Papeles Sueltos

ENTREVISTA| RONALDO CORREIA DE BRITO

Por Rogério Pereira para Jornal Rascunho

Trad. Julia Maciel [Selección]

.

Ronaldo Correia de Brito respondiendo las preguntas de Rogério Pereira. VIII Bienal Internacional do Livro de Pernambuco. Foto: Társio Alves

Ronaldo Correia de Brito respondiendo las preguntas de Rogério Pereira. VIII Bienal Internacional do Livro de Pernambuco. Foto: Társio Alves

El 23 de septiembre de 2011 el Paiol Literario –proyecto promovido por Rascunho junto con la Fundação Cultural de Curitiba, o Sesi Paraná y la Fiep – recibió al escritor Ronaldo Correia de Brito. Nacido en Saboeiro (en el estado de Ceará) en 1950, es médico, dramaturgo y escritor. Autor de los libros Faca (2003), O libro dos homens (2005) y Retratos inmorais (2010), entre otros. Su novela Galiléia (2008) ganó el Premio São Paulo de Literatura y fue traducido al francés y al español [Galilea, por Adriana Hidalgo, con traducción de Claudia Solans]. Para teatro escribió Baile do menino Deus, Bandeira de São João y Arlequim. En la charla –una edición especial del Paiol Literario en la VIII Bienal del Libro de Pernambuco– mediada por el periodista y escritor Rogério Pereira, Ronaldo Correia habla sobre su trayectoria como lector y escritor, pasando por sus años de escriba en el sertón de Ceará y por la juventud inmersa en los libros a una opción consciente por la palabra escrita, hecha de la busca por la “veta más pura” e influenciada tanto por el mundo arcaico del sertón como por el contemporáneo. Lea a continuación los mejores momentos de la charla.

 .

Llenar las faltas

¿Por qué la literatura es importante? Porque tenemos que leer. No concibo mi vida sin libros, no podría imaginarla. Rebeca, personaje de Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, anda con un baúl con los huesos de la familia. Creo que los libros son mis huesos. Siempre estoy llevando una bolsa o una caja o algo con libros. Los libros son una presencia física, una extensión mía. Los libros pueden llenar todas las faltas de nuestras vidas. La historia personal es muy incompleta, muy fragmentaria, muy llena de hiatos y agujeros. La mía, por ejemplo, tiene un verdadero agujero negro, que además de ser grande también hace desaparecer muchas cosas, las consume. Y el deseo, nunca cumplido. Creo que los libros pueden ocupar ese lugar de la falta. Ellos vienen justamente para completar mi historia fragmentaria en lo que ella tiene de parte, de simple retazo. La literatura puede – en la vida de cualquier individuo, no solo en la mía– ocupar ese espacio, llenar esos agujeros, esas faltas.

