Papeles Sueltos

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LIGIA     (un cuento de Victor Heringer)

El Sr. Mendes cree que soy su mujer. Me habla como hablaba con ella, me dice “hijita” y “mi ángel”. La mujer, Lígia, murió hace veinte años. Y él sabía de esto hasta que cumplió 88 años.

Habíamos ido a su cumpleaños: una de las hijas, uno de los nietos (él tiene 1 hijo, 4 hijas y 4 nietos, ningún bisnieto) y yo. Cantamos, aplaudimos. El feliz cumpleaños retumbaba metálico en el departamento casi vacío. Ra-tim-bum… Nuestras voces y su voz, craquelada, tratando de seguir la música. El Sr. Mendes ya no tenía fuerza en las manos para aplaudir, ni la garganta podía ya producir una melodía, los pulmones débiles. Fue el nieto, veinte años, el que apagó las velas. Dos: 8 y 8. Triste, todo cumpleaños se confunde un poco con un velorio. ¡Bieeeeen!

Silencio. El Sr. Mendes sonrió, el nieto y la hija también, los tres por razones diferentes. Fui a buscar un cuchillo para cortar la torta diet. El Sr. Mendes preguntó con ese acento pedregoso que tiene dónde estaba Lígia. ¿Fue Lígia la que hizo la torta? ¿Dónde se metió Lígia? Yo estaba volviendo de la cocina hablando de cualquier cosa y la cabeza del viejo empalmó mi voz en la boca de la esposa muerta, mi cara en el recuerdo de la cara muerta. Me miró y abrió de par en par la dentadura:

Sr. M.: Ángel mío, ¿fuiste vos la que hizo la torta?

Nieto e hija dirigieron las cejas hacia mí: seguile el juego, es su cumpleaños y nadie quiere repetirle la noticia fúnebre, mucho menos “Mamá se murió hace dos décadas”. Dije que sí, que yo había hecho la torta, lo que no era mentira. El viejo soltó un ¡ah! y pidió una porción.

Desde entonces soy Lígia.

El Sr. Mendes quedó ciego del ojo derecho cuando era joven, pero ve perfectamente del izquierdo. No tiene problemas de audición. Casi no toma remedios: 1 por la tarde, 4 por la mañana y 4 por la noche. No está confinado a una silla de ruedas: de vez en cuando se levanta y camina por la casa apoyado en un bastón de caoba. Legítima, dice. Le gusta arrimarse al balcón para tomar sol.

Hasta llegar a los 88 años, el Sr. Mendes sabía muy bien que yo era un hombre llamado Alex, 33 años, barba espesa, pelo corto. Vi muchas fotos de su mujer, de vieja y de joven: no me parezco en nada a ella. No conocí a la muerta, nunca le oí la voz, pero estoy casi seguro de que no sonaba como la mía. Mi voz es gruesa y profunda. Puede que tenga algunos rasgos femeninos, pero el viejo ya habría hecho antes algún comentario si yo le parecía afeminado. Él detesta a los afeminados. No tiene problema con los homosexuales –suele decir eso cuando miramos juntos la tele– ¡pero no afeminado! La tele siempre está encendida en casa del Sr. Mendes.

Soy Lígia porque ahora soy Lígia. No tengo escapatoria. Lo negué tantas veces, el viejo lo renegó, yo lo recontra negué, él lo recontra negó tantas veces que lo que restó fue un cansado, claudicante, afectuoso: Sí, ¡soy Lígia! Soy Lígia…

Sr. M.: Lo sé, hija, no estoy tan viejo.

Hace tres años que conozco al Sr. Mendes. No tengo entrenamiento de enfermero. Sé hacer tortas diet porque lo aprendí en internet. No me pagan por cuidarlo. Vivimos en el mismo edificio, en la parte baja de Copacabana, yo en el 104 y él en el 404. Los demás departamentos están ocupados por prostitutas semi de lujo, estudiantes pobres, travestis y otros viejos, centenas, miles de viejos en Copacabana. Este es un barrio a la espera de la muerte. Todos estos viejos serán olvidados como los grandes ejércitos. ¿Quién sabe el nombre de los soldados que invadieron Polonia o de los que asaltaron la playa de Omaha? Por una coincidencia que ahora no viene al caso, fui a parar al departamento del Sr. Mendes. (Pausa) Empecé a visitarlo casi todo el tiempo.

