos con rodado que se lance como “nuevo” por ahí. Bien, lo “nuevo” finalmente se presentó en las calles de la ciudad. ¿Y ahora?).

4. Lo que es Copa, lo que es fútbol – lo que es de ellos, lo que es nuestro

Una pequeña escena de la periferia de São Paulo puede darnos algunas pistas sobre las manifestaciones contra la Copa del Mundo en la “patria de los botines”. A las 23 horas del miércoles (19), el poeta Sérgio Vaz izó la bandera de Braisl en el bar Zé Batidão, en la Zona Sur de la capital paulista. Era el cierre del que quizás sea el mayor sarau de poesía del país, la Cooperifa, frecuentado por gente de las quebradas o por algunos alumnos de la red pública de la región. Ese miércoles en particular, algunos de los poetas más jóvenes estaban roncos de tanto gritar en las marchas. Vaz subrayó lo que ya había dicho en el sarau: “Estamos izando la bandera del Brasil en el fútbol no por la Copa de las Confederaciones, no por la victoria de Brasil en el fútbol sino por la conquista del pueblo en las calles”. Era una escena pequeña que componía el panel – multifacético y polifónico- de un gran momento. Su fuerza es que horas antes Neymar había hecho un gol espectacular y había dado un pase para un segundo gol contra México, pero eso era menos importante. Lo que se había vuelto digno de conmemoración había sucedido algunos minutos después del final del juego: el anuncio del gobernador Alckmin y el intendente Fernando Haddad de la reducción del valor d elas tarifas de transporte público, para atender al clamor del pueblo en las calles. Vale la pena reservar un párrafo a la descripción del lugar en el cual se desenvuelve la escena. Al fondo del bar, sobre una biblioteca de libros en que se mezclan cleasicos del canon con novelas románticas de puesto de diarios, están los orgullosos trofeos de “7 Velas Caveirão”, equipo que fue apoyado por el minero Zé Batidão, el dueño del bar. Sérgio Vaz soñaba mucho antes de ser poeta, con ser crac de fútbol. Buena parte de los que allí son eran hinchas fanáticos o casi. Entre los programas de la Cooperifa estea un intercambio con equipos de fútbol de pelada: a cambio de uniforme, los jugadores llevan a sus familias para escuchar desde rap hasta a Castro Alves los miércoles. F´tbol y poesía, allí, habitan la misma palabra. Pero así y todo fue necesario decir que el gol de Neymar no estaba en esa bandera de Brasil, en el momento en el que el pueblo se la reapropiaba. Al negar la importancia de la victoria del Brasil en el juego de la Copa de las Confederaciones, lo que se afirmaba era exactamente lo opuesto al fútbol como algo del pueblo: y no del Estado, ni de las empresas de construcción que expulsan a la población y destruyen favelas para construir estadios. Al recusar el costo social de la Copa es el fútbol lo que se afirma. No el fútbol de los cartolas, de las cuadrillas, de los contratos millonarios y de los jugadores movidos por cifras enormes, sino el fútbol como elemento constitutivo de identidad, en el momento en que esa identidad gana fluidez y contornos indefinidos en las calles del país. No creo que las protestas hayan sido planeadas par ala Copa de las Confederaciones, por lo menos en la medida en que nadie podría prever la proporción que tomaron. Pero tampoco creo que el momento sea apenas una coincidencia. Todavía vamos a necesitar comprender mejor el lugar del fútbol y de la Copa en esta convulsión de las calles. Cuando soñó con la Copa del Mundo en Brasil, Lula posiblemente pensó con la cabeza de la década de los 70, con la simbología de la dictadura que marcó su época de juventud y la de tantos otros. Pero al recusar el costo social de la Copa, el pueblo quizás estuviera diciendo: “La Copa del Mundo no es nuestra; el fútbol sí”. (Paréntesis. Sérgio Vaz todavía recuerda, con su ironía certera: “Aquí en la periferia las balas siguen siendo de plomo. Estamos reivindicando la evolución hacia las balas de goma”.)

En su crónica de la semana pasada, en la Folha de São Paulo, el excelente Antonio Prata hizo la síntesis precisa de este momento: “Seamos francos, compañeros: nadie está entendiendo nada. Ni la prensa ni los políticos ni los manifestantes, mucho menos este que les escribe y viene, humilde o pretenciosamente, exponer su perplejidad e ignorancia”. Dese entonces, se volvió casi un estilo comenzar un artículo diciendo que “nadie está entendiendo nada de lo que está pasando”. Algunos con sinceridad, otros como mote para decir que él o el vehículo que representa, sí, está entendiendo algo. A los que hacen esta afirmación con sinceridad, me gustaría decirles que estoy de acuerdo. Me gustaría decirles también que siempre fue así. Toda reflexión sobre la historia en movimiento es un esfuerzo para comprender el momento en el cual estamos todos tanteando a partir de referencias del pasado e investigaciones del presente, siempre fragmentadas, incompletas e insuficientes, por más grande que sea nuestro empeño. Lo que le ofrecemos al lector son nuestras mejores y más profundas dudas. Y es con dudas que vamos construyendo la narrativa compleja de lo cotidiano. El riesgo sería, con miedo de la ruptura también en nuestros padrones de pensamiento, repetir certezas viciadas para no oír lo nuevo. Si existe una potencia posible, ella se da en el coraje de sustentar nuestras incertezas. Una de las mejores frases para estos días sin nombre fue posteada por el poeta Carlito Azevedo, en Facebook:  –Quien no esté confundido, no está bien informado.

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Original en portugués: http://revistaepoca.globo.com/Sociedade/eliane-brum/noticia/2013/06/protestando-duvidas.html

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