Diploma de lector

Es muy curioso cómo somos cooptados para la literatura. ¿Cómo la literatura nos agarra? Mis padres en mi formación. Ambos son fundamentales para que me gusten los libros. Pero las historias de mi padre son quizás las más dolorosas, las más tristes. Su hermano mayor había ido a la escuela y sabía leer, mientras que mi padre no, entonces no podía leer. Mi tío, que se llamaba Raimundo Leandro, se iba por las noches para salir con chicas en la ciudad y cuando volvía, llegaba en el caballo, que necesitaba que lo llevaran a pastar. El lugar quedaba muy lejos; yo conocí esa hacienda y sé cuán lejos era. Mi padre era un niño, era mucho más chico, y aceptaba llevar el caballo atravesando una distancia enorme, quitarle los arreos, la silla de montar, hacer todo ese trabajo, soltarlo en el pasto y volver. Y su recompensa era que mi tío le leyera algunos libros, algunas historias. ¿Qué es lo que hacía que mi padre, un hombre de campo, un trabajador del campo, un joven que vivía el día a día del campo, como montar animales, limpiar arroz, pastorear el ganado, deseara leer libros o escucharlos? ¿Qué es eso? ¿De dónde vienen esa falta, ese deseo, esas ganas? Mi madre era profesora en la hacienda de mi abuelo y mi padre, con diecinueve años, se enamora de ella, de la profesora. Mi madre se enamora de él, los dos tiene diecinueve años, se casan y se van a vivir al sertón. Mi madre lleva una caja de libros: gramáticas, libros de historia, de geografía, de matemática. Y uno titulado La historia sagrada. Entonces mi padre comienza un proyecto personal de educación con los libros. Estudia aritmética, geografía. Uno de los recuerdos más fuertes que tengo de mi padre es cuando al caer la noche –lo que llamábamos la “boca de la noche”– él encendía una lámpara de aceite sobre la mesa, se sentaba con los libros, y cuando amanecía se levantaba, se lavaba la cara y comenzaba el trabajo. Pasaba toda la noche leyendo, leyendo toda la noche. Mi padre tiene todo este proceso de autodidactismo. Y ustedes saben que todo hijo desea ser un poco como el padre. Entonces yo también quería ser tan lector como él. Tanto que mi graduación de lector ocurre cuando leo ese libro familiar La historia sagrada, un libro que era siempre leído. Mi padre escoge un fragmento de José en Egipto y me manda que lo lea en voz alta para la familia. Yo leo, y entonces él me dice: “A partir de hoy no necesitas más que yo te lea. Ya eres un lector. Ya sabes leer.” Yo tenía siete años. A partir de ese momento comienza mi vida.

Educación en pedazos

Vivíamos en el sertón. Era el sertón de Ceará, tal vez uno de los más inhóspitos del Brasil, el Sertão dos Inhamuns. Llego a Crato con cinco años porque mi padre tuvo la brillante idea de que “bueno, esos niños son inteligentes” –ya éramos cuatro hijos–  “tienen que irse, no voy a criar hijos para montar animales, ellos no van a criar ganado, no van a plantar, la tierra no tiene más futuro, ellos van a ser todos médicos, abogados, militares”. Esa era su idea. En Crato, entonces, empiezo a frecuentar las bibliotecas municipales, que eran muy precarias. Imagínate que lo mejor que había en la biblioteca municipal y en la de la diócesis era Grandes novelas del cristianismo. ¡Dios mío! Había mucha sangre, mucho martirio, mucho drama. Perseguidores y mártires, Quo Vadis, Padre Fallot, Lucíola, La cabaña del Tío Tom… Entonces qué sucede: comienzo a frecuentar la biblioteca de un primo y leo, de una sentada, toda la obra de Machado y de José de Alencar. Pero ocurre algo dramático. Nunca más pude leer ni a Machado ni a Alencar. Todavía leo cuentos de Machado. Pero nada más. Porque me leí todo, realmente todo, hasta los catorce años. En esa época leo también toda la obra de Monteiro Lobato, y sigo leyendo todo lo que había en esa biblioteca municipal y la diócesis. Después alguien me presenta la biblioteca de la universidad. Entonces, con trece a catorce años tengo acceso a la biblioteca de la universidad de Crato. Ahí puedo leer a los clásicos. Comienzo a leer a Shakespeare, los trágicos, Homero, comienzo a leer la literatura clásica. Hay una historia que aparece en Galilea y que todo el mundo piensa que es un chiste pero es verdad. Mi primo tenía una biblioteca en la hacienda. Era inmensa, inmensa, de altísima calidad. Y era un lugar en el que pasaba entre tres y cuatro meses por año. Solo que en esa biblioteca todos los libros estaban parcialmente comidos por polillas y termitas. De hecho, mi formación se hace leyendo esos libros de los que nunca supe el comienzo o el medio o el final. Leía pedazos de libros. Entonces, mi educación está hecha completamente por pedazos. Si ya soy un individuo proclive a los fragmentos –Retratos inmorais es un libro de veintidós fragmentos de cuentos, es una locura– es porque la verdad creo que mi formación culta, mi formación erudita, se da desde el inicio de esa manera.