El primer año fue de una vigilia muy larga: estaba seguro de que el viejo, 85 años, podía morirse en cualquier momento. Fueron meses de ansiedad. Muchas veces soñé que se moría y yo no estaba ahí para verlo. Un hombre debe presenciar la muerte de otro hombre, el instante exacto, por lo menos una vez en la vida. Si no, él mismo se vuelve un difunto que cree que es solo un truco de teatro.

Tengo muchas muertes en la memoria, pero las vi todas de lejos, por la pantalla de televisión. Cuando era más joven coleccionaba videos de accidentes, peleas callejeras, infartos súbitos en restaurantes, tiroteos. Compraba los videos en un puesto de diarios de la calle Sá Ferreira cuyo dueño también era coleccionista de violencias. En un estante alto, detrás de las películas y revistas porno, escondía un mundo: decenas de videos, sin caja y sin etiqueta, que le llegaban de manos contrabandistas. Grabaciones amateur la mayoría de los casos, aunque había películas de correspondientes de guerra, videos robados de los archivos de la policía y algunas joyas únicas: obras completas de asesinos seriales a los que les gustaba grabar sus crímenes, videos hechos por soldados en los campos de batalla, toda clase de perversión visual. Autopsias, torturas, acciones policiales desastrosas, violaciones, robos, secuestros, orgías desgraciadas, suicidios, venganzas.

Si un cliente desprevenido mirando revistas pornográficas se encontraba con las cintas y preguntaba qué eran, el diarero respondía que eran videocasetes vírgenes y que no estaban a la venta. Nosotros, los iniciados, conocíamos el código. Había un ceremonial que respetar: entrábamos en silencio y después de algunos segundos inmóviles, preguntábamos: “¿Por qué calle pasa el catorce cero cuatro?”, un colectivo que ya en aquella época no existía o no pasaba por Copacabana. Entonces el diarero decía: “Ese va a Pavuna” y mostraba el catálogo (un cuaderno escolar con el número 1404 estampado en la tapa), que estaba dividido en tres secciones: SEXO, MUERTE y MISCELÁNEAS.

Yo sólo compraba los videos de muerte. Un travesti al que mataban a tiros (los tiros en la cara maquillada) en Kansas, 1987. Un borracho tirado con una puñalada en el cuello, Nilópolis, 1991. Una embarazada que moría en el parto, gritos desesperados del marido (creo que Rusia, 1995). Un secuestrador con un tiro en la cabeza disparado por un francotirador, la sangre cayendo en la rehén, Georgia, 1994. Un hombre saltando de un edificio en Montevideo, 1996. Escenas de la masacre de Sook Ching, Singapur, 1942. Franz Reichelt lanzándose de la torre Eiffel en paracaídas y luego aplastado en el piso, 1912. Video nota suicida, adolescente de Nueva Jersey culpa a los padres y aprieta el gatillo, 1997. Video nota suicida, un joven de Santa Catarina se pinta los labios y toma veneno, 2000. Atropellamiento en Viña del Mar, 1989. Paliza en São Paulo, 1995. Un viejo muere serenamente en la cama de un asilo después de mandar un hola para el nieto, soldado en Irak (algún lugar de Inglaterra, 1990). VOZ FEMENINA: “Oh, my god! Grandpa! Ooooh, my god!”

Sigo guardando los videos hasta ahora, quince de ellos (en total, alrededor de 140 episodios), en un fondo falso de un armario. Pero no tengo cómo verlos. ¿Quién tiene una videocasetera hoy en día?

Hoy esas cosas las veo en internet. Como en mis tiempos de adolescente, miro los videos para tratar de adivinar el momento preciso en el que alguien se muere. ¿Cuándo se le nublan los ojos? ¿Cuándo se le ablanda la boca? ¿Cuándo ceden los músculos de las piernas? ¿Cuándo el sonido de los monitores hace piiiiii y lo que queda del corazón es una línea recta y verde sobre fondo negro? ¿Cuándo en la calle se deja de gritar? ¿Cuándo alguien se pone a rezar o a llorar? ¿Cuándo es que una persona se muere exactamente? ¿Cuándo apagan la cámara?

El último video que vi fue en YT. El título: “Muere con golpe en la cabeza en pelea callejera. ¡Escenas fuertes!” – In media res: un hombre flaquito, remera de fútbol (azul, número 10), cuchillo pescadero en la mano izquierda, enfrenta a dos gigantes, gordos. Un pedazo de palo en la mano de uno, nada en la del otro. El escenario: callecitas de barrio pobre y soleado. Al fondo, una casa pintada de rosa.

