Papeles Sueltos

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Despierto sobresaltado y busco a Alberto, como si pudiera certificarme de que la visión hubiese sido solamente un delirio de mal gusto. Voy al baño a lavarme la cara y, cuando salgo, Carmen me pregunta,

“¿Todo bien?”

Sí. Pago lo que tengo que pagar, me libero de la bata y en pocos minutos estoy andando nuevamente por las esquinas de la Avenida Atlântica, acompañado de Carmen, veinte años declarados. Pero debe tener diecisiete.

El crepúsculo ya se insinúa por encima de Leme y el cielo es cortado por manchas rosadas como los labios de Carmen, que, en un trance de anfetamina y alcohol, habla sin parar sobre su vida, de cómo entró en la profesión, de la adicción a los medicamentos y del departamento donde vive con tres amigas, grande, cómodo, a una cuadra de la playa, “¡En la Djalma Ulrich!”. Carmen entra en un furor loco y me pide más polvo, más cerveza. Paramos para comprar en un puesto. Yo me dejo llevar por la espontaneidad de la muchacha que me lleva de la mano como un niño lleva a su papá por una juguetería.

“Está amaneciendo, ¿no? Mirá, ahí se puede ver la luna y del otro lado ya está saliendo el sol.”

Canta alto y gira por la vereda, tropezándose con las piedras portuguesas hasta que se le quiebra el taco, finalmente decide andar descalza. Me arrastra hacia la arena, me lame la boca, balbucea cosas idiotas,

“Vos sos bueno para mí. ¿Cómo te llamás?”

Hoy elegís vos.

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