El escriba

Conversando con Avelina [su mujer], llegué a la conclusión de que siempre tuve un proyecto de escritor, prorrogado, pero siempre lo tuve. Siempre supe que sería escritor. Comienzo como escritor muy, muy temprano. Mi madre era profesora y vivíamos en un mundo muy iletrado, en un mundo de personas que no sabían leer ni escribir. Entonces nuestra casa se llenaba de gente de todos los lugares, sobre todo del interior, que venía a pedirle a mi madre que le escribiera cartas. En aquel tiempo, mucha gente viajaba a São Paulo, Brasilia, Fortaleza, Recife y no había teléfono, no había e-mail, ni celular, no había nada de eso. La forma de comunicación era realmente la carta. Si se trataba de un lugar más cercano, se mandaba un mensaje por radio. Alguien lo oía y lo transmitía para la persona. En una época más remota, cuando vivía en el sertón, los guitarristas salían con mensajes, sin saber siquiera dónde iban a encontrar a esa persona. El mundo en el que nací y me crié era muy medieval, estaba muy aislado. Entonces, ¿qué sucede? Nuestra casa pasa a ser el lugar buscado para escribir cartas. Mi madre, además de todas las ocupaciones que tenía, escribía cartas. Entonces tuve que ocupar el lugar de mi madre porque ella estaba muy ocupada. Una persona llegaba y el método era el siguiente: la persona se sentaba a un lado de la mesa y yo me sentaba con el papel, la lapicera, un tintero, y le preguntaba: “Dígame, qué quiere que cuente en esta carta? Entonces la persona comenzaba a llorar, “Ah, mi hijo viajó y quedó en mandar noticias pero no nos mandó nada” o “Mi marido quedó en mandarme dinero y se olvidó de nosotros, hace tantos meses que no vuelve a casa”. En suma, hacía un relato generalmente dramático. Ya había una técnica, un comienzo y final estándar. Escribía la carta y luego se la leía a la persona. Esos son mis primeros escritos. Comienzo como un escriba, realmente, como en Egipto, en Palestina, como en la Mesopotamia. Comencé muy temprano a ser escriba. Después empiezo a escribir cartas de pedido de casamiento, de compromiso, fin de casamiento, amenaza de muerte – “¡Voy a vengarme!”–, cobro de dinero. Entonces comienzo a escribir discursos, redacciones… En suma, voy cada vez más escribiendo para las personas. En la escuela escribo diálogos, que eran sketches representados. Era uno de los grandes escribas de la escuela, del grupo, vivía escribiendo. A los dieciséis años con un compañero adapto Vidas secas, de Graciliano Ramos. A partir de ese momento me vuelvo dramaturgo. Después comienzo a escribir mis propios textos. Imagínate qué osadía y qué fracaso fue esa adaptación de Vidas secas para el teatro.

Obsesión por la palabra

Últimamente descubrí que siempre he preferido más escribir. Me gusta hablar, pero he descubierto que prefiero escribir. Creo que cuando escribo tengo menos oportunidad de equivocarme. Y tengo menos oportunidad de equivocarme justamente porque puedo corregir obsesivamente. Puedo corregir, corregir, corregir…. corregir mucho. Y quizás ni publicar. Vengo de un mundo de saber oral, del legado de la palabra oral, en el que todo era transmitido oralmente. Las bibliotecas eran bibliotecas humanas, eran saberes guardados dentro de individuos. Sin embargo, sé que hoy en una opción consciente, en una opción madura, he preferido la escritura, me ha gustado quedarme trabajando la palabra. Entonces, si no encuentro la frase, no comienzo el libro. Si no encuentro el nombre del personaje, no comienzo el libro, no comienzo el cuento. Si no encuentro la palabra exacta, soy capaz de quedarme un día o seis, ocho horas, yendo y viniendo hasta encontrar esa frase, entonces siento un alivio. Yo no sé qué es eso. Es una enfermedad, una obsesión. Escribir es cavar. Tú cavas, cavas, cavas… para ver si encuentras allá en el fondo lo que estabas buscando y para ver si encuentras sin falsificaciones, si encuentras la veta más pura, más “descontaminada”.