Los tres se estudian, pasos hacia delante, pasos hacia atrás. El flacucho de vez en cuando levanta la pierna de adelante como un boxeador tailandés, como un flamenco. La gente mira. Pasan motos. Gritos varios, espanto y gracia.

HOMBRES: ¡Salí de ahí! ¡Ehhh! ¡Ehhh! ¡Ehhh!

MUJERES: ¡Salí, salí! ¡Aaaah!

El flacucho desvía dos golpes saltando hacia atrás y se lanza contra el hombre desarmado. El hombre con el palo protege al compañero, el flacucho retrocede. El otro hombre gordo agarra un adoquín del piso y se lo tira. El flacucho salta como un tigre nuevamente hacia atrás y el del palo aprovecha el momento: uno, dos palazos al vacío, al piso, el tercero golpea el brazo del flacucho que ahora avanza nuevamente, cuchillo levantado, el otro brazo en alto, defendiéndose. Uno, dos palazos en la espalda del flaco.

Hombres: ¡Salí, negro! ¡Salí, negro!

El flacucho embiste, salta para tratar de clavar la hoja en el cuello del gordo del palo. Fue así que Aquiles mató a Héctor.

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Una moto pasa por delante de la cámara. El camarógrafo se desvía y sin querer apunta el lente hacia lo alto. Antenas parabólicas y cielo, cielo sobrevolando el cielo, azul, abierto, quieto. Unas nubes. Algunos segundos de la belleza más tradicional que existe y ahí abajo el flacucho corriendo, escapando. El golpe de Aquiles le falló.

Hombres y mujeres: ¡Ayyyyy!…. ¡Eyeyeyeyeyey!

Ya no lleva el cuchillo en la mano. Ahora tres hombres lo persiguen, otro gordo se les juntó a los dos primeros. El palo golpea contra el piso. Corre, otro golpe, llega a una esquina y duda, paso en falso y el gordo con el palo lo alcanza. Golpe en la nuca. El flacucho cae. De rodillas. Inmóvil. Un golpe más en la espalda. Gritos agudos. Todos se detienen a mirar. Al fondo, una casita amarilla. En la fachada se lee: “Materiales de construcción”. ¿Está muerto?

(Entra un chico. Unos once años. La mochila en la espalda, bermuda amarilla, camiseta verde musgo). El chico dice que no con el dedo a los tres matadores, que se van rápido pero sin correr. El chico observa el cuerpo caído, da una vuelta alrededor, se agacha para mirarle el rostro al flacucho. Hace señas con los brazos como quien pide al referí que toque el silbato apenas termina el juego.

Chico: ¡Se murió! ¡Se murió! – Fin del video.

Estos son tiempos de paz, nos dice la televisión. Mi generación no fue a la guerra, por eso no entendemos los poemas de la madurez. Por eso amamos la brutalidad de las cosas póstumas: no tenemos mucha intimidad con la muerte. Ese fue mi primer motivo para amar al Sr. Mendes. Él llegó a ver la Segunda Guerra Mundial. Sus arrugas son concretas como las ruinas de Europa, donde jugaban los muchachos que habían nacido en 1934. Los chicos de once, doce años invadían y conquistaban manzanas enteras bombardeadas, me contó. En 1945 y 1946 todo el continente estaba bajo el gobierno de los chicos. Pandillas de mocosos infestaban las ciudades destruidas. Él ya tenía unos veinte años pero a sus hermanos menores les encantaba encontrar ametralladoras y cañones abandonados en el bosque lindante a la quinta en la que vivían. Era una fiesta.

Cuando vino al Brasil, en los cincuenta, el Sr. Mendes se cambió el nombre. Lo supe recién en nuestro segundo año de amistad. Desembarcó en Santa Catarina pero enseguida se vino a Río. Trabajó en el comercio, no se plegó a la lucha contra la dictadura. Se casó con Lígia, tuvo hijos y, por último, dedicó todas sus energías a envejecer. No sé qué nombre llevaba antes de emigrar, nunca le pregunté.

Hoy, a tres años de haber estrechado lazos con el Sr. Mendes para ver su muerte, la idea de perderlo me desarma. A veces sueño con su funeral y me despierto medio muerto también.

El Sr. Mendes juega a la lotería dos veces por semana porque así se siente siempre a punto de algo grande. Dice que el Mega Sena lo obliga a uno a pensar en el futuro. En general soy yo el que va a la lotería. Apuesta siempre por los mismos números: 03, 04, 14, 27, 40, 41. El año pasado, acertó cuatro números y ganó seiscientos reales. Compartió el premio conmigo, que no tengo trabajo.

