Papeles Sueltos

C u e n t o s

LA PEQUEÑA MUERTE | CLAUDIA LAGE.

foto clara tomasini

Ella solo sabía: en el comienzo, era una niña.

Una niña que fue creciendo con una angustia de las grandes.

Cuando creció para siempre, se dio cuenta de que era inmensa. No tenía límites para lo que sentía. Su corazón se arrebataba con la vida. Se asustaba con tanto. Tenía hambre, de todo, por todo. Miraba el mundo de ojos abiertos. Si hubiera podido, habría mordido las carnes, poseído la materia. Pero generalmente solo pasaba la mirada por sobre todas las cosas, consumiéndose con lo que no podía consumir.

Pensó en la niña de trenzas que había sido.

Recordó que cuando era pequeña tenía un juego preferido: cazar hormigas.

Mientras mascaba chicle iba aplastando hormiguitas. Lo hacía sin pensar, casi sin saber lo que hacía. Cuando descubrió que mataba, e incluso así tan distraída del propio crimen, comenzó a rodar hasta no aguantar ver todo tan torcido. Y cayó a los pies del hormiguero.

Acostada, sintió el movimiento de los bichos sobre la tierra. Cerca de sus piernas, de su rostro. Tuvo miedo. Pero el corazón se le encogía de culpa. Decidió no moverse. Percibió que el encogimiento del corazón era más una sensación que una certidumbre. Pensó que sentiría mejor la culpa si pudiera sentirla en la carne. Estaba decidida a enterrar la cabeza en la tierra, entregar su cuerpo a las hormigas.  Entonces, muy lentamente, abrió los brazos para recibir el castigo. También abrió los ojos hasta donde pudo. Quería sentir mucho dolor.

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