Trastornado

No soy un escritor satisfecho. Sinceramente, nunca estoy satisfecho. Es muy peligroso un escritor satisfecho. Sin dudas, uno acaricia aquello que uno hace como quien toca la cabeza del hijo. Creo que en parte uno hace eso con la propia literatura. Pero el escritor debe mantener un extrañamiento en relación con la propia obra. Es fundamental que el escritor nunca deje de tener un extrañamiento con lo que hizo, lo que creó, para que pueda siempre estar inquieto, ser siempre un trastornado en busca del trastorno.

Literatura de riesgo

La novela hace posible trabajar con personajes. Lo descubrí ahora en mi nueva novela. Hay un personaje con el cual pude ir, ir y seguir yendo lejos. Pude ver que el cuento no nos da esa posibilidad, y me dio tristeza. Pude ver que en la novela puedes hacer viajes, grandes viajes verticales – para arriba, para abajo, para los costados– con los personajes. Lo que no siempre es posible en el cuento. Por eso el cuento necesita tanta concentración. Es tan conciso, es tan una golpe –en la cara–, que el lector tiene que estar firme para aguantar y poder captar lo que el cuento quiere decir. En la novela no, puedes divagar, mantener una atención divagadora, no leer, olvidar, adelantarte, saltear páginas… Y es el personaje quien nos ayuda en ese viaje. Pero en el cuento no. No se puede perder tiempo. Ni el lector puede perder tiempo. A la vez, tanto en la novela como en el cuento, trabajo con la historia narrativa; es fundamental para mí contar buenas historias. Tengo un proyecto de lenguaje. Soy un escritor que está siempre inventando cosas con la escritura. Por ejemplo, Retratos inmorais son veintidós relatos, veintidós experiencias diferentes con la narración. Estoy siempre inventando modos de narrar, modos de desequilibrar al lector. Creo que, además de contar una buena historia, me gusta experimentar con el lenguaje. Me gusta al lector, me gusta que el lector piense que voy por un lado, y yo voy por otro. Por ejemplo, quien lea mi próxima novela pensando que leerá Galilea, está equivocado. Es un libro que no tiene nada que ver con Galilea. Me gusta correr el riesgo, me gusta mucho correr el riesgo. Lo más peligroso es un escritor que descubre pequeños trucos, ciertos trucos, y permanentemente apuesta por esos trucos.

Grandes dramas

No soportaría la literatura en mi vida sin el ejercicio de la medicina. De ningún modo. Tanto que ya podría jubilarme y sé que no voy a jubilarme de mi profesión de médico. No lo haré, es una decisión ya interna. Siempre que pienso en ello, me deprimo. No puedo, no puedo. Me gusta ser médico. La medicina para mí no es un trabajo, es una elección de vida. Sé exactamente en qué día de mi vida decidí ser médico. Sé que pasé la noche sin dormir, que pasé la noche aterrado. Me gustaría decir algo, tal vez lo más sincero que podría decir: todos los días, cuando entro en el hospital, el gran aprendizaje diario es ver que mi vanidad, mis conquistas, esas cositas, todas ellas, son insignificantes delante de los grandes dramas, de los grandes sufrimientos, de la gran miseria que acompaño diariamente, de grandes, grandes dolores. Me recuerda exactamente un pasaje de Crimen y castigo, de Dostoievsky, cuando Sonia le cuenta su historia a Raskolnikov, que está en el auge del delirio por el crimen que había cometido, y él comienza a llorar, se arrodilla a los pies de Sonia, y llora. Ella no entiende; es una prostituta y no entiende cómo él puede arrodillarse a sus pies. Entonces él dice: “Me arrodillo, en verdad, ante todo el dolor humano”. Entonces, aunque yo tenga que administrar dramas sucios, grandes problemas políticos, grandes cuestiones administrativas, todos los días alguien me cuenta una historia. Todos los días. Y puedo todos los días escupir esa vanidad, pero escupir en serio, con gusto, un gran escupitajo, y puedo arrodillarme ante algún drama mucho mayor que el mío. Mucho, mucho mayor que el mío.

__________________________________________________________________

Agradecimiento

.

 

 

.

LEER LA ENTREVISTA EN PORTUGUÉS 

Anuncios