Papeles Sueltos

ANDRE D E L E O N E S

André de Leones nació en Goiânia en 1980.

Publicó varios libros ya, todavía no traducidos al español, que llevan estos grandiosos títulos:

Hoje está um dia morto (2006, ganadora del premio Sesc de Literatura 2005), Paz na terra entre os monstros (cuentos, 2008), Como desaparecer completamente (2010), Dentes negros (2011) y está por publicarse su última novela Terra de casas vazias.

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Sobre Dentes negros

por Juliana Krapp

 

En un futuro impreciso –pero que de tan opresor nos parece muy próximo– una enfermedad misteriosa acaba con parte de la población del Brasil. En pocas horas, se extinguen familias enteras. La Calamidad, como se lo nombra al fenómeno, deja un rastro de ciudades fantasmas y de cadáveres con los dientes ennegrecidos, un enorme desierto que se extiende por el Norte, el Nordeste y el Centro Oeste del país. Tiempo después, en una mesa de bar de São Paulo, empleados de una emisora de televisión se reúnen en un happy hour. Un encuentro banal, que desencadena el enredo de dos jóvenes, ensombrecidos por la angustia de sus pérdidas y sus memorias. Sobrevivientes de diferentes tipos de tragedias, Hugo y Renata son los personajes que abren Dentes negros, nueva novela del goiano André de Leones. La trama, sin embargo, no se limita a esta dupla: en un paseo con aires cinematográficos, con cortes difusos y narraciones entrecruzadas, entran en escena otros sobrevivientes. Sobrevivientes no solo porque superaron la calamidad, sino, sobre todo, porque cargan el sino de una mirada hacia la nada. Sobrevivientes, al final, como son los personajes de De Leones, cuya prosa camina, siempre, próxima a los abismos de la melancolía. Ante una desconocida existencia posapocalíptica, los protagonistas de esta novela corta y concisa son, antes que nada, seres envueltos en un tipo muy particular de soledad. Dientes negros, en conclusión, no narra el apocalipsis, y sí algo tal vez todavía más perturbador: lo que viene después. Los meandros del vacío, donde tanto el pasado como el futuro permanecen en suspensión, alegorías inalcanzables y enigmáticas. La Calamidad es un escenario, un punto de partida. Pero la materia prima de la trama es una angustia esencialmente contemporánea, calcada de los conflictos más ordinarios del día a día, de la violencia y de los afectos que brotan donde menos se los espera. Para mostrar la tragedia, la cámara del autor persigue la banalidad siempre perversa de los días. En esta novela, la prosa rápida que marca la obra de De Leones tiene la compañía de las fotos blanco y negro de Lívia Ramírez. Evidencias de paisajes desiertos, como parches de recuerdos deshabitados, las imágenes sirven de comentarios visuales, inusitadas provocaciones. Y, así, arrojan luz a esta historia que crea una tonalidad originalísima entre la desilusión y la posibilidad de reencantamientos siempre nuevos. 

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