Papeles Sueltos

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Carmen elige el nombre de Alberto y así soy bautizado. Grita mi nombre, ríe, abraza mis hombros, babea cerveza, el vestido negro le cae por los brazos. Decide meterse en el agua. Me siento en la arena. Las gaviotas rompen las olas mientras me olvido de todo y sólo alcanzo a pensar en cosas simples y pequeñas, en frases cortas o palabras simples, como granos de arena y piedras en el mar. Carmen desaparece de mi vista y de mi pensamiento. Mientras el mar revuelto la lleva, sonríe, levanta los brazos, juega con las olas que la arrastran. No hay nadie cerca. La playa hace silencio y los edificios, grandes testigos callados, miran inertes el fondo del escenario gigantesco dibujado por el horizonte. Carmen está cada vez más perdida en el mar que la traga mientras escupe débiles olas en el escenario de este teatro vacío.

Nadie está con Carmen, que se sumerge entre las olas bajo la luz reciente del sol. Nadie se preocupa por Carmen. El agua salada comienza a entrar en la boca. Quizás Alberto se haya preocupado, un día. Carmen está casi allí, no lucha más contra el mar. Quizás.

Mientras veo la noche disipándose en Copacabana, pienso simplemente dejarla morir.

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