Hace cuatro meses que me volví Lígia. Todavía lo llamo “Sr. Mendes”, pero él oye otra cosa, quizás “hijo” o “Luciano”, que es su primer nombre. Lígia, la muerta, probablemente lo llamaría así.

Ya me acostumbré al cariño reumático del Sr. Mendes, los dedos nudosos de repente en mi cabeza, antebrazos, hombros. Los dedos parecen cuernos de alce, oscuros y torcidos. La tele está siempre encendida. Me sonríe y dice que siempre me amó. Los días de sol, cuando tiene la glucosa alta, me aprieta los muslos y susurra groserías en su idioma paterno. Ya no me molesta.

Los días que presiento que se va a morir, paso la noche en su departamento. Me hago una cama en el living, pero no duermo: me quedo al pie de la cama del viejo, vigilando su respiración. El Sr. Mendes dice que no sueña desde que perdió el ojo derecho. Era el derecho el que sabía soñar. El izquierdo no vio tantas cosas terribles, me dijo una vez. Nunca le pregunté qué cosas había visto el ojo derecho. Lo que vio el izquierdo yo ya lo sé: Río de Janeiro, la playa de Copacabana, Lígia.

La tele siempre encendida. Estamos sentados en el living, él en la silla de ruedas, yo en el sofá, mirando una telenovela. Afuera, Copacabana va bajando la noche. La ciudad es como los viejos, no tiene la suerte de morir joven. Va creciendo, hinchándose, creando callejones, verrugas cancerígenas, avenidas, pasajes, parrillas. Llega una hora en que hasta los habitantes más antiguos se pierden, como el Sr. Mendes se pierde en mí. Me mira y dice que soy más dulce que el azúcar. Hace años que él sólo puede tomar gaseosas light o café con edulcorante. No le respondo. Me rasco la barba y me quedo pensando en el azúcar. La tele siempre encendida. Los vecinos se quejan del ruido. Los extranjeros no se acuerdan, pero tenemos tanta sangre coagulada en el azúcar, tanto esclavo que perdió el brazo en la molienda, tanto sudor frío en nuestro caldo de cana. No sé si al Sr. Mendes le importa.

No sé cuál era su nombre de guerra. Ni cómo perdió el ojo.

Me imagino cómo se le habrán reído a aquel profeta que anunció que un día desaparecerían las senzalas porque las dietas del futuro aconsejarían reemplazar el azúcar por la sacarina.

Pánico. Luciano cierra los ojos y retiene la respiración por unos segundos.

Sr. M: (En un suspiro) Copacabana no termina nunca. Copacabana es el mundo, hija, no se acaba más: vamos caminando – ¿te acordás de cuando caminábamos? – caminando, caminando y llegamos al final de la playa y sin darnos cuenta estamos en el comienzo de la misma playa. ¿Te acordás? Dábamos la vuelta al mundo sin darnos cuenta. Como esa cobra que se come la propia cola, ¿cómo se llama?

Yo también suspiro, de alivio:

Yo: “Ouroboros”, señor Mendes.

Sr. M: Eso, uroboro. Copacabana uroboro… No sé lo que haría sin ti, mi ángel, sin ti sería imposible. Copacabana es el mundo entero. ¿Oís el taladro? El mundo entero está en construcción. Cuando terminen, nadie más va a poder salir, mi ángel (Pausa) mi copacabana.

Telenovela de las seis: ¡Vete que quiero darme una ducha! ¡Tú, tú eres el diablo! ¿Uñas rojas? Jaja.

Sr. M: ¡Jaja!

Yo: Voy al baño. Ya vuelvo.

Sr. M.: ¿Sale hoy el resultado de la lotería, hija?

Yo: Ya vuelvo, señor Mendes. Recién el miércoles.

Antes de ir al baño, paso por el cuarto del Sr. Mendes. Observo la cama matrimonial: ese fue el lecho de la esposa muerta y probablemente el lecho de su muerte. Es de caoba. El armario también es de caoba. Caoba legítima. Abro el armario. Mientras elijo, me muerdo suavemente el labio inferior. Conozco esta sensación, calor en el centro del pecho. Revuelvo el cajón, sé lo que estoy buscando. El viejo guardó toda la ropa de Lígia.

