Papeles Sueltos

ANA PAULA MAIA | ENTRE RIÑAS DE PERROS Y CERDOS MUERTOS

[Fragmento]

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No te metas con los cerdos que no te pertenecen

Pedro permanece agachado en los fondos del mercadito, acariciando al cerdo que espera para ser sacrificado, mientras Edgar Wilson, inclinado sobre la ventanilla de la camioneta resuelve algunas cuestiones pendientes.

— Voy a repetirlo por décima vez: yo estaba esperando dos cerdos— le dice Edgar al conductor de la camioneta.

— Pero ese cerdo vale por dos.

— Nada de eso. Yo necesito dos cerdos. Eso fue lo que acordamos. A mi patrón no le va a gustar nada, nada de eso.

— Perdimos uno de los cerdos viniendo para acá. La ruta tiene muchos pozos.

—¿Cómo que perdieron uno de los cerdos? Un cerdo no es ninguna menudencia como para perderlo. No puedo responsabilizarme. Necesito los dos cerdos.

— Te traje un cerdo bien grande. Usa ese.

El hombre arranca con la camioneta, dejando a Edgar con polvo en los ojos.

* * *

— Pedro, basta de besar al cerdo y toma ese cuchillo—  dice Edgar Wilson, que enseguida enmudece y solo piensa en la estafa de los dos sujetos. Si no llega a encontrar una manera razonable de resolver esta situación, tendrá que poner de su bolsillo. Con el salario que gana, no sobraría mucho para fin de mes.

Pedro señala algunos menudos dentro de un pote sobre la mesa.

— Cuando abrí a Tinho, había menos cosas adentro.

— Eso ahí era un cerdo robusto, no el flacucho de Tinho. Sólo debía tener viento en la barriga —gruñe Edgar, recogiendo algunos ganchos sobre la mesa.

—Y una rana.

Edgar mira a Pedro unos instantes, pensativo.

— Una rana, sí señor. Y estaba viva. — enfatiza Pedro.

— ¿En qué mundo vivimos?

Edgar Wilson toma el hacha tirada en el piso. Pedro le trae el cuchillo y se queda a su lado.

— El desgraciado tenía una rana viva en la barriga, perro de mierda.

— ¿Y qué hiciste con la rana?

— Decidí criar a Gilda en cautiverio.

Edgar ordena que Pedro ponga el cuchillo en el piso y agarre al animal. Pedro se acerca al cerdo, que se le zafa de las manos.

— No dejes que se escape— grita Edgar.

— Se asustó con el cuchillo — Pedro replica, mientras corre atrás del cerdo.

El animal se retuerce desesperado, corriendo angustiado, se choca con la mesa con el pote de menudos y tira todo al piso. Uno de los ganchos dejados en la mesa por Edgar cae sobre el animal y se clava en su rosada carne, enterrándose en una de sus costillas. Aun así, el animal logra huir por la cerca de alambre de púa, y, aunque se cortajea, se comprime y, poco antes de atravesar, el gancho se prende a la cerca, y los graznidos de dolor y angustia se hacen cada vez más altos. Con ciudado, Pedro intenta soltarlo de la cerca, el cerdo siente el calor de Pedro en su pescuezo y se pone más arisco. Logra liberarse de la cerca, cuando el gancho rasga su carne y expone una costilla suculenta. Tanto Edgar Wilson como Pedro tienen que saltar la cerca de alambre e invadir el terreno del vecino. El cerdo corre en dirección a las gallinas que cacarean aleteando y Edgar Wilson se detiene cuando una se lanza hacia él. Grita sacudiendo los brazos y salta nuevamente la cerca de alambre de púas, que rasga sus pantalones. Pedro alcanza al porcino que pernea y lo trae de vuelta, riéndose de Edgar escapando de las gallinas.

—  ¿Qué es eso Edgar… miedo a las gallinas?

— ¡Cierra la boca y trae ese maldito cerdo! — responde, mientras se recompone.

— Nunca vi un animal tan desesperado— comenta Pedro.

— Yo sí— responde Edgar.

Edgar Wilson sufre un raro tipo de aversión irracional, desproporcional, mórbida y persistente a las gallinas. Eso lo avergüenza mucho y lo guarda en secreto.

Pedro sostiene el cerdo firmemente, mientras Edgar Wilson toma el hacha.

—  No lo dejes escapar de nuevo — rezonga Edgar, que enciende un cigarrillo, para enseguida suspender el hacha. Se detiene en el aire y una arruga de duda surge en su frente. Baja los brazos y contrae los labios con una mirada inquisidora.

— ¿Para qué guardaste la rana?

—Gilda es una sobreviviente. Es increíble cómo una criaturita tan pequeña tiene tanta voluntad de vivir. Ella me da fuerzas— responde Pedro, contemplativo.

La respuesta le parece satisfactoria. Nuevamente suspende el hacha y da en la cabeza del animal, que cae para un costado soltando otro graznido horrible, casi definitivo, y un chorro de sangre sale disparado directo al ojo izquierdo de Pedro, que salta hacia atrás.

— ¿Sabías que tu hermano sabe que le falta el video de Chuck Norris?

Pedro tiene la visión borrosa por algunos instantes y va hasta el lavabo a limpiarse el ojo. Qué cerdo miserable, se queja todo el tiempo. Todavía doblado sobre el lavabo, pregunta:

— ¿Desaparecido en combate III?

Parado, Edgar Wilson mira al cielo, imaginando que si no hay una luna nueva suficientemente bonita, tal vez Chacal no tenga muchas chances de vencer.

—  Me parece mejor que tu amigo te lo devuelva— dice Edgar.

— Pero él viajó — responde Pedro, saliendo del lavabo con la vista recobrada.

— Trae ese cuchillo—  dice Edgar Wilson, que se seca el sudor de la cara y da una fuerte pitada antes de inclinarse sobre el animal.

— No sé cuándo va a volver y él no vive cerca. Habría que cruzar la ciudad prácticamente.

— Entonces tendrás que resolver esto. Él está buscando el video. A él realmente le importa esa película.

Con fuerza, el cuchillo agujerea mecánicamente el corazón del cerdo, que eyecta un poco de sangre debido a la presión. El teléfono suena de nuevo. Edgar piensa en lo porquería que está siendo ese viernes. Se limpia las manos en su delantal sucio y se levanta.

—¡Todavía está vivo!

— Va a sangrar hasta morir, el desgraciado. Máximo, cinco minutos. Después lo abrimos— dice Edgar Wilson.

— ¿Y yo qué hago?

— Recoge esos menudos.

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Traducción: Julia Maciel

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