 

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Figura en el espejo: ¿Te acordás de la primera vez que te pusiste un corpiño de tu mamá? Estabas solo en casa, hijo único de padres trabajadores. Tenías diez, once años. Curiosidad natural, pero hay que ser rápido, pueden llegar en cualquier momento. Abriste el cajón de mamá como el más horrendo de los crímenes y elegiste apurado una bombacha y un corpiño. Blancos. Saliste corriendo y te encerraste en el baño. Un baño como este, beige e iluminado.

Un nene de diez u once, te miraste en el baño y te sacaste la ropa. Natural. Te pusiste la bombacha. Te abrochaste el corpiño por adelante, debajo de los pechos, y después acomodaste el relleno para que quedara en su lugar, como la habías visto hacer a mamá muchas veces. El corpiño te quedó enorme y te reíste nervioso.

El espejo era parecido a este, de marco de madera maciza. El Sr. Mendes no tendría tan buen gusto: quien lo eligió fue Lígia, la muerta, estás seguro. La tele siempre encendida. Él tose allá afuera y te llama.

Sr. M.: ¡Lígia! Lígia, mi angelito, ayudame a levantarme…

Figura en el espejo: tuviste que saltar para verte la bombacha porque el espejo estaba a la altura del lavatorio. De la cintura para arriba los chicos y las chicas son parecidos. Y después los pechos crecen. Un silencio terrible afuera. Si papá llega y me agarra así, me mata a golpes (Pausa) Te observás. Te reconocés: esa es tu panza, esa es tu piel rosada, esos tus hombros. Pero la imagen en el espejo parece una fotografía recortada: tu cara pegada en el cuerpo de una chica. Te parecés a la rubia de la escuela. Estás viendo a un centauro, sátiro, serena, algún animal del demonio.

Cuando creciste un poco, rezabas a Dios y a los santos más famosos pidiendo que la chica rubia, una de las pocas rubias de la escuela, se enamorara de vos. Negociabas con los santos: solo quiero besos, no hace falta sexo. Pero Dios, que es más vivo que todos los santos, sabía bien que querías sexo. Soñabas encontrar a una chica rubia perdida en la selva, desfallecida, la salvarías y sexo. Un incendio en la escuela, entrarías valientemente en el edificio en llamas para salvar a la chica rubia y sexo. A las profesoras les parecería natural. Después creciste más y más y empezaste a ver los videos de muerte. Hasta el día de hoy te da pánico matar a alguien. Si eso sucediera, estás seguro de que te matarías después.

Empezó a latirte allá abajo. Hoy sabés cómo se llama eso. Era la misma erección que el espejo de Lígia refleja ahora, veinte años después. Te pusiste un corpiño de Lígia, una bombacha de Lígia. Rojos. El Sr. Mendes guardó toda la ropa de la finada. Envejeciste pero no estás muerto. Tu cuerpo engordó y se oscureció, está más peludo. La barba tiene algunos pocos pelos blancos.

Después de esa primera vez, siempre que te dejaban solo corrías al cajón de mamá. Te ponías toda la ropa que tenía, te probabas blusas, vestidos, pantalones, sombreros, zapatos, sandalias. Pero nunca te maquillaste, nunca te hiciste peinados. La cara seguía siendo la tuya, y sería siempre tu cara, inmaculada cara de varón. ¿Te acordás del travesti muerto a tiros en la cara, en Kansas? ¿Del chico afeminado que se mató en Santa Catarina? A él le gustaba maquillarse, quería ser mujer, hablaba de sí en femenino. Viste el video. El chico se murió con la boca pintada de rojo, dejó marcas de rouge en el vaso con veneno. (Pausa) Al final de cuentas, vos no sos un…

Sr. M.: Lígia, vení rápido que no me estoy sintiendo bien.

 

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Luciano fue enterrado en el cementerio São João Batista. Pocos vieron bajar el cajón, y menos aún lo vieron desparecer en la tierra y la cal. Cuatro de los cinco hijos se fueron antes de que el sacerdote acabara el sermón. La hija, la única que fue a la fiesta del último cumpleaños del padre, se quedó para resolver cuestiones burocráticas en el edificio administrativo del cementerio. Apenas si habrá visto el cajón. Ni me miró. Los nietos no aparecieron. A algunos pocos amigos, viejos como L., y con cara de resignación (seremos los próximos), enseguida se les cansaron las piernas. De igual modo fingieron que yo no estaba allí. No fueron más que miradas oblicuas y rumores de asco, tampoco podían decirme nada: yo fui quien le dedicó sus años al muerto. Todos lo habían abandonado, yo me quedé. Cuando la fosa quedó cubierta, estábamos solo el funebrero, una joven que no conozco ni conocía al difunto y yo. Ella tenía caderas anchas, usaba sandalias y parecía estar perdida. Me dio su sentido pésame y preguntó: “Señora, ¿podría decirme dónde está la salida?”

Mala pregunta para hacer en un cementerio.

Señalé al funebrero, y ella se dirigió a él. Prendí un cigarrillo y me quedé pensando. Nadie había hecho un discurso, nadie había conversado sobre la vida del muerto. Me habría gustado decir que Luciano tomó cada una de sus decisiones como quien planifica mudarse a Uruguay o a Paramaribo o cambiar de sexo. Que elegía la marca de margarina como si esa elección afectara profundamente su destino. Pero ¿quién puede vivir así? L. murió de viejo, no fue culpa de la margarina con omega 3 y 6, libre de grasas trans. Yo había dejado de fumar hacía cuatro años, volví al vicio porque es placentero, porque es mejor ir muriendo placenteramente.

Lo vi morir, vi el instante exacto. Luciano tuvo una convulsión, se cayó de la silla de ruedas y palmó en el piso del living, la tele encendida: “fue Dios quien los envió aquí”, cuatro personajes gritaban aliviados en la novela de las siete. Salí corriendo del baño, en bombacha y corpiño, me arrodillé a su lado y me quedé mirando con los ojos bien abiertos, atento. No lloré, no dije nada. Quería ver el momento exacto en que el Sr. Mendes moría. Me miró, miró mi cara de hombre sin maquillaje, mi cuerpo de centauro, serena peluda, sátiro, un animal del demonio. Creo que reconoció las ropas íntimas de la mujer, la bombacha y el corpiño de Lígia, la muerta. Trató de sonreír, se agitó en convulsiones y murió.

Antes, me dijo que su nombre de guerra era Ludwig. Y me llamó Lígia, y me llamó Alex, y me pidió un beso. No se lo di.

Los ojos de un hombre de repente cadáver se empañan en un segundo, es verdad. Y quien presencia la muerte ajena siente una sorpresa de alivio, como quien finalmente descubre dónde había dejado las llaves del auto o el documento para votar. El primer pensamiento que tuve fue: “las personas realmente se mueren”. Quiero pensar lo mismo al presenciar mi propia muerte.

El día del entierro, saliendo del cementerio, vi a un viejo transpirado comiendo pochoclos. Parecía estar perdido, parecía no ser de esta ciudad ni de este tiempo. Me clavó los ojos en la cara maquillada, peinada a la moda de las viejitas de Copacabana, y sonrió como si se derritiera, como si estuviera hecho de azúcar refinada. No me gustó su sonrisa, me pareció ofensiva. Respondí gritando:

Lígia: ¿Qué te pasa?

Usaba un vestido negro muy bonito, zapatos altos también negros, ropa de Lígia. Viuda. No me había sacado la barba (ni voy a hacerlo), a pesar del calor. El viejo transpirado me miró las pantorrillas (sin medias y sin depilar) y sonrió con una sonrisa pervertida y mi rabia entró en ebullición y avancé hacia él, los tacos se hundían en la callecita de piedra. Él siguió sonriendo. Me pidió disculpas encogiéndose de hombros. No hablaba portugués. Estaba por darle una piña cuando el viejo, desesperado, dijo algo en francés, quizás que no me entendía, ¡no me entendía! Lo encaré haciéndole frente con mis pechos mustios, casi nariz contra nariz y debajo de su nariz esa misma sonrisa. No llegué a pegarle, pero él tampoco intentó defenderse. Ni dejó caer el sobre de pochoclos. Se dio vuelta y se fue andando.

 

 

Nota del autor: Las imágenes del golpe de Aquiles son cuadros recortados de un video amateur disponible en YouTube, de autor desconocido. El díptico bucal es de mi autoría, fotografía de la pantalla del televisor. Los diálogos televisivos son diálogos extraídos de la televisión. La frase “reverte ad locum tuum” fue escaneada de la edición de R.P de Carrières de la Biblia (Outhenin-Chalandre, 1835). Apuesto frecuentemente al Mega Sena, con los números “03,04,14,27,40,42.” Nunca gané, ni siquiera con cuatro aciertos.

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Título original: “Lígia”, de Victor Heringer. Traducción: Julia Tomasini.

 

 

 

 

 

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